Por Rodrigo Ramírez Pino
Viajando habitualmente con mi compadre Jaime, hay una conversación que es recurrente y que se repite cuando hablamos con un conductor de Uber.
—Sabes, en este país he tenido oportunidades. Con esfuerzo pude comprarme este auto y ahora quiero juntar plata para otro —nos cuenta.
—¿Y te acomoda trabajar así? —le pregunto.
—Sí, porque manejo mis tiempos, mi horario, soy mi propio jefe. Me siento emprendedor, estoy armando algo mío, algo propio.
La conversación llega inevitablemente a la política.
—¿Y tú por quién votas? —pregunta Jaime.
—Por la derecha. Siento que apoya más a quienes queremos emprender y salir adelante.
Al bajarnos, Jaime comenta, entre incrédulo y despectivo.
—viste que este tipo se cree empresario. No tiene idea de lo que es.
—Pero, compadre, ¿qué entendimos nosotros de él? Nos habló de su esfuerzo, de sus planes y de manejar su tiempo. ¿Lo escuchamos o esperamos saber por quién votaba para descalificarlo?
En su relato aparecen aspiraciones reconocibles. Quiere progresar, construir algo propio y sentir que su esfuerzo tiene valor. La derecha le ofrece un lenguaje donde esas aspiraciones encuentran reconocimiento. Emprendimiento, propiedad, independencia y oportunidad son símbolos con los que imagina su futuro. Mientras tanto, una izquierda convencida de conocer mejor sus intereses responde descalificando su identidad. Aunque identifique correctamente los riesgos de su trabajo, pierde la conversación cuando transforma ese diagnóstico en desprecio.
Esa superioridad moral tiene consecuencias políticas. Si dividimos el mundo entre quienes comprenden y quienes están engañados, la adhesión exige una confesión de error. El otro debe aceptar que interpretamos mejor su vida antes de participar en nuestro proyecto. ¿Cómo ampliar una comunidad política desde esa posición?
Comprender al conductor tampoco exige idealizar su situación. La autonomía que valora convive con la dependencia de una plataforma que fija reglas sobre las que tiene escaso control. ¿Puede decidir cuánto vale su trabajo? ¿Qué protección tiene si enferma? Pero también podemos preguntarnos cómo aprovechar su experiencia para crear nuevas soluciones tecnológicas, vinculándolo con desarrolladores, universidades y emprendedores. Un ecosistema de innovación debería ofrecer capacidades, financiamiento y colaboración para que participe tanto en las reglas de la tecnología que utiliza como en el valor de aquella que podría crear. Una política emancipadora debe ampliar su autonomía, no despreciar su aspiración.
Parte de la izquierda ha perdido familiaridad con los espacios donde hoy se forman esas aspiraciones. El emprendimiento, la innovación y las nuevas comunidades culturales aparecen como territorios ajenos. También cambiaron la música, las expresiones de las disidencias y las formas de ocupar calles y veredas. Su legitimidad no depende de que se parezcan a las organizaciones que antes reconocíamos.
Defender la igualdad y combatir las discriminaciones son compromisos irrenunciables. Pero pierden capacidad de convocar cuando se convierten en instrumentos para clasificar moralmente a las personas. El moralismo permite explicar las derrotas por la ignorancia del electorado sin preguntarnos qué hicimos nosotros para alejarlo. Tener principios exige responder por nuestras prácticas, no presumir que la justicia de nuestra causa garantiza su corrección.
Acoger la diferencia significa permitir que la experiencia del otro modifique nuestras certezas. El conductor no necesita renunciar a sentirse emprendedor ni adoptar nuestro vocabulario para merecer ser escuchado. Tampoco comprenderlo implica respaldar sus ideas. Podemos discutirlas sin denigrarlo, reconociendo su dignidad y la posibilidad de actuar juntos.
La izquierda necesita distinguir su causa de los instrumentos históricos con que intentó realizarla. Algunas respuestas fracasaron, otras se agotaron y otras necesitan cambiar. Si buscamos distribuir poder y ampliar libertades, nuestras prácticas deben permitir que otros hablen, propongan e incidan. La emancipación debe reconocerse también en la relación con quienes queremos convocar.
Durante mucho tiempo dijimos que a una parte de la izquierda burguesa le faltaba calle. Pero también debemos reconocer que la calle cambió. Cambiaron sus veredas, trayectorias, trabajos, comunidades y aspiraciones. Una capa tecnológica atraviesa hoy todo el tejido social, creando nuevas dependencias y posibilidades. Ese paisaje ya no cabe en las categorías ni en las estructuras con que pensábamos la sociedad hace veinte años. Volver a pisar esas calles exige mucha curiosidad, humildad política y disposición a acoger y voluntad de aprender. Escuchar al conductor es parte de ese recorrido. También aceptar que su experiencia puede transformar nuestras preguntas y ayudarnos a construir un proyecto donde encuentre un lugar para aquello que aspira llegar a ser.
Rodrigo Ramírez Pino es doctor en comunicación U. de Barcelona
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