La primera señal no fue simbólica. Fue concreta.
Una de las primeras medidas impulsadas desde el programa de José Antonio Kast fue eliminar el MEPCO, el mecanismo que amortigua el precio de los combustibles.
¿El efecto? Inmediato.
Alza en las bencinas, aumento en los costos de transporte, encarecimiento de la distribución de alimentos, presión directa sobre la canasta básica. Lo que en economía se llama “traspaso de costos”, en la vida cotidiana tiene otro nombre: llegar con menos a fin de mes.
Una caída del poder adquisitivo.
Una rebaja del salario, pero sin decirlo así.
Ese fue el punto de partida.
Y no fue casual.
Durante su campaña, Kast miró con atención el experimento de Javier Milei. La motosierra como símbolo, el ajuste como camino rápido, la idea de que el Estado es el problema y el mercado la solución.
Pero también hizo una promesa explícita: no recortar el gasto social.
Hoy, esa promesa no solo se tensiona. Se contradice.
Porque mientras el discurso insiste en la eficiencia, los hechos avanzan en otra dirección. El Ministerio de Hacienda —encabezado por Jorge Quiroz— ha puesto sobre la mesa recortes que no son marginales ni técnicos: son estructurales y afectan directamente a quienes más dependen del Estado.
En educación, la lista golpea el corazón del sistema:
el Programa de Alimentación Escolar (PAE), becas, acceso a la educación superior (PACE), reinserción escolar, apoyo a la educación pública.
No son líneas en una planilla.
Son bandejas de comida, matrículas posibles, trayectorias que se sostienen o se caen.
El Programa de Alimentación Escolar, por ejemplo, no es un beneficio accesorio. Para cientos de miles de niños es la garantía de alimentación diaria, es tal vez lo único que comerán en el día, sacarlo o debilitarlo no es “ajustar”: es hacer dormir a un niño con el estómago vacío.
En salud, el ajuste adopta un lenguaje más técnico, pero no menos agresivo.
Se habla de eficiencia, de optimización, de focalización. Pero en la práctica eso suele traducirse en lo mismo: menos hospitalización domiciliaria, menos capacidad en atención primaria, menos prevención.
Y cuando la prevención desaparece, el costo reaparece multiplicado:
en urgencias colapsadas, en listas de espera más largas, en diagnósticos tardíos, y finalmente en muertes.
En cultura, el recorte es igual de profundo.
Se ha planteado reducir o descontinuar financiamiento para programas culturales clave, incluyendo aquellos que sostienen patrimonio y desarrollo territorial. Ejemplos concretos: iniciativas vinculadas al Parque Nacional Rapa Nui y la protección de las iglesias patrimoniales de Chiloé, además de fondos que permiten el acceso cultural en regiones. Qué decir de la paralización de la construcción del GAM.
Lo que está en juego no es solo “cultura” en abstracto.
Es identidad, memoria y cohesión social. Pero en la lógica de la motosierra, todo lo que no genera rentabilidad inmediata entra en revisión.
Hasta aquí, el patrón es evidente.
Pero hay algo más profundo, más incómodo, que empieza a asomar: una desconexión estructural —y en algunos casos una mirada abiertamente distante— de sectores de la ultraderecha hacia las clases populares.
Porque no se trata solo de números.
Se trata de cómo se entiende la vida de la mayoría.
No se puede prometer protección social en campaña y luego clasificar como “gasto prescindible” la alimentación escolar, la salud pública o el acceso a la cultura. No se puede hablar en nombre de la gente común mientras las decisiones concretas impactan precisamente a esa mayoría.
Porque, además —y aquí está el punto incómodo— el ajuste no viene solo.
Viene acompañado.
Mientras se recorta en alimentación escolar, salud y cultura, se impulsa en paralelo la rebaja de impuestos a los sectores de mayores ingresos.
¿De qué estamos hablando en simple?
De miles de millones de dólares menos para el Estado.
Distintos cálculos sitúan ese impacto entre US$2.000 y US$4.000 millones al año. Plata que deja de entrar justo cuando se insiste en que “no hay recursos” para sostener lo básico.
Y no es todo.
También se instala la idea de aliviar —o directamente eliminar— el pago de contribuciones para grandes patrimonios inmobiliarios. Es decir, propiedades de alto valor aportando menos… mientras el resto sigue pagando IVA en cada compra, en cada cuenta, en cada producto.
En la práctica, el contraste es brutal:
Mientras una familia ajusta el presupuesto para llegar a fin de mes,
otra recibe alivio tributario.
Mientras a unos se les encarece la vida,
a otros se les abarata el Estado.
Eso no es eficiencia.
Es elección.
Y sin embargo, muchos confiaron.
Hubo voto popular.
Hubo esperanza de orden, de estabilidad, de que esta vez el ajuste no recaería sobre los mismos de siempre.
Pero lo que aparece es un modelo conocido:
alivio tributario para algunos, ajuste fiscal para el resto.
Y ni siquiera con garantías.
Porque el propio ministro Jorge Quiroz ha reconocido ante la cámara de diputados algo que desarma el corazón del relato: bajar impuestos no asegura crecimiento ni empleo.
Es decir: el sacrificio es concreto, inmediato y medible.
El beneficio es incierto, diferido y, en el mejor de los casos, eventual.
Ahí es donde la motosierra deja de ser una metáfora económica y se convierte en una declaración política.
Porque no corta al azar.
No corta donde sobra.
Corta donde es más fácil.
Donde hay menos poder de presión.
Donde el costo político es más bajo.
Donde históricamente se ha cortado siempre.
Y en ese sentido, esto ya no es una copia del modelo de Milei.
Es algo más afinado.
Más dirigido.
Más eficiente en su crudeza.
Una mejora de la motosierra.
Porque no solo reduce el Estado:
selecciona con precisión qué partes del Estado desaparecen primero.
Y esas partes, casi sin excepción, son las que sostienen a quienes menos tienen.
Por eso el problema no es solo económico.
Es político.
Y es moral.
Porque cuando el ajuste se construye sobre la promesa de que otros pagarán el costo —y finalmente lo terminan pagando quienes confiaron— lo que se rompe no es solo el presupuesto.
Se rompe la confianza.
Y esa no se recorta ni se recompone en una planilla de Excel.
Cuando se pierde, se quiebra para siempre.


