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Tejedora de los hilos que advierten

Tejedora de los Hilos que Advierten

Una historia sobre las señales que ignoramos y el arte de reconocer el patron antes de que se cierre el nudo

Hay lugares donde el tiempo no corre, sino que entreteje. Lejos del ruido de las noticias que se consumen como humo y de los discursos que prometen seguridad a cambio de silencio, existen santuarios de urdimbre donde se custodian las hebras que el presente ignora y el futuro pagará. Allí, entre el olor del lino antiguo y el roce de los husos que nunca duermen, se guarda el secreto de todas las distopías que alguna vez fueron profecías.

Quien habitaba ese lugar no era historiadora ni novelista. Su oficio era más hondo, más callado: era una tejedora de los hilos que advierten. No escribía libros ni dictaba conferencias. Su trabajo era otro: recibir a los que llegaban inquietos, a los que leían una novela o miraban su país y sentían que las palabras de una autora canadiense, escritas en los años ochenta, describían el aire que empezaban a respirar.

Su taller era una hilandería excavada en la roca viva, una catedral de madejas donde la luz de un candil hacía bailar sombras de cuerpos encorvados sobre antiguos telares. De las vigas colgaban hilos de todos los colores, pero también recortes de periódicos amarillentos, sentencias judiciales, fragmentos de discursos y fotografías borrosas de procesiones con antorchas. El aire olía a tinta de imprenta, a lana mojada y a una urgencia que sabía a déjà vu. La tejedora, con dedos que habían anudado más advertencias que todos los oráculos del mundo, no enseñaba a predecir: enseñaba a reconocer.

Una tarde de llovizna persistente y titulares incómodos, llegó una mujer joven. Traía un libro ajado en las manos —la portada mostraba una figura roja y blanca, encapuchada— y los ojos llenos de una inquietud que no sabía si era paranoia o lucidez. Se sentó en un taburete de madera y habló con la voz tomada por un temblor que no era frío.

—He estado leyendo a Margaret Atwood. Su historia de Gilead. Y no puedo quitarme de la cabeza lo que ella misma dijo: que no inventó ni un solo horror. Que cada elemento aterrador de esa sociedad teocrática y misógina ya había ocurrido en algún lugar del mundo, en algún momento de la historia. Que la distopía no es una invención, sino un reciclaje. Y cuando miro a mi alrededor, aquí, en Chile, en este momento que vivimos, siento que estoy viendo patrones. Hilos que se repiten. Discursos que suenan familiares. Derechos que empiezan a ser cuestionados con palabras suaves. Y no sé si estoy exagerando, si soy una paranoica, o si estoy viendo algo que otros no quieren ver.

La tejedora tomó una madeja de hilo rojo, una de las más antiguas, y la extendió sobre la mesa de madera. El hilo tenía manchas oscuras, como si hubiera sido teñido en algo más que tintura.

—Lo que hoy te inquieta no es la ficción —dijo, y su voz tuvo la textura del huso que gira sin detenerse—. Es la verificación. Atwood se impuso una regla al escribir: no inventaría ni un solo horror. Cada elemento debía tener un precedente histórico verificable. Eso es lo que convierte su novela en algo más que literatura. No es una profecía: es un inventario. Y un inventario, bien leído, es un mapa de lo que puede volver.

Hizo una pausa. Tomó otro hilo, uno gris, más nuevo, y lo entrelazó con el rojo.

—La distopía no es una invención, sino un reciclaje. Los mismos miedos, los mismos mecanismos, las mismas arquitecturas de control aparecen una y otra vez a lo largo de la historia, solo que con distintos trajes. Cuando miras el pasado con atención, ves el patrón. Ves cómo se empieza: con palabras. Con la división entre buenos y malos. Con la promesa de orden frente al caos. Con la demonización de ciertos cuerpos. Y luego vienen las leyes, y luego las costumbres, y un día despiertas en un lugar donde lo impensable se ha vuelto normal.

—Pero entonces, ¿cómo distingo la paranoia de la profecía? —preguntó la mujer—. ¿Cómo sé que no estoy viendo fantasmas?

—Los fantasmas no dejan documentos —dijo la tejedora—. Los patrones sí. Atwood no imaginó a las criadas desde cero: las cosió con retazos de historia real. La esclavitud reproductiva ha existido. La teocracia ha existido. El control de los cuerpos femeninos ha existido. La vigilancia convertida en virtud ha existido. Ella solo los puso juntos, en un solo lugar, y les dio un nombre: Gilead. Y cuando la gente leyó su libro, muchos dijeron: «Esto es exagerado». Y luego, con el tiempo, otros dijeron: «Esto ya está pasando».

