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Patriotismo: lo que se dice, lo que se muestra… y lo que se hace

La Real Academia Española define el patriotismo como el “amor a la patria”. Suena simple, casi obvio. Pero la verdad es que no lo es tanto. Porque amar un país no es solo sentir orgullo cuando suena el himno o emocionarse viendo flamear la bandera. Es algo más incómodo, más exigente: tiene que ver con cómo se actúa cuando hay decisiones importantes en juego.

En el Chile de hoy, el gobierno de José Antonio Kast ha instalado el patriotismo como una especie de brújula moral. Se habla de valores, de identidad, de raíces. Se apela —y con fuerza— a los símbolos patrios: la bandera, el escudo, la canción nacional.

Y claro, esos símbolos importan. No son adornos. La bandera no es solo tela: es historia, memoria, incluso dolor. El escudo no es un dibujo antiguo: es una síntesis de lo que el país dice ser. Y el himno… el himno, a veces, deja de ser canción y se convierte en algo mucho más grande.

En el Mundial de Brasil, frente a España, ocurrió uno de esos momentos que no se planifican. La música se detiene antes de tiempo. Silencio, por un segundo. Pero no duró. Porque desde las tribunas brotó algo distinto: miles de voces que no aceptaron callarse.

El himno siguió. Sin música. Sin guía. Sin permiso.

Fue un canto áspero, desordenado, imperfecto… pero inmenso. Como una ola que no se puede contener. Como si, por unos segundos, un país entero hubiera decidido hacerse oír, aunque la música ya no estuviera. No era técnica. No era afinación. Era otra cosa. Era piel erizada, garganta apretada, ojos brillando.

Era, simplemente, Chile sonando a pulso limpio.

Y ahí, en ese instante, el patriotismo no fue discurso ni consigna. Fue algo vivo. Algo imposible de fabricar.

Ese es, quizás, el patriotismo más honesto: el que no se ordena, el que no se instruye, el que aparece cuando nadie lo controla.

El punto es que todo eso, por sí solo, no basta.

Porque el patriotismo no puede quedarse en lo simbólico, como si fuera una especie de escenografía emocional. Es como esas casas muy bien decoradas por fuera, pero que por dentro tienen grietas que nadie quiere mirar.

Además, hay algo que incomoda: la forma en que se usa este discurso. Se defiende con fuerza el rodeo, por ejemplo, elevándolo como expresión casi sagrada de la chilenidad. Y es válido discutirlo, por supuesto. Pero, al mismo tiempo, se instala la idea —a veces implícita, otras no tanto— de que cuestionar estas tradiciones es casi una falta de amor por el país.

Y es ahí donde uno empieza a preguntarse: ¿qué tipo de patriotismo es este?

Porque mientras se enfatiza lo cultural, lo visible, lo que genera identidad inmediata… hay otras decisiones, más silenciosas, que pasan casi desapercibidas.

Por ejemplo, el acuerdo con Estados Unidos sobre minerales críticos y tierras raras. Un tema técnico, sí. Poco atractivo para la conversación cotidiana. Pero enorme en sus implicancias. Y es que estos recursos no son cualquier cosa: son, en la práctica, el petróleo del futuro. Están en todo —tecnología, energía, defensa—.

Y entonces surge una duda legítima: ¿por qué algo así se mueve con tan poco debate? ¿Por qué no ocupa el mismo espacio que las discusiones sobre símbolos o tradiciones?

No se trata de rechazar acuerdos internacionales. Chile siempre ha sido un país abierto. Pero una cosa es abrirse al mundo… y otra es hacerlo sin explicar bien hacia dónde vamos.

Y luego está la firma de un acuerdo con Javier Milei.

Aquí el tema se vuelve aún más delicado. Porque no estamos hablando solo de afinidades ideológicas o gestos políticos. Estamos hablando de acuerdos que podrían tocar temas sensibles, como la soberanía en zonas estratégicas, incluyendo áreas marítimas y proyecciones sobre plataformas continentales.

Puede sonar lejano, casi abstracto. Pero no lo es. Es como decidir, sin mucha conversación, cómo se reparte un terreno que todavía no está completamente delimitado. Y cuando ese “terreno” tiene recursos valiosos, la discusión deja de ser técnica y se vuelve profundamente política.

Y, sin embargo, todo esto ocurre con un bajo perfil que contrasta bastante con la intensidad del discurso patriótico en otros ámbitos.

Entonces aparece una sensación incómoda. No es indignación inmediata, es algo más sutil… como una duda persistente.

Porque mientras se exige respeto por los símbolos, las decisiones más complejas parecen moverse en otra lógica. Más pragmática. Más silenciosa.

A eso se suma otro elemento que no pasa desapercibido: las inversiones del propio presidente en el extranjero, incluyendo lugares que hasta hace poco eran considerados paraísos fiscales. No es necesariamente ilegal. Pero sí genera ruido. Porque, al final del día, el mensaje se vuelve confuso.

Es como decir “confía en este proyecto país”… pero tener parte importante de la confianza —y del capital— puesta en otro lado.

Y es que el patriotismo, cuando es genuino, no necesita exagerarse tanto. Se nota en la coherencia. En los pequeños gestos, pero también —y sobre todo— en las decisiones grandes.

Ahí está el punto.

Porque amar a la patria no es solo defender lo que nos identifica hacia afuera. También es cuidar lo que la sostiene por dentro: sus recursos, su autonomía, su soberanía, su capacidad de decidir.

Y si esas decisiones se toman entre pocos, se comunican poco y se explican menos, entonces ya no estamos frente a patriotismo.

Estamos frente a otra cosa.

Un discurso útil. Conveniente. Selectivo.

Un patriotismo que se exige hacia abajo, pero se relativiza hacia arriba.

Que sirve para ordenar, pero no para rendir cuentas.

Y en ese escenario, la palabra pierde peso. Se vacía.

Porque cuando el patriotismo se convierte en herramienta política y no en principio, deja de ser amor a la patria.

Y pasa a ser, simplemente, un discurso.

 

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