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Javiera Carrera, la forja de una estratega de la independencia de Chile, olvidada

Javiera Carrera nació en Santiago en 1781, en el seno de la familia criolla más influyente de Chile. Desde joven fue lo que ninguna mujer de su época debía ser: inteligente, políticamente sagaz y completamente indispensable. Mientras sus hermanos José Miguel, Juan José y Luis Florentino acumulaban poder militar, era ella quien tejía las alianzas, articulaba las estrategias y sostenía la red de contactos que mantenía vivo el proyecto independentista. La llamaban «la jaiba», un apodo cargado de temor y respeto que revelaba cómo percibían a esa mujer que, sin cargo oficial, era la verdadera ideóloga de la familia. «Doña Javiera Carrera, su patria libre quería. La independencia de Chile, la soñaba noche y día», cantaba el pueblo en una copla que ha sobrevivido dos siglos.

La forja de una estratega

Aunque recibió la educación convencional de las señoritas de su clase, la verdadera escuela de Javiera fue el salón de su padre, Ignacio de la Carrera y Cuevas. Allí, junto a sus hermanos, escuchó hablar de soberanía popular, derechos del ciudadano y libertad. Leyó a Montesquieu, Voltaire y Rousseau. Absorbió las ideas ilustradas como tierra seca absorbe el agua. Su madre, Francisca de Paula Verdugo, pertenecía a un linaje igualmente aristocrático, y del matrimonio nacieron cuatro hijos cuyo destino quedaría marcado a fuego por la revolución: Javiera, la primogénita, y sus tres hermanos varones: Juan José, José Miguel y Luis Florentino, el menor, su protegido.

La escritora inglesa Maria Graham, que conoció a Javiera en Chile, dejó una frase que la define para la posteridad: «La hermana de José Miguel aspiraba a hacer de él un Napoleón, arrancándolo a la aturdida y borrascosa vida de joven calavera y dirigiéndolo hacia las metas del poder y la gloria.» Y vaya si lo consiguió.

El hermano que quiso ser Napoleón

José Miguel Carrera era un torbellino. Apuesto, carismático, valiente hasta la temeridad, había combatido en España contra las tropas napoleónicas y regresó a Chile en 1811 con el porte de un héroe y la ambición de un emperador. Pero detrás de aquel líder magnético estaba Javiera, susurrando estrategias, organizando tertulias políticas en su casa que eran el auténtico centro de poder de Santiago, lejos de los despachos oficiales. Allí se difundían las ideas independentistas, se cerraban alianzas y se decidían los golpes de mano que sacudirían el virreinato.

Cuando José Miguel ejecutó su primer golpe de Estado en 1811, Javiera estuvo ahí. Cuando hubo que establecer el primer periódico patriota chileno, La Aurora de Chile, fue ella quien gestionó los recursos para traer la imprenta desde Buenos Aires. La maquinaria llegó a Valparaíso y Javiera supervisó personalmente su instalación. Por primera vez, las ideas de libertad se imprimían en suelo chileno. También se le atribuye haber bordado la primera bandera patria, esa que hoy ondea en actos oficiales sin que nadie recuerde las manos que la tejieron.

La familia en el poder y el precio del desafío

Los Carrera gobernaron Chile durante la llamada Patria Vieja. José Miguel era el líder supremo; Juan José, el militar leal; Luis, el joven mimado que Javiera protegía con ferocidad maternal. Pero el poder de los Carrera chocó frontalmente con otro proyecto independentista: el de Bernardo O’Higgins y José de San Martín. La rivalidad entre José Miguel y O’Higgins se convirtió en un odio visceral, una guerra dentro de la guerra que marcaría el destino de la familia.

Javiera avivaba ese fuego. En sus cartas llamaba a O’Higgins «el huacho Riquelme», un insulto afilado que aludía a su condición de hijo ilegítimo. No era solo desprecio personal: era la aristócrata enfrentada al mestizo, la familia tradicional contra el advenedizo. Esa hostilidad sellaría el destino de los Carrera.

Cuando la Reconquista española avanzó en 1814, Javiera cruzó los Andes con sus hijos pequeños, exiliada y perseguida. Tomó una decisión desgarradora: abandonar a su segundo esposo, Pedro Díaz de Valdés, para seguir a sus hermanos. No se rindió. Desde Buenos Aires y luego desde Montevideo siguió conspirando, escribiendo cartas en clave, buscando apoyos y recursos para la causa.

La conspiración de 1817: el principio del fin

El año 1817 marcó el punto de quiebre. San Martín y O’Higgins acababan de triunfar en Chacabuco y el poder de los antiguos aliados de los Carrera se desvanecía. Pero José Miguel, exiliado en Buenos Aires y luego en Montevideo, no aceptaba el nuevo orden. Junto a sus hermanos Juan José y Luis, y con el respaldo estratégico de Javiera, urdió una conspiración para derrocar al gobierno de O’Higgins en Chile.

