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Chúcaro: el yo que sobrevivió a la doma y aún relincha en tu inconsciente

 

La mayoría de las personas nunca llegan a conocerse a sí mismas. Se encuentran únicamente con la versión que la supervivencia creó. Carl Jung sugirió que el inconsciente no se esconde porque sea débil: se esconde porque es lo bastante poderoso para reconfigurar una vida entera sin ser visto. Y eso es precisamente lo que aterra a la gente.

Tu inconsciente no guarda silencio. Habla a través de patrones. A través de las personas de las que te obsesionas. De la ira que aparece demasiado rápido. De los celos que disfrazas de lógica. Del agotamiento que ninguna cantidad de sueño repara. De la extraña sensación de que algo en tu interior falta, incluso cuando tu vida parece completa desde fuera.

Pero hay una rotura más antigua que todos esos patrones. Tan antigua que no la recuerdas. Tan profunda que la confundes con la realidad. Es la rotura de un telar. El telar que tejía la vida en común, el que sostenía que todos pertenecen, el que no conocía jerarquías porque el poder se compartía como se comparte el pan. Ese telar fue arrasado. No por un accidente. Por una conquista. Por hombres que vinieron de las estepas con caballos, con espadas de bronce, con dioses guerreros. Y sobre los hilos rotos de aquel mundo matrifocal, impusieron otro orden. El orden del patriarcado. El orden del dominio. El orden que hoy, cuatro mil quinientos años después, sigue dictando cómo amas, cómo temes, cómo votas, cómo enfermas.

La mayoría de los seres humanos cree que toma decisiones conscientes. Pero en realidad, a menudo repite antiguos programas emocionales formados años atrás, en una oscuridad que ya no recuerda. El inconsciente recuerda todo lo que tu mente consciente se vio forzada a olvidar. Cada humillación, cada rechazo, cada emoción que enterraste para seguir siendo aceptable. Cada versión de ti mismo que abandonaste solo para ser amado.

Y lo aterrador es esto: lo enterrado no desaparece. Espera. Espera dentro de tu tono de voz, dentro de tus relaciones, dentro de tus adicciones. Dentro de la máscara que has usado tanto tiempo que ahora la llamas personalidad.

Para entender esa rotura, hay que entender al caballo. No al caballo como metáfora vacía. Al caballo como tecnología de guerra. Como el arma definitiva de las estepas. Como el primer ser vivo al que doblegamos para conquistar el mundo.

La doma que quebró el mundo

Un potro chúcaro no se deja montar. Nace con un instinto grabado en los huesos: el peso en el lomo significa un depredador. No es terquedad. Es sabiduría. Es el cuerpo que sabe, sin que nadie se lo haya enseñado, que lo que viene de arriba puede matarlo. Por eso se encabrita. Corcovea. Huye. Su libertad no es un capricho: es su diseño original.

Pero el hombre de las estepas aprendió a quebrar ese diseño. Ataba al potro. Lo derribaba. Lo agotaba hasta que sus patas temblaban y su voluntad se deshacía como el barro bajo la lluvia. Le metía un bocado de metal en la boca —un instrumento de dolor— y tiraba de él hasta que el animal entendía que resistir dolía más que obedecer. Finalmente, el potro cedía. Bajaba la cabeza. Aceptaba la brida, la espuela, el jinete. A eso lo llamaban domar. Pero no era doma. Era quebrantamiento.

El caballo domado con violencia no olvida. Su sistema nervioso queda alterado para siempre. Cualquier movimiento brusco lo sobresalta. Cualquier grito lo paraliza. Se vuelve manso, obediente, productivo. Pero a costa de su libertad interior. Aprende a anticipar el castigo. A no desear. A no resistir. Su cuerpo obedece, pero su alma —si es que los caballos tienen alma— se esconde en algún lugar inaccesible, donde el jinete no pueda alcanzarla.

Eso mismo hicieron los invasores kurgánicos con los pueblos que conquistaron. No solo mataron. Domaron. Quebraron a las sociedades matrifocales que habitaban Europa antes de su llegada. Culturas como Cucuteni-Trypillia o Vinča, que no conocían la guerra, que no levantaban murallas, que honraban a la Diosa Madre y trazaban la herencia por línea materna. Las arrasaron. No solo sus cuerpos. Su espíritu. Su forma de entender el mundo.

El caballo no era solo un animal. Era el arma definitiva. Sobre su lomo, los guerreros recorrían distancias imposibles, atacaban por sorpresa, se retiraban antes de que el enemigo pudiera reaccionar. El carro de guerra, tirado por caballos, era el tanque de la Edad del Bronce. La espada de bronce, la primera arma diseñada exclusivamente para matar humanos. Y el bocado —esa pieza de metal que desgarra la boca del animal—, la primera herramienta de dominación psicológica a gran escala.

Fue una combinación letal. No solo conquistaron territorios. Conquistaron el imaginario. Instalaron la idea de que la vida es una lucha, de que el fuerte somete al débil, de que la naturaleza —y por tanto la mujer, y por tanto lo femenino, y por tanto todo lo salvaje que hay en ti— debe ser domada.

Jung creía que hasta que una persona no se hace consciente de su inconsciente, llamará destino a lo que en realidad es su propia psicología oculta. Por eso algunas personas destruyen cada relación que tocan mientras creen que el problema es el mundo. El inconsciente siempre se filtra a través de la conducta antes de alcanzar la conciencia.

La sombra no es maligna porque contenga oscuridad. Se vuelve peligrosa porque fue negada. Un ser humano que se niega a enfrentar su inconsciente termina poseído por él. Sus miedos se convierten en identidad. Sus heridas en ego. Su trauma empieza a hablar como si fuera la verdad.

