“Quien siembra vientos, cosecha tempestades”, es un refrán bíblico que aparece en el libro del Profeta Oseas, donde se advierte a Israel que sus actos idólatras traerían consecuencias desastrosas. Literalmente, indica que las acciones presentes determinan las consecuencias futuras, y acciones negativas producirán resultados equivalentes o peores. Se aplica para señalar que sembrar odio, mentiras o inestabilidad provoca conflictos mayores.
Este refrán, contenido en el texto de la Biblia Judía y en el Antiguo Testamento Cristiano, o sea, en los albores del cristianismo, me parece oportuno recordarlo debido a lo que está ocurriendo en el mundo con el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
Tras sufrir por tercera vez un intento de asesinato, las voces del propio presidente y de quienes le rodean, se han oído con meridiana claridad culpando a todos los demás, sin adoptar para si ninguna culpabilidad.
Desde la Casa Blanca, se responsabiliza a los medios de comunicación y a la izquierda de fomentar la violencia política contra el presidente. La secretaria de prensa del gobierno de Trump, Karoline Leavit, ha denunciado que este tipo de retórica de odio “puede llevar a cometer actos como el del sábado 25 de abril, en la Gala de los Corresponsales, en Washington”.
Karoline Leavit señaló que “nadie en los últimos años ha tenido que hacer frente a más balas y más violencia que el presidente Trump”. Y luego insistió en que “la existencia de distintas opiniones es necesaria para el desarrollo de la política de un país, pero debe expresarse siempre desde el punto de vista pacífico”.
El propio Trump dijo: “A la luz de los acontecimientos, pido a los estadounidenses un compromiso de corazón: resolver nuestras diferencias pacíficamente”. A continuación, y tras la pregunta de una periodista acerca del contenido del manifiesto del hombre detenido por el intento de atentado, Trump se revolvió contra ella, diciendo: “Deberías estar avergonzada de leer eso. Yo no soy ninguna de esas cosas. No deberías leerlo. Eres una sinvergüenza”.
Entre la nube de comentarios, muchos de ellos de personas con singular importancia, hay palabras que apuntan a una dirección concreta. Por ejemplo, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, señaló “La violencia nunca es el camino. La Humanidad sólo avanzará a través de la democracia, la convivencia y la paz”.
Un artista, también español, Pedro Ruiz, es más directo: “Naturalmente, yo condeno el atentado. Sin embargo, considero que lo sucedido no es imprevisible. Sembrar tantos vientos abona respuestas desmedidas”.
Coincido con ello y por eso escribo este artículo. Trump pide arreglar los problemas mediante el diálogo, pero no lo usa para su accionar cotidiano. ¿Acaso no recordamos la ola de aranceles arbitrarios impuesta a medio mundo, sin previo análisis o de intercambio de opiniones? ¿No fue él quien quiso apoderarse de Groenlandia, mediante la compra o por la fuerza? ¿Se olvidó que no se opuso a la invasión rusa de Ucrania, conflicto que se mantiene con destrucción y muerte, sin intervenir para buscar la paz? ¿No dijo que deberían hacer de Gaza un lugar turístico de alto standing? ¿Acaso no es él, junto a Benjamín Netanyahu, los que iniciaron el bombardeo contra Irán?
No puede ahora acusar a los demás de que lo están demonizando, porque él solito lo está haciendo con sus acciones abusivas, ilegales y violentas. Su permanente actitud prepotente, plagada de malos modos y con mentiras de todos los calibres, le llevan a perder el apoyo ciudadano en su propio país y la credibilidad en el resto del mundo.
No puede quejarse de que está cosechando tempestades, porque ha sembrado, sin rubor, muchos vientos malignos.


