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Patriota… pero no tanto

Hay patriotas de discurso y patriotas de verdad.

Los primeros hablan de la bandera, de la soberanía, de las fronteras, de la seguridad nacional y de defender a Chile de cualquier amenaza extranjera. Los segundos, además de hablar, tienen la obligación de actuar cuando los intereses del país están en juego.

Y ahí es donde el patriotismo de José Antonio Kast comienza a mostrar una curiosa elasticidad.

Porque cuando se trata de combatir a la izquierda chilena, el Presidente parece dispuesto a librar todas las batallas culturales que sean necesarias. Pero cuando las palabras vienen desde Buenos Aires y cuestionan directamente intereses estratégicos de Chile, el tono cambia. El discurso se modera. La Cancillería explica. El Gobierno relativiza. Y la amenaza se transforma rápidamente en “una diferencia de interpretación”.

El problema es que esta vez no estamos hablando de una pelea ideológica de Twitter.

Estamos hablando del Estrecho de Magallanes.

Durante las últimas semanas, Argentina ha acumulado una serie de señales que cualquier gobierno preocupado seriamente por la soberanía debería observar con máxima atención.

Primero fueron las declaraciones provenientes del ámbito militar argentino. Luego aparecieron las referencias a la necesidad de aumentar la presencia argentina en el extremo sur. Después, el canciller Pablo Quirno volvió a instalar el concepto de una Argentina “bicontinental y bioceánica”, precisamente cuando todavía estaba fresca la discusión sobre el Estrecho de Magallanes.

Y Patricia Bullrich fue todavía más explícita.

Al defender la decisión de fortalecer militarmente Tierra del Fuego, habló de la necesidad de tener presencia y control sobre espacios estratégicos, incluyendo el Atlántico Sur, la Antártica y el Estrecho de Magallanes.

¿Hace falta decirlo más claro?

El Estrecho de Magallanes es chileno.

No es argentino. No es compartido. No es una zona de influencia argentina. Y mucho menos una pieza de un proyecto geopolítico que Buenos Aires pueda incorporar a su discurso de “soberanía”.

Lo dijeron incluso seis excomandantes en jefe de la Armada de Chile. En una carta pública advirtieron sobre la continuidad de decretos argentinos que hacen referencia al control conjunto del Estrecho de Magallanes y del Paso Drake, y recordaron que la historia aconseja “prudencia, pero también firmeza”.

No fueron dirigentes partidarios.

No fueron parlamentarios buscando titulares.

Fueron excomandantes en jefe de la Armada.

Y su advertencia debería haber provocado algo más que declaraciones administrativas.

Porque la historia chileno-argentina no comenzó ayer. Los exalmirantes recordaron precisamente el antecedente de 1978, cuando Argentina declaró nulo el Laudo Arbitral sobre el Beagle. La soberanía no se defiende esperando que el problema se convierta en crisis. Se defiende evitando que las ambigüedades se transformen en hechos consumados.

Pero mientras todo esto ocurre, Javier Milei llega a Chile.

Y en territorio chileno decide utilizar una tribuna política para insultar a la izquierda, hablar de “zurdos mugrosos”, atacar la memoria histórica chilena y presentar el derrocamiento de Salvador Allende como parte de una épica política propia.

Y después de eso, va a La Moneda.

Se reúne con Kast.

Y ambos firman una declaración.

Aquí aparece la contradicción más incómoda.

Porque Milei puede insultar a una parte importante de los chilenos desde suelo chileno y, al mismo tiempo, su Gobierno puede mantener abiertas discusiones estratégicas respecto del extremo austral. Pero la respuesta del Presidente chileno parece diseñada para no incomodar demasiado al invitado.

Kast, eso sí, ha tenido momentos de firmeza. Antes de la reunión bilateral afirmó que Argentina no tiene ni tendrá control sobre el Estrecho de Magallanes.

Bien.

Pero un Presidente no puede ser firme un día y diplomáticamente evasivo al siguiente.

Mucho menos cuando después de la reunión aparecen nuevas declaraciones desde Buenos Aires.

Porque mientras en Santiago se intentaba cerrar la controversia, el canciller argentino volvía a hablar de una Argentina “bioceánica”. Y Bullrich instalaba nuevamente el concepto de control estratégico del Estrecho.

Entonces la pregunta es inevitable:

¿Quién está bajándole el perfil a quién?

¿El Gobierno chileno está administrando responsablemente una diferencia diplomática o está evitando enfrentar a un aliado ideológico?

Porque cuando la oposición reclama, la respuesta oficial parece ser que no hay que exagerar.

Cuando aparecen declaraciones argentinas, se busca una interpretación benigna.

