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El Grammelot de las Camas que No Rotan: Chile en el Teatro del Absurdo

Hay un termómetro político que nunca falla en el escaparate: el Estado enciende las cámaras, convoca al tribunal de horario estelar y agita con furia una boleta manchada por un par de pesos mal habidos en la esquina, buscando desesperadamente el fugaz sonrojo de la culpa individual para disimular su propia vergüenza. Es el montaje perfecto de un poder que prefiere sonrojarse por la anécdota antes que ponerse rojo de furia ante el espejo de su propio colapso estructural. Mientras tanto, el verdadero saqueo abandona la escena con paso firme y la cara intacta, protegido por la sordera institucional.

Como en la obra de Dario Fo, donde el poder necesita una fachada rígida y solemne para justificar su opresión, el Estado chileno padece de una sordera selectiva. Reacciona de inmediato ante el cuerpo individual al que puede señalar, pero guarda un silencio sepulcral ante el colapso estructural.

La Farsa Institucional y el Silencio de las Cifras

Chile llegó a 0,99 hijos por mujer, la tasa más baja de su historia. Nadie salió a marchar por ello; no hay un cromatógrafo capaz de medir la pérdida de confianza en el futuro. Es la tragedia de una sociedad donde la vivienda cuesta más de la mitad de un sueldo y el 1% más rico concentra casi el 30% de la riqueza. El colapso demográfico avanza sin rostro, acumulándose en planillas del INE, ignorado por una élite que solo entiende de emergencias cuando hay un culpable al que recortar.

Lo mismo ocurre en la sala de partos. Cuatro de cada cinco nacimientos niegan la primera hora de contacto piel con piel que recomienda la evidencia médica. ¿La razón? Una cama que no rota. En la aritmética fría de la rentabilidad hospitalaria, la oxitocina pierde contra la hoja de cálculo. Aquel grito multitudinario de 2019 terminó atrapado en un laberinto institucional diseñado para procesar la rabia, no para escucharla.

La Obscenidad Preescolar y la Poda Neuronal

Esta desatención inicial sienta las bases del desastre biológico posterior. Adquiere así toda su fuerza la denuncia de Mario Waissbluth, quien ha calificado la política educativa chilena como una auténtica «obscenidad». Durante décadas, el sistema político privilegió los recursos para la educación superior, postergando de manera sistemática la educación inicial de cero a seis años.

Como demuestra el Premio Nobel James Heckman, la rentabilidad social y neurológica de invertir en la educación preescolar es hasta siete veces superior a la de la educación superior. Sin embargo, en Chile se escatiman fondos en salas cuna universales y estimulación temprana, forzando un fenómeno devastador: la poda neuronal por deprivación.

La poda sináptica es un proceso natural donde el cerebro elimina conexiones en desuso. Cuando un niño es criado en un entorno de abandono institucional, sin estimulación afectiva o sobreexpuesto a pantallas, los circuitos sinápticos del área prefrontal —responsables de la empatía, las funciones ejecutivas y la regulación emocional— no se activan y son eliminados para siempre. Se sacrifica la masa encefálica y emocional de las futuras generaciones mientras el Estado gasta fortunas en administrar las consecuencias tardías: salud mental, delincuencia y desempleo.

El Cuerpo como Testigo y la Risa que Desarma

Si el premio Nobel Dario Fo nos enseñó algo a través del teatro de juglaría y el arte de los bufones, es que un bufón que no hace avergonzar al poder mediante la risa no es un verdadero bufón. La política institucional chilena opera hoy bajo un Grammelot: un galimatías de tecnicismos, discursos vacíos y posturas rígidas con el que los poderosos intentan ocultar su desconexión de la realidad.

Frente a esto, el cuerpo social responde con mecanismos de supervivencia somática:

El idioma del cuerpo: Una tensión constante y un agotamiento crónico que reflejan el peso de un sistema desregulado.

El idioma de la emoción: La rabia y el miedo guardados sin anestesia, silenciados por las estructuras oficiales.

El idioma del símbolo: El eco transgeneracional de una sociedad que excluye sus dolores más profundos hasta que el colapso se vuelve insostenible.

Hacia la Integración y la Coherencia

Francia o los países nórdicos intentaron detener el declive con recursos y tiempo —postnatales y salas cuna—, pero incluso sus modelos flaquean cuando olvidan lo esencial: el sentido, la compañía y la confianza en el mañana.

El Estado chileno, al igual que los tiranos y burócratas expuestos por la sátira, necesita dejar atrás su armadura de solemnidad. Como diría el espíritu de una constelación bien integrada, el primer paso para sanar el trauma colectivo es dejar de buscar chivos expiatorios individuales y darle un lugar a lo que se ha dejado fuera. Solo cuando la élite sea capaz de experimentar un sonrojo involuntario —un reconocimiento real que no requiera una anécdota judicial para indignarse—, el país podrá salir de esta farsa y recuperar la calma corporal y social que tanto necesita.

¿De qué manera crees que podríamos empezar a integrar en nuestras conversaciones este profundo vacío en la educación inicial y en nuestro tejido social?

 

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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