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Nombrar el trabajo, borrar al trabajador

Hay detalles que, aunque parezcan menores, dicen más de lo que aparentan. A veces no están en el contenido de un discurso, sino en su escenografía. En esos márgenes —casi invisibles— es donde también se construyen los relatos.

El Presidente José Antonio Kast conmemoró el 1 de mayo de 2026 —su primer Día del Trabajador como mandatario— desde el Hospital del Trabajador de la Asociación Chilena de Seguridad. Habló de una “emergencia laboral”, de un desempleo que supera el 8%, y llamó a que las marchas se desarrollaran en paz. Fue un mensaje sobrio, contenido, con el énfasis puesto en el orden y la preocupación social.

Pero, detrás de él, mientras leía, había una frase que se colaba silenciosamente en la escena: no era el “Día del Trabajador”, sino el “Día Nacional del Trabajo”.

Podría parecer un matiz menor. Un simple giro de palabras. Sin embargo, a veces los matices son precisamente lo que revela el trasfondo de las cosas.

Para entender por qué, conviene detenerse un momento en el origen de esta fecha. El 1 de mayo no nació como una celebración institucional ni como un feriado neutro. Surgió de una demanda concreta y profundamente humana: tener tiempo para vivir más allá del trabajo. En 1886, miles de trabajadores en Estados Unidos iniciaron una huelga por la jornada de ocho horas. En Chicago, una manifestación terminó en tragedia tras un enfrentamiento con la policía. Aquellos hechos, conocidos como la revuelta o la masacre de Haymarket, dejaron una huella profunda. Hubo condenas cuestionadas, ejecuciones, y también algo más difícil de medir: una conciencia compartida.

Desde entonces, el 1 de mayo se transformó en una jornada de memoria y de sentido colectivo. No es solo una fecha en el calendario; es una historia acumulada de esfuerzos, de organización, de derechos conquistados muchas veces con costos altos. Es, en esencia, una fecha que pone en el centro a las personas.

Quizás por eso, a lo largo del tiempo, también ha sido una fecha disputada.

En 1933, Adolf Hitler no cambió el nombre del 1 de mayo y no lo cambió por casualidad. Al instaurar el “Día Nacional del Trabajo”, buscaba algo más profundo que una nueva etiqueta: apropiarse de una fecha históricamente ligada al movimiento obrero y vaciarla de su contenido reivindicativo. La estrategia era clara: integrar simbólicamente a los trabajadores dentro de una comunidad nacional homogénea, subordinada al Estado, diluyendo cualquier noción de lucha de clases. Era, en el fondo, una forma de desactivar la autonomía del mundo sindical. No es menor que, al día siguiente de esa celebración, los sindicatos fueran disueltos y reemplazados por estructuras controladas por el régimen.

Décadas más tarde, en Chile, la dictadura de Augusto Pinochet impulsó un giro similar en el lenguaje. El paso de “Día del Trabajador” a “Día del Trabajo” o “Día Nacional del Trabajo” respondía a una intención política concreta: despojar la fecha de su vínculo con la organización sindical y las luchas sociales, para reconvertirla en una conmemoración más amplia, institucional y despolitizada. Bajo esa lógica, el trabajador dejaba de ser un sujeto colectivo con capacidad de demanda, para convertirse en parte de un engranaje productivo. No es casual que, en ese mismo contexto, se implementaran reformas como el Plan Laboral de 1978, que limitó la negociación colectiva y reconfiguró profundamente las relaciones laborales.

No se trata de establecer equivalencias apresuradas ni de forzar paralelos. La historia nunca se repite de manera idéntica. Pero sí ofrece ecos, y esos ecos invitan a mirar con más atención.

Cuando se reemplaza “trabajador” por “trabajo”, algo se mueve, aunque sea sutilmente. El foco deja de estar en las personas y se desplaza hacia una idea más abstracta, más ordenada, quizás más cómoda. No es necesariamente un gesto deliberado, pero tampoco es completamente neutro.

Ahí aparece una pregunta que no necesita estridencia: ¿qué lugar ocupan hoy los trabajadores en el relato sobre el trabajo? ¿Son protagonistas de una historia que sigue en construcción, o más bien piezas dentro de un panorama que se describe desde arriba?

Tal vez la respuesta no esté en una sola palabra, pero las palabras ayudan a intuirla.

Porque en política —como en la vida— los gestos importan. Y a veces, en aquello que parece pequeño, se asoman las señales más elocuentes.

Ojalá esto sea solo una coincidencia, un descuido en la puesta en escena, una frase elegida sin mayor intención. Pero incluso en esos casos, vale la pena observar. No para exagerar, sino para comprender.

Porque el lenguaje no es inocente. Nunca lo ha sido. Nombrar es también ordenar la realidad, definir qué se ve y qué se difumina. Y cuando, en distintos momentos de la historia, se insiste en desplazar al “trabajador” —con su carga de identidad, organización y conflicto— por el “trabajo”, más neutro, más abstracto, más administrable, lo que aparece no es solo una elección semántica, sino una forma de entender la sociedad.

No es casual que ese mismo gesto haya estado presente en experiencias políticas muy distintas en tiempo y contexto, pero con ciertos hilos en común: la desconfianza hacia la organización colectiva, la incomodidad frente al conflicto social y la preferencia por una idea de orden donde las tensiones se diluyen más que resolverse. En esas miradas, el trabajo se valora, pero el trabajador —como sujeto político— tiende a desaparecer.

No se trata de equiparar realidades ni de simplificar la historia. Sería injusto y poco riguroso. Pero sí es legítimo reconocer que existen matrices de pensamiento que, con matices, comparten una misma lógica: privilegiar la estabilidad por sobre la deliberación, la unidad por sobre la diversidad de voces, la armonía por sobre el conflicto que da origen a los derechos.

Ahí es donde los detalles dejan de ser pequeños.

Porque cuando el lenguaje se vuelve más neutro, también puede volverse más silencioso. Y en ese silencio, a veces, se pierde parte de la memoria. Se pierde la historia de quienes no solo trabajaron, sino que lucharon por condiciones más justas; de quienes organizaron, resistieron y transformaron lo que parecía inamovible.

Por eso vale la pena detenerse. No para sobredimensionar un gesto, pero tampoco para ignorarlo. Porque si algo enseña la historia es que los cambios más profundos no siempre comienzan con grandes anuncios. A veces empiezan con palabras que parecen intercambiables, pero que no lo son.

Y entonces, más que una sospecha, queda una inquietud razonable: que al cambiar la forma de nombrar, también se esté intentando —de manera consciente o no— cambiar la forma de recordar, de interpretar y, finalmente, de entender el lugar que ocupan las personas en el mundo del trabajo.

Ojalá sea solo eso, una coincidencia. Pero incluso las coincidencias, cuando se repiten en ciertas tradiciones políticas, dejan de ser completamente casuales. Y es ahí donde conviene estar alerta.

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