La dictadura llegó en un barco
Esta vez no haré la columna tradicional de los domingos.
Esta vez quiero contar una historia. La mía.
Quiero volver por un momento a ese niño de siete años que, una mañana de septiembre de 1973, salió de su casa en la isla Robinson Crusoe rumbo a la escuela, sin saber que ese día su infancia iba a terminar un poco.
No entendía de política. No sabía qué era un golpe de Estado. No sabía quiénes eran los comunistas ni por qué alguien podía perseguirlos.
Pero ese día aprendí que había momentos en que los adultos tenían miedo. Y que el miedo también podía llevar un fusil.
Era viernes 21 de septiembre de 1973. Eran aproximadamente las 7:15 de la mañana amanecía y yo partía rumbo a la escuela.
Como todos los días, me alistaba a caminar los tres kilómetros que separaban nuestra casa de la Escuela N.º 68 de la isla Robinson Crusoe, en el archipiélago Juan Fernández.
Tenía siete años y ya cursaba tercero básico.
A esa edad, uno mira el mundo con otros ojos. Todo parece más grande, más misterioso y, muchas veces, más hermoso.
A poco andar vi un buque de la Armada fondeado en medio de la bahía Cumberland.
Me alegré.
Para mí, la llegada de un barco siempre era una buena noticia. Significaba que llegaban diarios, revistas, cartas y, quizás, algún regalo enviado por mis hermanos que estudiaban en Valparaíso o por algún familiar del continente.
Llegaban también Mampato, Barrabases y revista Estadio.
Yo esperaba especialmente esta última. Allí me enteraba del fútbol, pero también había descubierto el tenis. Miraba los dibujos, estudiaba los movimientos y luego intentaba reproducirlos con una paleta de madera. Así, de una revista, aprendí a jugar un deporte que parecía pertenecer a un mundo lejano.
Los barcos también traían los víveres que abastecían nuestra apartada y casi olvidada isla del Pacífico sur.
Por eso, cuando vi aquel buque, pensé que sería un día como tantos otros.
Incluso retrocedí unos minutos hasta mi casa para contarle a mi padre que había llegado un barco.
Pero algo había cambiado.
Su rostro no era el de otras veces.
Yo no sabía qué significaba aquella mirada.
Solo la recuerdo.
Salí nuevamente rumbo a la escuela.
El camino bordeaba el mar y yo avanzaba pensando en lo que quizás me habrían enviado mis hermanos desde Valparaíso.
Pasé frente a la casa de Luis Petersen, encargado de la ECA. Apenas me miró.
Eso también me llamó la atención.
Su esposa, la señora María, siempre que yo pasaba se asomaba, me saludaba y me daba un beso para desearme un buen día.
Pero esa mañana no salió.
Seguí caminando.
Más adelante, la señora Dora me gritó:
—Que le vaya bien, mijito. Cuando venga de vuelta pase a buscar frutas.
Era la única persona a la que dejaba trepar a sus árboles para sacar las generosas frutas de Juan Fernández.
Todo parecía normal.
Pero ya nada era normal.
En la isla vivíamos a duras penas cerca de 500 personas. Éramos una pequeña comunidad de pescadores de langosta, funcionarios de Conaf, carabineros y personal de la Armada.
Vivíamos lejos de todo.
Dependíamos de los barcos para recibir alimentos, correspondencia, noticias y cualquier cosa que viniera del continente. Y los barcos no llegaban todas las semanas. A veces tampoco todos los meses.
Era un lugar pequeño, aislado y hermoso.
Un lugar donde todos se conocían.
En mi curso éramos apenas seis alumnos. En toda la escuela no éramos más de 35.
El colegio funcionaba en un frigorífico abandonado por una empresa pesquera.
Para mí, sin embargo, aquello no era un frigorífico abandonado.
Era mi escuela.
Era el lugar donde me encontraba con mis amigos, donde jugábamos a la pelota y donde yo podía convertirme en Pirulete, el goleador del Barrabases de Míster Pipa.
Pero también era el lugar donde aprendíamos.
Tuvimos profesores tremendamente preocupados y esforzados. Entre ellos recuerdo especialmente a mi profesor Victorio Bertullo Mancilla, quien terminó echando raíces en ese pequeño pedazo de tierra perdido en medio del Pacífico.
