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    La Odisea reescrita

    La Odisea Reescrita: Traducción, Trauma y la Sombra del Patriarcado en el Texto Fundacional

    El Velo Rasgado: 2017 como acontecimiento psicoarqueológico

    El año 2017 no solo fracturó la historia literaria; rasgó el velo de una herida traumática que sangra desde los mismos cimientos de nuestra civilización. Cuando Emily Wilson se convirtió en la primera mujer en traducir al inglés la Odisea de Homero, su trabajo hizo más que ofrecer una nueva versión: actuó como una sonda psicoarqueológica, una excavación del inconsciente colectivo que expuso cómo cuatro siglos de traducciones masculinas habían sido, en realidad, un elaborado ritual de supervivencia patriarcal, una ceremonia textual de autoprotección psíquica.

    Este proceso no fue un mero sesgo editorial, sino la repetición sintomática de un trauma fundacional: la imposición violenta de un orden que, forjado en la revolución del bronce y la sustitución de sustratos matrísticos por panteones guerreros celestiales, fracturó el self individual y colectivo como quien quiebra un espejo, y requirió la constante reescritura de la realidad para que los fragmentos reflejaran una sola imagen coherente, por falsa que fuera.

    «Polytropos»: El espejo de la fractura moral

    La primera palabra que Homero usa para Odiseo, «polytropos», operó como un espejo de esta fractura originaria. Traducida durante siglos como «industrioso», «de muchos recursos» o «astuto» por traductores varones, Wilson la devolvió a su significado integral: «Complejo». Este cambio no es estilístico; es ontológico, un terremoto semántico.

    Los traductores anteriores ejercieron una estrategia de supervivencia psíquica colectiva: suavizar la ambigüedad moral del héroe como quien lima las aristas de una piedra punzante, para sostener el arquetipo del patriarca guerrero, ese «soberano divino» cuyo poder, como el del dios Baal forjado en bronce candente, se ejerce mediante la dominación unilateral. Al editar la complejidad, protegían el núcleo de una identidad cultural construida sobre la triada fatal de desconexión traumática: del cuerpo (especialmente el femenino, territorio ocupado), de la empatía (anestesiada como un nervio muerto), y de la historia incómoda (sepultada bajo capas de amnesia conveniente).

    Las Dmôai: El crimen textual y el chivo expiatorio

    Esta estrategia alcanzó su expresión más grotesca en el tratamiento de las doce dmôai, las mujeres esclavizadas. Homero las llama precisamente así: esclavas. Sin embargo, desde George Chapman (1614) hasta Robert Fitzgerald (1961), los traductores las transformaron en «sirvientas desleales», «criadas culpables» o «mujeres que se entregaron».

    Este no es un error filológico; es un crimen expresivo de poder narrativo, una violación textual que replica la violación física. La violencia ejercida sobre estas mujeres —borrar su condición de propiedad humana y transformar una violación sistemática en un acto de voluntad traidora— cumple una función de chivo expiatorio textual, una alquimia perversa que transmuta víctimas en culpables.

    Al culpar a las víctimas, el relato absorbe la agresión original de los pretendientes y la masacre final de Odiseo como una esponja absorbe sangre, purgando la ansiedad moral y reafirmando el orden del amo. Es el mismo mecanismo psicosocial que, siglos después, transformó al toro fecundo de Baal —símbolo de fertilidad en las antiguas sociedades agrarias, con sus cuernos como lunas crecientes de abundancia— en un icono de bestialidad lujuriosa dentro del imaginario judeocristiano, demonizando la potencia sexual que no podía ser domada por el nuevo orden patriarcal, como quien convierte un río en una amenaza de inundación.

    El Acto de Reconexión: Restaurar la sangre al poema

    La traducción de Wilson, al restaurar la palabra «esclavas» en 2017, realiza un acto de reconexión autopoiética con el texto original, un injerto que permite al organismo textual volver a respirar con sus propios pulmones. Devuelve al poema su capacidad de autorreferencia y verdad somática, esa verdad que el cuerpo conoce antes que la mente.

    De repente, la masacre ya no es justicia divina, sino la repetición ritualizada de la violencia fundacional: el patriarca (Odiseo) restablece su dominio mediante un sacrificio sangriento que, como los juegos gladiatorios romanos, cohesiona su poder sobre los escombros de los vulnerables, sobre los cuerpos que sirven de cimiento a su trono. La sangre que se acumula en el suelo, que Wilson describe con fidelidad gráfica, no es un triunfo heroico, sino el espectáculo de un sistema que ha interiorizado la violencia hasta convertirla en la lógica misma del orden, una «violencia positiva» donde la autoexplotación y el sacrificio del más débil sostienen el statu quo como columnas de carne.

    Penélope y Calipso: Desactivar la desvalorización sistemática

    La reinterpretación de Penélope como una estratega («periphron») en lugar de una esposa pasiva tejiendo en silencio, y de Calipso como una capturadora («katechein») en lugar de una amante condescendiente, desactiva otra estrategia de supervivencia patriarcal clave: la desvalorización sistemática de la agencia femenina e inteligencia calculadora, tratada como un virus en el sistema operativo del poder.

