Desde Madrid
El evidente auge de la ultraderecha en diversos puntos de la geografía mundial, está sorprendiendo por su rapidez de crecimiento y por la desfachatez de sus campañas. Especialmente en períodos electorales.
Los resultados electorales en Colombia, en Chile, en Argentina, además de la fagocitación de la derecha tradicional española, encarnada por el Partido Popular, por el ultraderechista partido Vox, son buena muestra de la marcha inapelable de las ideas que corroen -desde dentro- a la propia Democracia. O sea, utilizan las vías democráticas para asumir poder y destruirla. No les sirve para sus apetitos personales o de pequeños grupos de insaciables millonarios.
Mientras más ruido hagan a través de los medios tradicionales o por las incontroladas redes sociales, para ellos es mejor. Entonces lanzan mensajes cargados de falsedades que buscan solamente el desprestigio del oponente político y, además, falsedades destinadas a magnificar hechos ficticios que provocan temor -incluso, pánico- en la población. Esto es muy evidente y requiere poca profundidad para entenderlo en toda su magnitud.
Ejemplos hay muchos. Es el caso de Donald Trump que conquistó el voto latino para triunfar en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y que, nada más comenzar su período gubernamental, emprendió una cacería de latinos para deportarles a sus países de origen, arbitrariamente. Incluso, utilizando la fuerza policial y militar. O el caso de José Antonio Kast, que en Chile derrotó a la izquierda con un discurso tergiversando la realidad y atemorizando a la población con falsas informaciones policiales. Al asumir el poder, se quitó la máscara y comenzó a aplicar medidas destinadas a disminuir el poder del Estado, minimizarlo mediante los recortes de los presupuestos. No les importa que recorten o desaparezcan políticas sociales. Aquellas conquistas, ganadas por los ciudadanos más vulnerables durante muchos años de lucha, se van esfumando, y la población ve con estupor cómo lo que prometió en campaña no se cumple en absoluto. O sea, con el engaño culmina su objetivo perverso.
En España, la derecha tradicional, encarnada por el Partido Popular, lleva muchos años intentando recuperar el poder que perdió por la corrupción de su cúpula. Lleva años con infames mentiras y de permear a otros poderes del Estado, con el fin de derrocar al gobierno legítimo. Campaña basada en desacreditar a las autoridades y de acosar al presidente del gobierno y su entorno, con mucho ruido mediático, para tergiversar la voluntad popular.
La ultraderecha española se está fagocitando a sus potenciales aliados. Y comienza a poner en duda todo lo que no esté en sus posiciones, con lo cual va ganando expectación de la ciudadanía, que sigue engañada por el ruido de sus campañas aberrantes.
He citado ejemplos de países donde “los arrepentidos” reconocen el error de haberse tragado tanta falsedad. Y se va produciendo un efecto no deseado, que es el del alejamiento progresivo de una mayoría que se aleja de la acción política, que baja la vista y se queda pasivamente en sus casas. Ciudadanos que pierden su credibilidad en los partidos políticos y llegan a poner en duda la Democracia.
Por el lado democrático, va creciendo poco a poco la desilusión, de lo cual se aprovecha la corrupción, la cual va apareciendo en una sociedad que no cree y que va normalizándola poco a poco.
Los que creemos que en el propio hecho democrático de gestión está la única solución para crecer y avanzar en una sociedad de progreso y en libertad. Debemos asumir, en primer lugar, la denuncia de las maniobras de quienes buscan poder con malas artes. Y, tras esa tarea, debemos asumir responsabilidades de concientizar a los sectores más vulnerables, hacerles ver la verdad, buscando el crecimiento cultural de ellos y proponer las soluciones adecuadas para que el Estado se fortalezca.
De esa manera podremos recuperar los caminos que nos lleven al progreso, la igualdad, la justicia…todo eso, en paz. Recordemos a Gandhi: “Nosotros tenemos que ser el cambio que queremos ver en el mundo”.