Cuando los excomandantes de la Armada advierten, se habla de prudencia.

Y cuando un embajador de Estados Unidos dice algo extraordinariamente delicado sobre Chile, también aparece la explicación tranquilizadora.

Brandon Judd, embajador de Estados Unidos en Chile, afirmó que la llamada “Doctrina Donroe” ya se está aplicando en Chile y agregó que, con una administración como la de José Antonio Kast, hacerlo resulta “muy fácil”.

La frase debería haber provocado un terremoto político.

Porque una cosa es que Chile tenga cooperación con Estados Unidos.

Otra completamente distinta es que un embajador extranjero diga públicamente que una doctrina destinada a ampliar la influencia estadounidense en el hemisferio occidental resulta particularmente fácil de implementar bajo el actual gobierno chileno.

La respuesta de Cancillería fue, nuevamente, bajar la temperatura. El canciller Francisco Pérez Mackenna dijo que no sabía qué significaba que Chile aceptara la “Doctrina Donroe” y negó que existiera una declaración chilena aceptando esa política.

Pero aquí hay algo que no cuadra.

Porque el mismo gobierno que construyó buena parte de su identidad política sobre la defensa irrestricta de la soberanía nacional parece tener dificultades para responder cuando son Estados Unidos o Argentina quienes hablan de zonas de influencia, control estratégico o intereses geopolíticos.

Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere formular:

¿Dónde termina la alianza ideológica y dónde comienza el interés nacional?

Kast firmó en 2020 la Carta de Madrid junto a Milei y otros dirigentes de la derecha internacional. Hoy ambos aparecen como protagonistas de una misma red política continental y el Foro Madrid se realiza en Santiago. El propio Kast reivindicó esa carta durante el encuentro y habló de la necesidad de defender una agenda común de libertad, propiedad privada y Estado de derecho.

Perfecto.

Pero un Presidente de Chile no fue elegido para defender una internacional ideológica.

Fue elegido para defender los intereses de Chile.

Y esos intereses incluyen algo bastante más importante que cualquier amistad política: la soberanía nacional.

Milei puede ser amigo político de Kast.

Puede compartir su visión ideológica.

Puede ser un aliado internacional.

Puede firmar documentos con él.

Puede sacarse fotografías en La Moneda.

Pero cuando desde su Gobierno aparecen declaraciones que involucran al Estrecho de Magallanes, la respuesta de Chile no puede depender de la amistad entre dos presidentes.

Porque las fronteras no son de izquierda ni de derecha.

La soberanía no es progresista ni conservadora.

Magallanes no es republicano, socialista, libertario ni frenteamplista.

Magallanes es Chile.

Y aquí es donde el supuesto patriotismo de Kast enfrenta su prueba más incómoda.

Es muy fácil declararse patriota cuando el adversario está sentado en el Congreso.

Es muy fácil levantar la bandera cuando el enemigo político es el Frente Amplio.

Es muy fácil hablar de soberanía cuando se trata de perseguir al narcotráfico o militarizar las fronteras.

Lo difícil es defender los intereses nacionales cuando quien cruza la línea es un amigo.

Lo difícil es decirle a Milei: hasta aquí llegamos.

Lo difícil es decirle a Bullrich: ese territorio no está en discusión.

Lo difícil es decirle al canciller argentino: Chile no acepta ambigüedades sobre su soberanía.

Y lo verdaderamente difícil es decirle a Washington que Chile puede cooperar con Estados Unidos, pero no está disponible para convertirse en un territorio de influencia.

Eso sería patriotismo.

Lo demás es marketing.

Porque el patriotismo que sirve únicamente para atacar al adversario interno no es patriotismo.

Es una herramienta electoral.

Y Chile necesita algo mucho más serio.

Necesita un Presidente que entienda que las alianzas ideológicas tienen fecha de vencimiento, pero las fronteras permanecen.

Que Javier Milei puede ser amigo de Kast, pero Argentina no puede ser dueña de una sola pulgada de territorio chileno.

Que Estados Unidos puede ser socio estratégico, pero Chile no es un protectorado.

Y que la soberanía no se negocia para proteger amistades políticas.

Kast llegó a La Moneda prometiendo orden, autoridad y defensa de Chile.

Pues bien.

Ahora llegó el momento de demostrarlo.

Porque la verdadera prueba del patriotismo no consiste en gritar más fuerte que el adversario.

Consiste en tener la valentía de decirle al amigo, al aliado y al poderoso exactamente lo mismo:

Chile es Chile. Y su soberanía no está en venta.

Jorge Andaur V.
Jorge Andaur V.
Director y Productor de cine y TV. Master en Inteligencia Artificial (IA). Columnista de Desenfoque.cl

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