El plan era osado: aprovechar el descontento de algunos sectores patriotas, infiltrar agentes en Chile y preparar un levantamiento que devolviera a los Carrera al poder. Javiera operaba desde las sombras: escribía cartas con nombres cifrados, recaudaba fondos, convencía a indecisos. Pero la red fue descubierta. O’Higgins y San Martín interceptaron las comunicaciones y no dudaron en actuar con mano de hierro.

En agosto de 1817, Luis y Juan José fueron arrestados en Mendoza bajo la acusación de conspiración. El juicio fue sumario. Las cartas de Javiera formaron parte de la evidencia. Ella misma fue apresada en Buenos Aires y encerrada en un convento, convertido en prisión para mujeres peligrosas. Allí permaneció aislada, sin poder hacer nada mientras se decidía el destino de sus hermanos menores.

La tragedia de Mendoza

El 8 de abril de 1818, Luis Florentino Carrera, el benjamín de la familia, el protegido de Javiera, fue fusilado en la plaza de Mendoza. Tenía 27 años. Minutos después, el mismo pelotón ejecutó a Juan José, de 36 años. Se dice que Juan José pidió morir después de su hermano menor para que Luis no tuviera que presenciar su muerte. Hay versiones más desgarradoras: que Luis, al ver caer a su hermano, gritó «¡Muero como un valiente!» antes de recibir la descarga.

Los cuerpos quedaron tendidos en la plaza, expuestos como escarmiento. Nadie reclamó los cadáveres inmediatamente. La noticia tardó semanas en llegar a Buenos Aires. Cuando Javiera la recibió, en su celda-convento, se cuenta que no lloró. Permaneció en silencio, con la mirada fija, como quien acaba de envejecer diez años en un instante.

Pero la tragedia no había terminado. José Miguel seguía luchando. Convertido en un guerrillero errante, con su imprenta portátil a cuestas —sí, llevaba una imprenta en sus campañas para imprimir proclamas revolucionarias donde quiera que fuera—, se había vuelto un fantasma incómodo para el nuevo orden. Fue capturado en Mendoza, juzgado con la misma celeridad que sus hermanos, y fusilado el 4 de septiembre de 1821. Antes de morir, pidió que le apuntaran al corazón porque no quería que su rostro quedara desfigurado. Su última voluntad fue dirigida a Javiera: que educara a sus hijos en los ideales por los que él moría.

La mujer que sobrevivió al exterminio

Javiera había perdido a sus tres hermanos. Era la única sobreviviente de aquella familia que lo había dado todo por la independencia. Regresó a Chile en 1824, pobre, ignorada, despojada de sus bienes por el gobierno de O’Higgins. Los odios de la guerra fratricida no se extinguían con la paz.

Pasó sus últimos años recluida en la vida doméstica, dedicada a obras de caridad y a preservar la memoria de sus hermanos. En 1828 logró repatriar los restos de José Miguel, Juan José y Luis a Chile. Casi un siglo después, en 1952, los cuatro hermanos fueron reunidos para siempre en la Catedral Metropolitana de Santiago. Javiera descansa junto a aquellos a quienes dedicó su vida.

Murió en 1862, a los 81 años. Sin pensión. Sin reconocimiento oficial. Sin estatua que llevara su nombre en las plazas que ayudó a liberar.

El cerebro de la independencia no fue un general. Fue una mujer que tejió alianzas mientras bordaba la bandera, que conspiró en salones y en el exilio, que educó a sus hijos en los ideales de libertad como si fueran una religión heredada, y que sobrevivió al exterminio de su familia con una dignidad que el tiempo apenas empieza a reconocer.

Ella construyó la patria. La patria tardó dos siglos en empezar a devolverle algo.

El espejo roto: lo que Javiera dice del Chile de hoy

La historia de Javiera Carrera no es solo un episodio del pasado. Es un espejo en el que el Chile de hoy puede reconocerse, con incomodidad y con honestidad.

Lo primero que ese espejo muestra es la persistencia de un patrón que la política chilena parece incapaz de superar: la fractura entre compatriotas con más ferocidad que la dirigida al enemigo común. La guerra entre los Carrera y O’Higgins no fue una disputa sobre si Chile debía ser independiente, sino sobre quién la encabezaría y en beneficio de quién. Dos siglos después, esa misma lógica ha atravesado todos los ciclos políticos del país. Salvador Allende fue derrocado no por fuerzas extranjeras actuando solas, sino con la complicidad activa de una élite chilena que prefirió destruir la democracia antes que perder el control del proyecto nacional. El 11 de septiembre de 1973 fue, en ese sentido, la continuación de Mendoza: chilenos fusilando chilenos en nombre del orden que convenía a los vencedores.

