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La internacional de la rata 

Nunca había tenido tanto material para escribir una columna. Probablemente, esta semana ofreció algunas de las oportunidades más fáciles para hacerlo. La discusión sobre los beneficios y rebajas de condenas a violadores de niños, condenados por crímenes de lesa humanidad y otros delincuentes; las polémicas que involucran a narcotraficantes; la crisis de confianza; la salida del subsecretario de Justicia y la eventual acusación constitucional que comienza a tomar forma. Todo esto, mientras el Gobierno atraviesa uno de sus momentos más complicados, con una aprobación por el suelo y cada vez más dificultades para explicar sus propias decisiones.

Pero esta vez voy a escribir sobre otra cosa. No porque lo que ocurre en Chile sea menos grave ni porque no merezca atención. Al contrario. Hay algo que me parece todavía más importante y que, de alguna manera, permite entender buena parte de lo que estamos viviendo.

Porque los acontecimientos de estos días no son episodios aislados. Detrás de muchas de estas controversias hay una manera de entender el poder, la política y la democracia que merece una mirada más profunda. Una forma de actuar en la que las reglas parecen importar solo cuando favorecen a los propios, donde los adversarios se convierten en enemigos y donde la lealtad política puede terminar pesando más que las instituciones.

Así funciona la ultraderecha cuando deja de conformarse con ganar elecciones y comienza a entender el poder como un territorio que debe conquistar, conservar y defender. Para comprenderlo no basta con mirar lo que ocurre en Chile. Hay que levantar la vista, mirar hacia el continente y seguir una ruta que comienza en Brasil, pasa por Argentina y Ecuador y termina en Estados Unidos.

La historia de Flávio Bolsonaro es bastante ilustrativa.

El hijo del expresidente brasileño Jair Bolsonaro perdió la segunda vuelta presidencial frente a Luiz Inácio Lula da Silva. La derrota no significó, sin embargo, el final de sus problemas. En Brasil enfrenta una investigación por presunto lavado de dinero y el Supremo Tribunal Federal le había ordenado entregar sus pasaportes y permanecer en el país. Flávio niega las acusaciones y ha denunciado una persecución política. Pero, en lugar de quedarse a enfrentar el escenario judicial, terminó protagonizando una salida que parece sacada de una película de espionaje.

Viajó por tierra junto a su esposa y sus dos hijas hasta Argentina. Desde Puerto Iguazú abordó un avión privado de la empresa Baires Fly, que despegó rumbo a Guayaquil, Ecuador, y posteriormente continuó hacia Estados Unidos. El destino final fue Miami. Una ruta bastante más larga que un simple viaje familiar, especialmente cuando se considera el momento político y judicial en que se produjo.

Y aquí aparece un nombre que vuelve mucho más delicado el episodio: Santiago Caputo, uno de los hombres más poderosos del entorno de Javier Milei. Según una reconstrucción publicada por el diario argentino Clarín, el asesor presidencial viajó a Puerto Iguazú y siguió de cerca la operación para trasladar a Flávio Bolsonaro y su familia. El medio informó que Caputo habría monitoreado el operativo desde el comienzo y mantenido contactos con la empresa propietaria del avión, citando fuentes de la Casa Rosada.

Su presencia en Misiones también quedó registrada en un control policial. La Justicia archivó la denuncia relacionada con una supuesta irregularidad migratoria, luego de establecer que Bolsonaro ingresó y salió de Argentina con documentación válida y sin una orden internacional de captura. Pero hay otra arista que continúa bajo análisis: el eventual uso de vehículos, personal y recursos del Estado para facilitar el traslado. Hasta ahora no existen imputaciones formales contra Caputo.

Conviene ser precisos. Una cosa es lo que la prensa ha reconstruido y otra lo que la Justicia ha establecido. Pero tampoco se puede ignorar que el principal asesor de Milei estuvo en el lugar y que el propio Clarín informó sobre su participación en la organización del viaje. No parece precisamente una escala turística.

La dimensión política del episodio tampoco es menor. Brasil convocó a la representación diplomática argentina para pedir explicaciones por el papel que pudo haber desempeñado el gobierno de Milei. Flávio Bolsonaro, por su parte, agradeció públicamente al mandatario argentino por la ayuda recibida. Y el portavoz del Gobierno argentino llegó a presentar el episodio como una suerte de rescate frente a una supuesta persecución del comunismo. Cuesta encontrar una descripción más reveladora: un dirigente que enfrenta una investigación en su país recibe ayuda de un gobierno amigo y la operación se presenta como una cruzada por la libertad.

