Como dije cuando empecé la serie de estas columnas, la idea era escapar un poco de esa realidad que nos agobia, (cada uno tiene las suyas) y sumirnos en algo que nos distrae como es el fútbol – y el mundial en desarrollo – mezclado con la literatura. Con esta entrega termino con el tema de la pelotita, refiriéndome esta vez al relator de la brega, con algunas reflexiones finales, no mías, sino de gente más versada. Veamos.
El relator de un partido de fútbol es un cuento aparte. Entre ellos quienes se destacan son los que logran la metáfora, la agilidad de lenguaje, la rápida comparación, el acertado giro del relato, el ritmo endemoniado que le imprime al verbo. Capaz de hacer pensar al que se fue de una cancha aburrido que de pronto se está jugando otro partido, que finalmente los jugadores se prendieron y se devuelve a observar, para sólo comprobar que todo es un engaño, un invento de un creativo del micrófono, y que para su desgracia el partido sigue tan aburrido como un acuario de machas.
En el cuento ¡Qué lástima, Cattamarancio!, de Roberto Fontanarrosa, el relator es hemorrágico de palabras, y durante todo el relato está tratando de establecer contacto con un gaucho – ejemplo de patriotismo – que con sus dos caballos criollos trata de dar la vuelta al mundo y en ese momento se encuentra atravesando la antigua Unión Soviética. El contacto entre ambos se establece cada tanto, entrecortado, y el relator pone las respuestas en los intervalos y nunca deja hablar al gaucho porque lo importante para él, es lo que sucede en la cancha, aunque desde la URSS intentan decirle que están cayendo bombas atómicas. En definitiva, el relato solo es una metáfora verborreica de desinformación disfrazada de elocuencia discursiva mientras el mundo se va a la mierda. Así empieza:
“Va a venir el centro desde la punta derecha, es un infierno el área 18, arde el cuadro de rigor, Magrín entre los tres palos, empujándose Sabioli con García Mainetti. ¡Cuidado muchachos, cuidado muchachos! Si los ve el árbitro se van los dos para los vestuarios. Entraña serio peligro este tiro libre, sube Tomé, sube Romano, ahí también va Julio Esteban Agudelo en procura del centro, no respeta la distancia Omar Grafigna. ¡Qué cosa con Grafigna, siempre lo mismo! ¡Vamos Grafigna, un poco más atrás! Va a lanzar desde el flanco derecho Juan Carlos Marconi, el áspero marcador de punta de River Plate, se demora la maniobra. ¡Cabrini!—¡Almaceri termina con el ruido de su motor! ¡Almaceri 348, el anticorrosivo líquido amigo del motor de su coche! ¡No lo olvide! Búsquelo en…—¡Un momento, Cabrini! Vino el centro, saltó un hombre, un cabezazo, rebota el esférico, sale del área, surge Peñalba, otro golpe de cabeza, va al suelo Tomé, nuevamente Peñalba llega, cruza, pelea. ¡Un león, Peñalba! Salta Romano, cuidado, ahí está, le va a pegar… ¡Qué lástima, Cattamarancio!… Llegó, apuntó, midió, le metió un derechazo tremendo y la mandó apenas rozando una de las torres de iluminación, para ser más preciso la que da a espaldas de la Figueroa Alcorta”.
Pero si de inventar relatos se trata nada mejor que los que crea Rivera Letelier en boca de su estrambótico personaje Cachimoco Farfán, un loco que, de acuerdo al mito coyino, se trastornó en medio de los estudios de medicina y quien sabe por qué arte de birlibirloque, terminó relatando los partidos en Coya sur, al borde de la cancha de tierra y con un micrófono hecho de tarros en sus manos.
Sobre él nos dice:
“Pero lo cierto, es que Cachimoco Farfán – y en esto coincidimos todos sin excepción – nos enseñó algo que aprendimos y asimilamos como una verdad absoluta: que un gol o una buena jugada, como cualquier asunto importante en esta vida, no estaba completo si no se narraba y recreaba con la magia de las palabras… Farfán en sus vesánicos relatos, en donde, además de adobar todo, como ya se sabía, con los últimos chismes de la semana, exageraba hasta el delirio las particularidades de cada uno de los futbolistas.
Al contar, por ejemplo, el gol de un jugador de aquellos que se andaban acomodando el copete a cada cinco pasos, era factible oírle decir “¡sí, amables oyentes, este papolusiento se pasó tres defensas y con la pelota pegada al botín siguió corriendo hasta su casa, entró en el cuarto de baño, se puso unas gotitas de glostora, se acomodó el copete a la James Dean y volvió al campo de juego para marcar este gol de un zurdazo esquizofrénico!
…A los jugadores con fama de castizos los hacía correr hasta su casa, echarle un polvo de pasadita a su mujer, ¡volver rápidamente a la cancha y hacer ese “gastroenterítico gol de taquito!”
Muchas veces, claro, se le pasaba la mano…todos recordábamos aquel domingo de mayo, cuando relató el gol del Cachetón Trujillo, al que le colgaron el apodo por su engreída forma de caminar. Aquella vez, faltando cinco minutos para el final, y mientras su equipo se hallaba embotellado en su propio arco, el cachetón recibió un pase de Miguel Astudilllo que fue relatado así: Y es que aún no lo puedo creer, amables escuchas, pero nuestro cachetón se pasó limpiamente a tres defensas, le salió al paso el arquero (que parece un coprolito seco por lo viejo), le hizo una finta y siguió corriendo con su potito paradito, como si llevara metido un catéter de Eustaquio en el culo, después se pasó al vendedor de helados y como un celaje se fue rumbo al campamento, llegó a su casa, preguntó por su mujer, le dijeron que no estaba, hizo entonces un amague y salió por la puerta de la cocina, agarró de frente hacia el cine, la pelota siempre pegada al pie, llegó hasta la ventanilla, compró un boleto, se pasó al vendedor de embelecos, le hizo una finta al portero, entró por el pasillo central hasta la tercera fila de la platea, en donde halló a su mujer en brazos de uno de los acomodadores, quien al parecer, señora, señor, le estaba haciendo respiración boca a boca, se devolvió entonces a la cancha el Cachetón Trujillo y, desde fuera del área, de un rabioso y furibundo puntete, hizo inflar las redes de un gol colosal, un gol fenomenal, un gol electroencefalogramático, señores y señoras”. El relato resulta ser cierto, como lo descubrirá el goleador cuando después de vestirse parta al cine.
Finalmente, huelga decirlo, el fútbol, es un juego. Pero para Pier Paolo Pasolini, más que un juego “el fútbol es un sistema de signos, por lo tanto, es un lenguaje. Hay momentos que son puramente poéticos: se trata de los momentos de gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código: es una ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad. Igual que la palabra poética. El goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. Incluso el dribling es de por sí poético. En los hechos, el sueño de cada jugador (compartido por cada espectador) es partir de la mitad del campo, dribliar a todos y marcar el gol. Si, dentro de los límites consentidos, se puede imaginar en el futbol una cosa sublime, es esa. Pero no sucede nunca. Es un sueño”, concluye. Seguramente una reflexión antes de México 86 y el golazo de Maradó.
Y por último, ahora sí, el futbolista y escritor Albert Camus, más filosófico, nos dice que cuando era arquero aprendió que “la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga, lo que sirve mucho en la vida…Lo que más sé acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al Fútbol”, sentenció.
Pitazo final.
Se acabó.