Ese viernes comenzaba la primavera.
El mar estaba tranquilo.
Y eso significaba que podía llegar caminando a clases sin tener que subir el cerro cuando las olas cortaban el camino costero.
Yo iba tranquilo.
Hasta que dejó de serlo.
Ya había pasado la casa de Ilka Paulentz cuando, de repente, detrás de un matorral de moras, apareció un marino.
Llevaba un fusil.
Y me apuntó.
Yo quedé paralizado.
No entendía.
Era un niño que iba a la escuela.
Le pregunté, con la inocencia propia de mis siete años, por qué no podía seguir mi camino.
La respuesta fue brutal.
—Ándate pa’ tu casa si no querís que te pegue un balazo. Ahora mando yo.
No recuerdo haber sentido nunca tanto miedo.
Me di media vuelta y salí corriendo.
Corrí de regreso por el mismo camino que unos minutos antes había recorrido tranquilo.
Pero ahora todo parecía distinto.
La señora Dora ya no estaba en la puerta.
Don Luis tampoco.
Las casas que minutos antes parecían parte de mi mundo cotidiano se habían convertido en lugares silenciosos.
Yo solo quería llegar a casa.
Llegué agitado.
Mi padre escuchó mi relato.
Pero él ya sabía lo que venía.
No pasaron ni diez minutos cuando una patrulla de cinco marinos golpeó nuestra puerta.
Entre ellos estaba el padre de un compañero de escuela.
Eso hacía todo aún más extraño.
Porque en una isla pequeña, donde todos se conocen, hasta quienes llegan con armas tienen un rostro familiar.
Saludaron a mi padre por su nombre.
Y le preguntaron quiénes eran los comunistas de la isla.
Mi padre los miró directamente a los ojos.
Y respondió:
—En esta isla no hay comunistas. Solo hay isleños.
La conversación duró apenas unos minutos.
Cuando la patrulla se retiraba, mi padre le dijo al jefe que no volvieran a amenazar a los niños con armas, como habían hecho conmigo.
El marino lo miró con el ceño fruncido.
Y respondió:
—Trataremos que no se repita. Pero las cosas han cambiado. Buenos días.
Las cosas habían cambiado.
Esa frase quedó dando vueltas en mi cabeza, aunque entonces no comprendía realmente lo que significaba.
Hoy sí.
A los siete años no sabía qué era una dictadura.
No sabía qué era la represión.
No sabía qué significaba que un país cambiara de un día para otro.
Pero sabía reconocer el miedo en la cara de mi padre.
Sabía que los vecinos ya no salían a la puerta.
Sabía que un hombre con uniforme me había apuntado con un fusil mientras yo iba camino a la escuela.
Y sabía que alguien había dicho que ahora mandaba él.
Para nosotros, para los habitantes de esa pequeña isla perdida en el Pacífico, aquello fue nuestro pequeño gran Golpe.
Quizás la historia oficial diga que el Golpe de Estado ocurrió el 11 de septiembre de 1973.
Y es cierto.
Pero para algunos de nosotros la dictadura llegó después.
Llegó en un barco.
Llegó a la bahía Cumberland.
Llegó detrás de un matorral de moras.
Llegó apuntándome con un fusil mientras caminaba hacia mi escuela.
Para mí, la dictadura comenzó el 21 de septiembre de 1973.
No lo aprendí en un libro.
Lo aprendí corriendo de regreso a mi casa.
Y quizás por eso, después de tantos años, todavía puedo recordar con tanta claridad aquella mañana de primavera, el mar tranquilo, las casas silenciosas y la mirada de mi padre.
Han pasado 53 años.
Yo ya no tengo siete años.
Pero hay recuerdos que no envejecen.
Algunos permanecen intactos, esperando que uno tenga el valor de volver a mirarlos.
Este es uno de ellos.
Y hoy decidí volver.
No como columnista.
No como alguien que intenta entender la historia de Chile.
Sino simplemente como aquel niño de siete años que una mañana salió caminando hacia su escuela en una pequeña isla del Pacífico y regresó a casa entendiendo, sin saber todavía cómo nombrarlo, que su país había cambiado para siempre.



