La semana pasada, en esta misma columna, recurrí a Sui Generis para hablar del poder. La canción era “Tribulaciones, Lamento y Ocaso de un Tonto Rey Imaginario o No”. Esta semana, casi como si la realidad quisiera completar la banda sonora, vuelvo a la misma banda. Pero esta vez no para hablar del rey, sino de quienes fabrican las mentiras que ayudan a construirlo.
El caso de Fernando Cerimedo en Bolivia debería preocuparnos mucho más allá de su nombre. Su detención, las investigaciones que lo rodean y los antecedentes sobre sus vínculos con distintos procesos políticos de América Latina vuelven a poner sobre la mesa una forma de hacer política que se ha instalado peligrosamente: aquella en que convencer parece demasiado lento y mentir, manipular o fabricar una realidad paralela se transforma en una herramienta para llegar al poder.
Cerimedo deberá responder ante la justicia por aquello que corresponda. No corresponde condenarlo anticipadamente. Pero tampoco corresponde mirar hacia otro lado frente a una trayectoria que aparece relacionada con Argentina, Brasil, Honduras, Bolivia, Perú y Chile, mientras México también ha debido encender sus alarmas frente a operaciones digitales y redes de desinformación.
Demasiadas coincidencias para seguir creyendo que estamos simplemente frente a un consultor excéntrico.
Lo verdaderamente inquietante no es solamente lo que haga un operador político. Es el sistema que permite que operadores sin cargo, sin votos y sin representación formal puedan adquirir una influencia enorme sobre campañas, candidatos y gobiernos.
Una fotografía oficial en la que Cerimedo aparece junto al presidente boliviano Rodrigo Paz y al secretario de Estado estadounidense Marco Rubio no demuestra, por sí sola, ninguna conducta ilícita. Pero sí deja una pregunta incómoda: ¿qué hacía allí alguien que, según el propio Gobierno boliviano, no tenía autorización para representar al Estado?
La pregunta importa porque la política está cambiando. Antes había que ocupar un cargo para tener poder. Hoy, a veces, basta con tener acceso.
Acceso a un candidato. Acceso a una campaña. Acceso a una red de comunicación. Acceso a quienes toman decisiones. Y, sobre todo, acceso a una maquinaria capaz de fabricar la apariencia de una multitud donde quizás solamente existen unas pocas personas detrás de cientos o miles de cuentas.
Ahí aparece el verdadero problema.
La mentira política siempre existió. Lo nuevo es su industrialización.
Una mentira puede ser diseñada, segmentada, amplificada y distribuida en segundos a millones de personas. Una fotografía falsa, un video manipulado, una encuesta inventada, una acusación sin fundamento o una red de bots pueden instalar una realidad paralela antes de que alguien alcance a demostrar que es falsa.
Y cuando la verdad llega, muchas veces ya perdió.
Nicolás Maquiavelo escribió “El Príncipe” hace más de quinientos años y entendió perfectamente que el poder no siempre se conquista con buenas intenciones. Pero hay algo que conviene aclarar: Maquiavelo describió el poder; no inventó las redes sociales.
No conoció X, TikTok, la inteligencia artificial ni las granjas de bots. No pudo imaginar que algún día sería posible fabricar miles de ciudadanos digitales para hacer parecer que una idea tiene un respaldo social que en realidad no existe.
Quizás el problema no sea que algunos políticos hayan leído a Maquiavelo. El problema es que algunos lo hayan leído demasiado mal.
Porque una cosa es comprender las reglas del poder y otra muy distinta es creer que todo está permitido para conquistarlo.
No. No todo vale.
No vale mentir deliberadamente. No vale fabricar enemigos. No vale destruir reputaciones con información falsa. No vale manipular artificialmente la conversación pública. No vale convertir una red de cuentas falsas en una supuesta expresión espontánea de la ciudadanía. Y tampoco vale hacerse el desentendido después.
Porque para que existan fabricantes de mentiras también deben existir quienes estén dispuestos a comprarlas.
Y aquí América Latina tiene un problema.
Argentina, Brasil, Honduras, Perú, Bolivia, México y por supuesto Chile.
Las fronteras parecen importar cada vez menos para estas nuevas formas de intervención política. Ya no es necesario estar físicamente en un país para intentar influir en su conversación pública. Basta un computador, una red organizada, recursos y una estrategia.
Una cosa es exportar ideas. Otra muy distinta es exportar mecanismos de manipulación.
Y entonces llegamos a Chile.
En los próximos días Santiago recibirá al Foro de Madrid, que reunirá a representantes de distintas corrientes de la derecha internacional. Y aquí aparece una imagen que no puedo dejar pasar: los nuevos cruzados llegan a Chile.
Los nuevos cruzados vienen a defender, dicen, Occidente, la libertad, la familia, la civilización y una determinada idea de sociedad. Tienen todo el derecho a reunirse, organizarse y defender sus convicciones. Eso es democracia.
Pero precisamente porque creemos en la democracia, también tenemos derecho a preguntar qué modelo de democracia quieren defender.
Porque defender la libertad no puede significar tolerar la manipulación.