El paso por Ecuador agrega otra pieza al rompecabezas. El avión hizo escala en Guayaquil antes de continuar hacia Estados Unidos. Una investigación de El País atribuyó colaboración a los gobiernos de Argentina y Ecuador para facilitar la salida de Bolsonaro. Es una afirmación periodística de peso, pero no equivale a una responsabilidad judicialmente acreditada del gobierno de Daniel Noboa. La escala está documentada; el grado de intervención de las autoridades ecuatorianas requiere todavía explicaciones y antecedentes concluyentes.

Al final de la ruta estaba Donald Trump. El presidente estadounidense autorizó el ingreso de Bolsonaro y su familia, y su administración anunció la emisión de visas. El secretario de Estado, Marco Rubio, negó que Estados Unidos hubiera participado en los preparativos de la salida y sostuvo que la decisión de Trump se limitó a permitirles entrar al país. Esa explicación contrasta con los reportajes que describen contactos y gestiones vinculadas a la operación. Por ahora, lo que está fuera de discusión es que Bolsonaro terminó en territorio estadounidense y fue recibido por el gobierno de Trump.

No estamos hablando de tres gobiernos que simplemente comparten una fotografía, una consigna o una afinidad ideológica. Estamos viendo cómo se comportan cuando uno de los suyos atraviesa una situación política y judicial complicada. Argentina aparece en el centro de la logística; Ecuador, en la ruta de salida; Estados Unidos, como destino y refugio político. Y Brasil, mientras tanto, exige explicaciones.

La escena tiene algo de grotesco. Los mismos dirigentes que suelen hablar de soberanía, orden, fronteras, seguridad y respeto irrestricto a la ley parecen descubrir que esos principios admiten excepciones cuando el involucrado pertenece a su círculo. La ley es sagrada para el adversario; para el aliado, al parecer, siempre hay una puerta lateral, un avión disponible y una explicación ideológica a mano.

La ultraderecha regional ha construido un discurso de patriotismo intenso, de defensa de las instituciones y de combate contra los privilegios. Pero cuando uno de sus referentes necesita ayuda, las fronteras se vuelven flexibles y las diferencias entre solidaridad política y colaboración estatal comienzan a desdibujarse. Lo que se presenta como una defensa de la libertad termina pareciéndose demasiado a una red de protección entre dirigentes que se necesitan mutuamente.

Y no es un detalle menor que todo esto ocurra después de una elección perdida. Flávio Bolsonaro no estaba escapando de una dictadura ni de una persecución acreditada por tribunales internacionales. Enfrentaba una investigación judicial en su país y una orden de entregar sus pasaportes. Tiene derecho a defenderse, por supuesto. Lo que no puede pretender es que sus aliados conviertan sus problemas judiciales en una causa continental y que las instituciones de otros países se pongan a su disposición.

Quizás por eso la imagen de la rata resulta tan apropiada para el título. No por una condena anticipada ni porque corresponda reemplazar los tribunales por adjetivos. Es por la contradicción entre el discurso de quienes se presentan como defensores implacables del orden y la escena de un dirigente que, después de perder una elección y quedar bajo presión judicial, termina arrancando por una frontera amiga, con un avión privado esperándolo al otro lado.

La pregunta que queda es bastante sencilla: ¿qué habría ocurrido si el protagonista de esta historia hubiese sido un dirigente de izquierda? ¿Habrían hablado de rescate, de persecución política y de solidaridad democrática? ¿O estaríamos escuchando discursos sobre impunidad, delincuencia y desprecio por las instituciones?

La respuesta no cuesta demasiado imaginarla.

La internacional de la ultraderecha se llena la boca hablando de patria, fronteras, orden y ley. Pero cuando uno de los suyos pierde una elección y enfrenta problemas judiciales, aparecen los aviones privados, las gestiones discretas y los gobiernos amigos. La soberanía queda para los discursos y la ley, al parecer, para los adversarios.

Al final, tanto patriotismo, tanta bandera y tanta arenga contra los que supuestamente amenazan la nación para terminar organizando una salida por la puerta de atrás. Porque estos guardianes del orden tienen una particular manera de entender la lealtad: si eres de los nuestros, siempre habrá una frontera abierta, un avión esperando y algún aliado dispuesto a mirar hacia otro lado.

Jorge Andaur V.
Jorge Andaur V.
Director y Productor de cine y TV. Master en Inteligencia Artificial (IA). Columnista de Desenfoque.cl

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