    El sustrato cultural matrístico o gilánico, característico de muchas sociedades neolíticas que organizaban el poder como una red de raíces entrelazadas a través de la generación y el cuidado, fue suplantado por un orden donde la astucia y el poder femeninos debían ser domesticados o reinterpretados como pasividad, fidelidad o malicia, como quien poda un árbol hasta convertirlo en un poste útil.

    Los traductores varones, atrapados en un estado de hipervigilancia cultural —una respuesta del sistema nervioso atrapado en la defensa ante una percepción de amenaza constante, como un animal que nunca abandona la postura de alerta—, percibieron a una Penélope calculadora o a una Calipso dominante como fracturas en la neurocepción del orden social, grietas por donde podría colarse el caos. Suavizaron estos personajes para mantener la ilusión de seguridad que brinda el arquetipo jerárquico, tal como un elector cuya herida de apego lo lleva a buscar la certeza falsa de un líder autoritario como objeto transicional patológico, el peluche sucio que promete consuelo mientras asfixia.

    La Proyección de los Críticos: Defender el síntoma, no el texto

    La acusación de que Wilson «moderniza» o impone una «ideología feminista» a Homero es, por lo tanto, una proyección defensiva, un escudo levantado contra la propia incomodidad. Lo que sus críticos defienden no es la pureza del texto antiguo, sino la capa de reinterpretación patriarcal acumulada durante 400 años como sedimento geológico, una capa que es el síntoma de un trauma civilizatorio no resuelto, la costra sobre una herida infectada.

    Wilson no añade un marco moderno; elimina el marco traumatogénico que distorsionó la recepción del poema como un cristal sucio distorsiona la luz. Su traducción es un acto de «apadrinamiento» terapéutico: la Parte Sana de la tradición literaria (la fidelidad al texto original) acoge con compasión a la Parte Traumatizada (las voces silenciadas y las violencias edulcoradas) para iniciar un proceso de integración, como cuando un cuerpo finalmente permite que el miembro amputado duela para poder sanar.

    Al hacerlo en 2017, su trabajo resonó en un momento de crisis del Capitaloceno, donde la lógica extractivista y de dominio heredada del patriarcado armado muestra su fracaso terminal, como un motor que se consume en sus propias revoluciones.

    La Odisea como documento del trauma civilizatorio

    Al final, la Odisea restaurada por Wilson en el siglo XXI se revela no como un simple relato de aventuras marítimas, sino como un documento crudo del trauma civilizatorio en acción, un archivo forense de la violencia que nos fundó.

    Odiseo, el héroe «complejo», encarna las contradicciones del patriarcado armado: es a la vez el soberano que regresa a imponer orden —como aquellos dioses padres celestes de los invasores esteparios que bajaron de las montañas con espadas de hierro— y el perpetrador de una violencia que se autolegitima como quien escribe su propia absolución. Su viaje, leído con esta nueva honestidad, refleja la «herida de desconexión» que viaja como una onda expansiva desde las estepas de los Kurganes, pasa por la demonización de Baal en Baalcebú (el Señor de las Moscas, reducido a carroña), y llega hasta las páginas de un poema épico donde la esclavitud finalmente se llama por su nombre, sin eufemismos ni velos piadosos.

    La Radicalidad como sanación: Tejer una nueva ética

    La radicalidad de Wilson, por tanto, trasciende la filología. Es un gesto de sanación simbólica y de reconexión ética, un punto de sutura en el tejido desgarrado de la memoria colectiva. Al contar finalmente la historia que siempre estuvo ahí —con su esclavitud, su violación, su agencia femenina estratégica y su violencia moralmente turbia—, no solo nos devuelve a Homero. Nos obliga a confrontar las narrativas traumatizadas que hemos heredado como un patrimonio envenenado y nos invita a emprender nuestra propia odisea: la de tejer, desde el reconocimiento de esta herida multinivel, una ética del cuidado y la reciprocidad.

    Una ética inspirada no en el dios guerrero con su rayo fulminante, sino en los modelos de consenso, parentesco expandido y relación simbiótica con la naturaleza que han sostenido, contra toda corriente, pueblos como el Mapuche y sociedades matrifocalescomo semillas resistentes que germinan en el concreto.

    A veces, el acto más radical no es cambiar la historia, sino tener el valor de mirar, sin editar, el relato original de quiénes hemos sido, de contemplar nuestro rostro verdadero en el espejo sin apartar la vista ante las cicatrices, para poder imaginar, por fin, quiénes podríamos llegar a ser.

    Fotografía: Emily Wilson

    Humberto del Pozo López es Magister en ciencias económicas y sociales Universidad Católica de Lovaina y Magister en Psicología Universidad Nacional Autónoma de Mexico.

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