Vivimos en tiempos donde algunas personas pueden confundir tres palabras que no significan lo mismo, y esa confusión nos está costando caro como sociedad. Así se llamó el único libro que se le conoce a Pinochet, que debe servir de manual para gobiernos de ultraderecha. No nos referimos a su contenido, sino a un episodio de esta semana.
*La política* es el arte de lo posible. Es el espacio donde se discuten ideas, se negocian diferencias y se toman decisiones para organizar la vida en común. La política seria parte de la premisa de que nadie tiene toda la verdad, pero entre todos podemos construirla. Exige argumentos, datos, responsabilidad y, sobre todo, mirar más allá del próximo ciclo electoral. Es lenta, es incómoda, es técnica. Y es indispensable.
*La politiquería* es su parodia. Es la política reducida a cálculo pequeño. Aparece cuando el interés del partido, del grupo o de la persona está por encima del interés público. Se reconoce fácil: son los acuerdos de pasillo, las cuotas, el “yo te apoyo si tú me apoyas”, las campañas que empiezan el día después de las elecciones. La politiquería no propone proyectos país, propone repartijas. No resuelve problemas, los administra para que no estallen antes de la próxima votación.
*La demagogia* es el paso siguiente, y el más peligroso. Es cuando un líder decide que es más rentable apelar al miedo, al enojo o a la ilusión fácil que a la razón. La demagogia promete soluciones mágicas a problemas complejos: “se acaba todo con una medida”, “ellos son los culpables de todo”, “yo solo puedo salvarlos”. Halaga al pueblo en los discursos y lo empobrece en las decisiones. Vive de eslóganes, no de programas. Y cuando la realidad desmiente la promesa, culpa a conspiraciones, a la prensa o a “los de siempre”.
El problema es que estas tres se parecen en la superficie. Todas usan micrófono, todas hablan de “el pueblo”, todas prometen cambio. Por eso el ciudadano de a pie termina desconfiando de todo. Y cuando la desconfianza gana, se abre la puerta para más politiquería y más demagogia.
Romper ese círculo exige algo poco glamoroso: volver a valorar la política. Exigir programas en vez de insultos. Pedir cuentas con datos, no con viralizaciones. Castigar en las urnas al que gobierna para la galería y premiar al que, aun siendo impopular hoy, deja instituciones fuertes para mañana.
Un país no se construye a gritos ni a atajos. Se construye cuando entendemos la diferencia: la política nos une en torno a problemas reales, la politiquería nos divide en torno a intereses, y la demagogia nos adormece con falsas soluciones.
Chile necesita menos ruido y más política. Lo demás ya lo conocemos, y nos llevó al quiebre democrático.
Un ejemplo reciente de esa frontera difusa entre política, politiquería y demagogia fue el episodio en que José Antonio Kast discutió públicamente con la madre de un niño que se negó a darle la mano. Lo político habría sido respetar el límite del menor y seguir su actividad sin convertirlo en escena. Lo politiquero fue transformar un gesto cotidiano en un símbolo para sus bases. Y lo demagógico, apelar a la idea de “valores” o “respeto” para sacar rédito de un momento íntimo y exponer a un niño al debate público. Cuando hasta el saludo de un menor se usa como tribuna, se confirma que estamos lejos de la política y muy cerca del espectáculo.