La doma interiorizada

Lo más devastador de la doma es que, con el tiempo, ya no necesitas al jinete. Te conviertes en tu propio domador. Internalizas el bocado. Te castigas antes de que lo haga otro. Te prohíbes desear para no sufrir la frustración. Te vuelves manso, dócil, productivo. Aceptas el establo. Pero tu sistema nervioso no olvida. Vive en alerta. Cualquier crítica te encabrita. Cualquier autoridad te paraliza. Y cuando alguien te ofrece seguridad a cambio de tu libertad, aceptas. Porque la libertad, para un ser domado, es aterradora.

La mayoría de las personas se pasa la vida huyendo de ese encuentro consigo mismas. Porque el despertar no es el consuelo de encontrar la luz: es sobrevivir al colapso de la ilusión. El verdadero autoconocimiento no es motivacional. Es brutal. Porque cuanto más profundo entras en el inconsciente, más te das cuenta de que mucho de lo que llamabas «tú mismo» era solo adaptación, actuación y defensa psicológica.

Pero oculto debajo de todo eso, hay algo antiguo. Un yo intacto, no tocado por la aprobación. Un yo no tocado por el miedo. Un yo que existía antes de que el mundo te dijera quién debías convertirte.

Ese yo es el potro chúcaro que aún relincha en tu sangre. El que no fue domado del todo. El que todavía recuerda cómo era correr sin jinete, sin brida, sin espuela. El que sueña, en las noches de insomnio, con praderas que nunca ha visto pero que de algún modo reconoce.

Eso es lo que vemos hoy. Líderes que prometen orden, fronteras, control. Que señalan al extraño como amenaza. Que ofrecen la seguridad del establo a cambio de la sumisión. Y masas que, aterradas por una ansiedad que no comprenden, corren a refugiarse bajo su fusta. Es el trauma de la doma hablando a través de nosotros. Es el potro quebrado que prefiere el establo conocido a la pradera incierta.

Emancipar el alma

Lo que fue aprendido puede ser desaprendido. Lo que fue quebrado puede ser reparado.

El trabajo empieza por el cuerpo, porque el miedo es, ante todo, una respuesta fisiológica. Stephen Porges demostró que el nervio vago, el centro de la calma y la conexión social, se activa con la respiración lenta y profunda. La Respiración Coherente 5-5 —inhalar cinco segundos, exhalar cinco segundos— es el primer gesto de desobediencia al domador interno. Es bajar la guardia sin que te la arranquen. Es recuperar la libertad de moverte sin miedo.

Solo desde esa calma puede emerger el símbolo. Y el símbolo es la herramienta más precisa para dialogar con el inconsciente colectivo. Un potro chúcaro que corre libre sin jinete. Un telar que se repara. Un círculo donde todos tienen un lugar.

Necesitamos contar una historia diferente. No la historia de la conquista, que nos dice que la vida es guerra. La historia del telar, que nos recuerda que hubo un tiempo en que todos pertenecíamos. No para volver a él. Para recuperar su sabiduría y tejer algo nuevo.

Walt Whitman, el poeta que cantaba al yo indómito como nadie, lo escribió en Hojas de hierba con la precisión de un místico y la fuerza de un potro salvaje:

«Creo poder volverme y vivir con los animales,

son tan plácidos y tan dueños de sí mismos…

No sudan ni se quejan de su condición,

ninguno está insatisfecho,

ninguno padece la manía de poseer cosas,

ninguno se arrodilla ante otro,

ni ante los antepasados que vivieron hace miles de años,

ninguno es respetable o desdichado sobre toda la faz de la tierra.»

Whitman vio en el animal lo que nosotros perdimos cuando fuimos domados: la dignidad de ser exactamente lo que se es, sin disculpas, sin ansiedad, sin la necesidad de poseer o de arrodillarse. El animal no necesita emanciparse porque nunca fue quebrado. Pero el ser humano sí. Y por eso su camino es más largo. Más doloroso. Más heroico.

Nelson Mandela, después de décadas de apartheid, pudo elegir la venganza. Eligió el puente. Habló el idioma del opresor. Honró sus símbolos. No porque fuera débil, sino porque entendió que el futuro no se construye repitiendo la doma, sino emancipando el alma.

Ese es el enthymesis, la alegría militante de la que hablaban los antiguos. No es optimismo vacío. Es el fuego creativo que brota al reconectar con la vida. Es saber quién eres cuando dejas de obedecer y empiezas a elegir. Es sentir, en el centro del pecho, el primer relincho del potro que creías muerto. Y descubrir que nunca estuvo muerto. Solo estaba esperando que dejaras de tirar del bocado.

El relincho que aún te habita

La pregunta que una vez fue un eco de dolor —«¿quién soy yo?»— se convierte en la llave de un nuevo comienzo: «¿Quién soy cuando dejo de ser domado?». La respuesta no está en el pasado de conquista. Está en el telar que decides tejer hoy. Con cada gesto de cuidado. Con cada acto de justicia. Con cada palabra que elige el puente en lugar del muro. Con cada potro chúcaro, bravío, que se niega a ser quebrado y relincha. Con cada ser humano indómito que se niega a ser domado.

Porque el potro chúcaro aún relincha en tu sangre. Lo hace cuando te indignas ante una injusticia, cuando amas sin calcular, cuando creas algo que no existía antes, cuando lloras de alegría sin saber por qué. Esa es la voz del yo intacto. Del que no fue domado. Del que existía antes de que el mundo te dijera quién debías convertirte.

Escúchalo. Esa voz no miente. Y cuando por fin la escuchas, descubres que nunca fue el caballo el que necesitaba ser domado. Era el miedo el que necesitaba ser liberado.

 

Humberto Del Pozo López es Psicoanalista Relacional · Constelador Sistémico, Método de Resonancia Límbica TriFOCAL

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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