Defender Occidente no puede significar despreciar las reglas democráticas cuando el resultado no nos gusta.
Defender la familia no puede convertirse en una excusa para fabricar enemigos.
Y defender la democracia no puede consistir en aceptar que cualquier método es válido mientras permita conquistar el poder.
Una cosa es ser de derecha. Otra es creer que la democracia solamente funciona cuando gana la derecha.
Una cosa es ser conservador. Otra es transformar al adversario en un enemigo que debe ser destruido.
Una cosa es ganar una elección. Otra es fabricar las condiciones para que una mentira parezca una mayoría.
Y aquí está la paradoja: mientras los nuevos cruzados se preparan para hablar de libertad y democracia en Santiago, América Latina enfrenta precisamente uno de los mayores desafíos para la libertad democrática: la capacidad de fabricar artificialmente la conversación pública.
No estoy diciendo que Foro Madrid sea Cerimedo. Sería intelectualmente mediocre y políticamente irresponsable hacerlo.
Estoy diciendo algo diferente.
Que el fenómeno Cerimedo forma parte de un contexto político internacional que debemos observar con mucha atención. Un contexto donde las fronteras ideológicas se organizan internacionalmente, donde las estrategias electorales se exportan de un país a otro y donde las nuevas tecnologías permiten intervenir en sociedades enteras sin necesidad de cruzar físicamente una frontera.
La discusión, entonces, no debería ser si los nuevos cruzados tienen derecho a venir.
Por supuesto que lo tienen.
La discusión es si nosotros tenemos la suficiente madurez democrática para preguntarles qué entienden por democracia.
Porque la democracia no consiste solamente en votar.
También consiste en aceptar la derrota.
En respetar al adversario.
En no fabricar enemigos.
En no manipular al ciudadano.
En no inventar mayorías.
En no utilizar la mentira como herramienta de conquista.
La política siempre ha tenido propaganda. La diferencia es que ahora la propaganda puede convertirse en una industria.
Fabricar miedo.
Fabricar rabia.
Fabricar indignación.
Fabricar enemigos.
Fabricar tendencias.
Fabricar mayorías.
Fabricar realidades.
Fabricar mentiras.
Y cuando la mentira deja de ser una herramienta ocasional y se transforma en una industria, ya no estamos frente a una simple campaña electoral.
Estamos frente a una fábrica de poder.
La semana pasada hablamos del rey.
Esta semana hablamos del fabricante.
Y quizás ambas canciones están mucho más relacionadas de lo que parece. Porque para que alguien pueda presentarse como el salvador, primero alguien tiene que fabricar la sensación de que todo está perdido. Para que alguien pueda convertirse en el hombre fuerte, primero hay que convencer a la sociedad de que todos los demás son débiles. Para que alguien aparezca como la única alternativa, primero hay que destruir la credibilidad de todas las alternativas.
Por eso Cerimedo es solamente una pieza de una discusión mucho más grande.
La discusión sobre una política que está dejando de intentar convencer para comenzar a fabricar.
Y quizás ese sea el verdadero peligro que tenemos delante.
Que algún día descubramos que ya no estamos eligiendo entre proyectos de país, sino entre realidades fabricadas por quienes aprendieron que la verdad es un obstáculo para llegar al poder.
Porque una democracia puede sobrevivir a un mal presidente. Puede sobrevivir a un mal gobierno. Incluso puede sobrevivir a una mala política económica.
Lo que resulta mucho más difícil de reparar es la destrucción de la confianza en la realidad.
Cuando nadie sabe qué es verdad, todo puede ser mentira.
Y cuando todo puede ser mentira, termina imponiéndose quien tiene la maquinaria más grande para repetirla.
Por eso, mientras los tribunales investigan, mientras los gobiernos explican, mientras los políticos toman distancia, mientras Cerimedo enfrenta las consecuencias de sus actuaciones y mientras los nuevos cruzados llegan a Santiago a hablar de libertad, democracia y civilización, convendría detenerse un momento y mirar el cuadro completo. Porque quizás lo que estamos viendo no sean hechos aislados, sino las piezas de una misma estructura política, donde la disputa por el poder también se libra en el terreno de la realidad que se construye y de las mentiras que se consiguen instalar.
La semana pasada hablamos de un rey imaginario. Esta semana hablamos de quienes pueden ayudar a fabricarlo. Porque detrás de todo poder construido sobre la mentira siempre hay alguien dispuesto a fabricar la realidad que ese poder necesita; a convertir el miedo en argumento, la sospecha en certeza y la ficción en verdad. Y cuando eso ocurre, ya no estamos solamente frente a una mala práctica política: estamos frente a una amenaza para la democracia.
Y quizás esa sea la verdadera advertencia de Sui Generis: los reyes pueden caer, los palacios pueden convertirse en cenizas y las cortes pueden desaparecer. Pero mientras existan quienes estén dispuestos a fabricar mentiras para conquistar el poder, siempre habrá alguien intentando construir un nuevo rey.
“Él era un fabricante de mentiras
Él tenía las historias de cartón
Su vida era una fábula de lata
Sus ojos eran luces de neón
Y nunca tengas fe
Que sus mentiras pueden traer dolor”


