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Muere Camilo Escalona histórico dirigente del PS y figura estratégica de la transición

 

El fallecimiento de Camilo Enrique Escalona Medina, a los 71 años de edad, en la Clínica Indisa, extingue una de las vidas políticas más determinantes, disciplinadas y complejas de la centroizquierda chilena contemporánea. Aquejado de un agresivo cáncer de próstata que le fue diagnosticado en 2024, su deceso se produjo tras recibir el sacramento de la extremaunción, cerrando un ciclo de más de cinco décadas consagrado íntegramente a la orgánica partidaria y al realismo de Estado.

La forja del militante: De las poblaciones a la clandestinidad

Nacido en Santiago en 1955, hijo de un panadero sindicalista y criado en la precariedad de un conventillo en La Cisterna, la biografía de Escalona estuvo marcada desde la infancia por el rigor y el compromiso político de su entorno familiar. Estudiante del Liceo 6 de Hombres de San Miguel, ingresó formalmente a las Juventudes Socialistas a los 13 años, en 1969, iniciando una vertiginosa carrera de liderazgo estudiantil.

A los 17 años asumió la presidencia de la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (FESES) tras una histórica y polarizada elección en 1972 frente a figuras como el democratacristiano Miguel Salazar, el derechista Andrés Allamand y el candidato del MIR, Luis Valenzuela. El quiebre democrático de 1973 truncó esa primera etapa escolar; buscado por la junta militar, Escalona pasó a la clandestinidad bajo la chapa de «Sebastián». Con la asistencia del sacerdote Rafael Maroto, obtuvo asilo en la Embajada de Austria, iniciando un largo periplo de exilio que lo llevó a residir en Viena, Cuba y Berlín Oriental, donde cursó estudios de formación ideológica marxista en la Escuela Wilhelm Pieck. En 1982, desafiando las prohibiciones oficiales, regresó de forma clandestina al país con pasaporte falso para coordinar la reorganización interna del Partido Socialista.

Las luces del estratega: Unidad, parlamento y el peso de las instituciones

Con el retorno a la democracia, Escalona emergió como un cuadro imprescindible para la gobernabilidad transicional y la reunificación legal del socialismo chileno. Diputado en 1989 por el Distrito 27 (La Cisterna, El Bosque y San Ramón) y posteriormente por el Distrito 46 (provincias de Arauco y Lota), consolidó su estatus de estratega indispensable en los gobiernos de la Concertación.

Llegó a presidir el Partido Socialista en tres periodos fundamentales (1994-1998, 2001-2003 y 2006-2010), instalando una doctrina de férrea disciplina de bloque y alineación gubernamental. Su trayectoria legislativa alcanzó su cumbre al asumir como senador por la Región de Los Lagos (2006-2014) y ser ungido presidente del Senado entre 2012 y 2013, convirtiéndose en el segundo militante del PS —después de Salvador Allende— en liderar la testera de la Cámara Alta tras la restauración democrática. Sus pares valoraron con creces su pragmatismo para tender puentes históricos entre el socialismo y la Democracia Cristiana, y su rol como garante de la estabilidad institucional en momentos de crisis. Asimismo, plasmó su constante inquietud intelectual en la publicación de diversas novelas y ensayos políticos, como Una transición de dos caras y De Allende a Bachelet.

Maquinaria, vetos y la defensa del pacto

No obstante, la figura de Escalona también estuvo rodeada de agudas controversias que marcaron su legado de luces y sombras. Desde la hegemonía de su facción interna, la «Nueva Izquierda», sus detractores le acusaron de construir una maquinaria partidaria de control cupular y burocrático —popularmente bautizada como «Camilopedia»— que priorizó la distribución de cargos públicos por sobre la renovación de ideas y la participación de bases.

Su carácter directo y apasionado también le valió duras críticas públicas, como el incidente de 2009 en las primarias de la Concertación, donde increpó duramente a José Antonio Gómez en el escenario de proclamación, lo que posteriormente le forzó a pedir disculpas públicas. En sus últimos años institucionales, su férrea oposición a una Asamblea Constituyente, a la que tildó de un «salto al vacío», lo distanció de los movimientos reformistas. Esta defensa irrestricta de la institucionalidad transicional se tradujo en ásperos roces generacionales con la coalición de Apruebo Dignidad y el Frente Amplio. Ante sus pretensiones de cuestionar los 30 años de transición, Escalona interpuso el peso ético del costo humano de su generación: «No me den clases de legitimidad», defendía con amargura. Finalmente, su postura pragmática pero defensiva durante el escándalo de abultadas pensiones en Gendarmería —que involucró a Myriam Olate, cónyuge de su estrecho aliado Osvaldo Andrade— evidenció el cariz protector y corporativista que el veterano dirigente aplicaba sobre su sector frente a las convulsiones de la contingencia.

La partida de Camilo Escalona Medina retira de la escena política a un actor que entendió el poder no como un ejercicio de simpatía popular, sino como un riguroso deber sustentado en la preservación de la estabilidad institucional de la República.

 

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