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Lula: la derrota que no fue

A sus 80 años, Luiz Inácio Lula da Silva acaba de entregar una nueva lección de perseverancia política. Cuando muchos consideraban inevitable su derrota, el presidente brasileño demostró que una elección no termina mientras los ciudadanos no hayan pronunciado su última palabra.

La primera vuelta presidencial del 4 de octubre parecía anunciar el regreso del bolsonarismo al poder. Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, obtuvo el 47,03 % de los votos, superando a Lula, que alcanzó el 45,16 %. Una diferencia superior a dos millones de sufragios instaló un escenario especialmente difícil para el Partido de los Trabajadores.

La derecha brasileña celebraba. Sus resultados parlamentarios y regionales fortalecían la expectativa de una victoria definitiva. Para muchos observadores, el ciclo político de Lula parecía aproximarse a su término.

Pero Lula no se resignó.

Su experiencia como dirigente sindical, fundador del Partido de los Trabajadores y presidente de Brasil durante tres períodos anteriores le permitió comprender que la disputa todavía estaba abierta. Era necesario reconstruir confianzas, movilizar a quienes no habían participado y convencer a un electorado que observaba con preocupación el futuro de su país.

La segunda vuelta no enfrentaba solamente a dos candidatos. También expresaba dos concepciones diferentes sobre la democracia, la justicia social y el papel de Brasil en el mundo.

Por una parte, el bolsonarismo representaba una derecha nacionalista y conservadora, identificada con el legado político de Jair Bolsonaro. Por otra, Lula defendía la continuidad de un proyecto que, con sus aciertos y contradicciones, ha buscado combinar crecimiento económico, políticas sociales y protagonismo internacional.

El resultado del 25 de octubre fue contundente en su significado político, aunque estrecho en términos electorales: Lula obtuvo el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro. Más de 64 millones de brasileños respaldaron su continuidad.

No fue solamente una victoria personal. Fue también la expresión de una ciudadanía que, en circunstancias decisivas, optó por mantener abierto un camino democrático distinto al propuesto por la extrema derecha.

La dimensión internacional de esta elección merece especial atención.

Brasil es la mayor economía latinoamericana y uno de los principales protagonistas del BRICS. Su orientación política influye directamente en el equilibrio regional y en las relaciones de América Latina con Estados Unidos, China y las demás potencias mundiales.

En tiempos en que Donald Trump pretende reafirmar la influencia estadounidense sobre nuestro continente, la continuidad de Lula representa la posibilidad de sostener una política exterior con mayor autonomía.

América Latina necesita relaciones de cooperación con todas las potencias, pero ninguna nación debería aceptar que su destino sea decidido desde el extranjero. La soberanía no puede transformarse en una declaración ceremonial: debe expresarse en decisiones económicas, diplomáticas y sociales.

Sin embargo, sería un error interpretar el triunfo de Lula como una derrota definitiva del bolsonarismo.

Casi sesenta millones de brasileños votaron por Flávio Bolsonaro. Esa cifra revela una profunda división política y social que el nuevo gobierno no podrá ignorar. Ganar una elección no significa resolver automáticamente las desigualdades, los temores y las contradicciones que atraviesan a una sociedad.

Precisamente allí comienza el desafío más importante de Lula.

Su cuarto mandato deberá enfrentar problemas económicos, demandas sociales y una oposición poderosa. La experiencia acumulada será una ventaja, pero no una garantía de éxito.

La democracia exige algo más que derrotar electoralmente a los adversarios. Exige gobernar, escuchar, construir acuerdos y responder a las necesidades de quienes depositaron su confianza en las instituciones.

Para quienes hemos dedicado parte importante de nuestra vida a la actividad política, la elección brasileña deja una enseñanza que trasciende las fronteras.

Los proyectos políticos no pueden sostenerse únicamente en el recuerdo de sus conquistas. Deben renovarse, reconocer sus errores y mantener una relación permanente con las aspiraciones de la ciudadanía.

Lula ha demostrado que la experiencia y la perseverancia todavía pueden tener un lugar decisivo en la política contemporánea.

Brasil ha escrito una página importante de su historia democrática.

Ahora comienza una tarea posiblemente más difícil que ganar las elecciones: demostrar que esa victoria puede convertirse en bienestar, justicia social y esperanza para millones de brasileños.

 

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