Lo que Pinochet instauró no fue simplemente una dictadura militar. Fue la refundación del país por decreto, borrando una parte de su historia y de su gente con la misma voluntad con que O’Higgins borró a los Carrera de la memoria oficial. Los detenidos desaparecidos, las mujeres torturadas, los exiliados que cruzaron los Andes como Javiera cruzó los Andes —con hijos en brazos, sin certeza de regreso— no son una metáfora: son la repetición estructural de la misma violencia fundacional, ejercida ahora con helicópteros y estadios en lugar de pelotones en plazas de provincia.

La transición democrática que comenzó en 1990 con Patricio Aylwin fue notable por su prudencia y frágil por las mismas razones: tuvo que convivir con el autor del crimen instalado en la comandancia del Ejército (y más tarde Frei, en el Senado), con una Constitución heredada de la dictadura y con una élite política que, de izquierda y de derecha, aprendió a administrar el conflicto en lugar de resolverlo. Chile se convirtió en el alumno ejemplar del modelo económico neoliberal: crecimiento sostenido, reducción de la pobreza, instituciones estables. Y bajo esa superficie ordenada, la misma tensión que Javiera encarnaba: quién tiene acceso al poder real, quién decide el proyecto del país, quién queda fuera de la historia oficial.

El estallido social de octubre de 2019 fue el momento en que esa tensión se hizo visible e inocultable. No fue una revolución organizada, y eso lo hace más elocuente: fue la expresión espontánea de generaciones que habían crecido en el Chile del milagro económico y descubierto que ese milagro no llegaba a sus vidas con la misma intensidad con que llegaba a los índices macroeconómicos. El alza del transporte de treinta pesos que se citó como detonante era, como la bordada bandera de Javiera, un símbolo más grande que el objeto. Lo que se estaba cuestionando no era el precio del metro: era quién construye la patria y quién recibe el reconocimiento.

El proceso constituyente que siguió al estallido fue, en ese sentido, el intento más ambicioso desde la independencia de refundar el contrato social chileno. Fracasó dos veces, con rechazos en los plebiscitos de 2022 y 2023, por razones que los analistas debaten sin consenso: una propuesta primera demasiado rupturista para un país que quería cambio pero no revolución; una segunda propuesta demasiado conservadora para un país que no había olvidado por qué salió a las calles. Lo que quedó fue el empate: ni el Chile nuevo ni el Chile restaurado, sino el Chile indefinido, suspendido entre lo que fue y lo que no pudo ser.

En ese paisaje político apareció José Antonio Kast como la figura que mejor encarnó el polo de la restauración. Su candidatura en 2021 —que llegó a la segunda vuelta antes de perder ante Gabriel Boric— y su consolidación posterior como principal referente de la derecha dura revelan algo que Javiera habría reconocido de inmediato: que en Chile, el apellido, la familia, el linaje y la pertenencia de clase siguen siendo marcadores políticos de primer orden. Kast representa la continuidad de una visión del país en la que el orden, la jerarquía y la autoridad tienen más valor que la redistribución o el reconocimiento de quienes la historia dejó fuera. No es una postura inédita: es la misma que O’Higgins ejerció cuando decidió que los Carrera eran un problema que eliminar, y que la élite chilena ejerció cuando decidió que Allende era un experimento que abortar.

Esto no significa que Kast y O’Higgins sean equivalentes morales ni que la izquierda chilena esté exenta de sus propias contradicciones y fracasos. Lo que la historia de Javiera ilumina no es un bando sino un patrón: el de quienes quedan fuera del relato oficial, el de los cerebros que mueven la historia sin que la historia les devuelva el nombre, el de las mujeres, los mestizos, los pobres, los disidentes que construyen la patria y reciben a cambio el silencio o la persecución.

Javiera Carrera murió sin pensión ni estatua. Los treinta y cuatro mil detenidos de la dictadura tardaron décadas en ver reconocido su sufrimiento, y ese reconocimiento sigue siendo disputado por sectores que prefieren llamar «excesos» a lo que fue política sistemática. Las mujeres que encabezaron el movimiento feminista de 2018 —»el violador eres tú», cantado en las plazas de Chile y replicado en veinte países— no aparecen en los manuales de historia. Los líderes mapuche que reivindican una soberanía anterior a la de los propios Carrera siguen siendo tratados como problema de orden público antes que como interlocutores políticos legítimos.

El Chile de hoy sigue siendo el país de Javiera en el sentido más incómodo: un país en el que quienes mueven la historia rara vez son quienes la protagonizan en los libros. La diferencia es que ahora hay más voces que se niegan a aceptar ese olvido en silencio. Y esa negativa, aunque ruidosa e imperfecta, es tal vez la herencia más viva que la jaiba dejó a las generaciones que vinieron después.

Ella construyó la patria. La patria todavía está aprendiendo a reconocer a todas las que hicieron lo mismo.

 

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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