—Entonces, ¿estamos en un patrón? ¿Chile está tejiendo algo parecido?

—No soy yo quien debe responder eso —dijo la tejedora—. Eres tú quien debe aprender a leer el telar. Porque el problema no es si Gilead llegará mañana. El problema es que las hebras ya están sobre la mesa. Y la pregunta no es si el patrón se repetirá exactamente igual, sino si eres capaz de ver los hilos cuando aún son solo hilos, antes de que se cierre el nudo.

—Ahora vamos a hacer un acto de lectura —dijo la tejedora—. Porque reconocer el patrón no es cuestión de miedo: es cuestión de atención. Cierra los ojos. No imagines un futuro aterrador. Imagina el presente. Imagina los discursos que has oído esta semana. Las palabras que usan quienes prometen orden. Las imágenes que se repiten. Los grupos que son señalados.

La mujer cerró los ojos. Los titulares de las últimas semanas desfilaron tras sus párpados como una procesión.

—Los veo —dijo—. Palabras como «protección», «valores», «orden», pero dichas de una forma que suena a amenaza. Veo mujeres siendo cuestionadas. Veo derechos que se presentan como privilegios. Veo una nostalgia de un pasado que nunca fue tan bueno para todos.

—Ahora nómbralo. No como profecía. Como inventario. Dile: «Veo los hilos. No son inventos. Son reciclaje. Han estado aquí antes, en otros tiempos, en otros lugares. No vengo a profetizar: vengo a recordar. Y recordar es el primer acto de resistencia».

  1. La mujer lo dijo. Y al decirlo, sintió que la inquietud se transformaba en algo más sólido: en conciencia.

—Ahora la promesa. Dime: «Prometo no ignorar los patrones por miedo a parecer paranoica. Prometo no callar cuando vea un hilo que reconozco. Prometo no esperar a que el nudo se cierre para actuar. Y prometo contar esta historia, la de Gilead y la de todas las Gileads que ya fueron, para que nadie diga que no sabía».

La mujer lo dijo. Y al decirlo, sintió que sus manos dejaban de temblar.

—Por último, la bendición. Pídesela a todas las que vinieron antes y advirtieron sin ser escuchadas. Dile: «Necesito que me miréis con buenos ojos si decido hablar. No para ser profeta, sino testigo. No para adivinar el futuro, sino para honrar el pasado. Bendecidme si elijo leer el telar y nombrar los hilos».

La mujer pidió la bendición. La tejedora le tendió una pequeña madeja de hilo rojo, el mismo que había usado Atwood para coser su advertencia.

—Llévatela. Cada vez que dudes de si lo que ves es real, mírala. Recuerda que la historia no se repite idéntica, pero rima. Y la rima se puede reconocer antes de que termine el verso.

La mujer salió de la hilandería con el libro en una mano y la madeja en la otra. La llovizna seguía cayendo, pero ella ya no caminaba con miedo. Caminaba con los ojos abiertos.

Y a ti, que lees esto, te pregunto:

¿Has sentido alguna vez que los discursos que escuchas en el presente te recuerdan a algo que ya leíste en la historia? ¿Has notado patrones, palabras, promesas que suenan familiares y que, sin embargo, otros descartan como exageración?

¿Cuántas veces te has callado por miedo a parecer paranoico cuando en realidad solo estabas siendo atento?

¿Sabías que Margaret Atwood no inventó los horrores de Gilead, sino que los recopiló de hechos históricos reales? ¿Y sabías que eso convierte su novela no en una profecía, sino en un espejo?

¿Eres capaz de distinguir entre la paranoia —que es miedo sin evidencia— y la profecía —que es memoria con atención— cuando miras lo que ocurre en tu país, en tu comunidad, en tu vida cotidiana?

¿Reconoces los hilos? ¿Las palabras que empiezan dividiendo, las leyes que empiezan restringiendo, las costumbres que empiezan normalizando lo que antes era impensable?

Y la pregunta más honda: ¿estás dispuesto a leer el telar antes de que el nudo se cierre? ¿A contar la historia para que nadie pueda decir «no sabía»? ¿A ser testigo, aunque te llamen alarmista, porque sabes que el silencio es la primera victoria de quienes tejen distopías?

La historia no se repite, pero rima. Los patrones se pueden ver. Las hebras están sobre la mesa. Y tú, que lees esto, tienes la madeja en la mano. No la sueltes.

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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