Los más viejos seguramente lo recuerdan. En ferias, terminales de buses o esquinas concurridas, incluso recorriendo el centro de cualquier ciudad aparecía un personaje ofreciendo un juego irresistible. Se llamaba “Pepito paga doble”. La promesa era simple: usted entregaba un billete y recibía dos. Plata fácil. Ganancia rápida. El sueño del pibe.
Por supuesto, era una estafa.
El único que realmente ganaba era quien manejaba el juego. Los demás terminaban perdiendo mientras creían estar participando de una gran oportunidad.
Ahora, el truco volvió.
Ya no se juega sobre una caja de cartón ni en una esquina polvorienta ni en una calle del centro. Ahora se juega desde el gobierno.
Y la coincidencia es demasiado perfecta para ignorarla.
Pepito es el diminutivo de Pepe.
Pepe es la forma cariñosa de llamar a los José.
Y el Presidente de Chile se llama José Antonio Kast.
Porque bajo el gobierno de José Antonio Kast las grandes empresas que protagonizaron en el pasado reciente algunos de los mayores escándalos de colusión en la historia económica del país están a punto de recibir exactamente eso: doble premio.
Primero ganaron miles de millones manipulando mercados.
Ahora recibirán una rebaja tributaria sobre esas mismas ganancias.
Pepito paga doble.
La primera ganancia ya la conocemos.
Y fue gigantesca.
Durante años nos dijeron que Chile era el ejemplo latinoamericano de la libre competencia. Que los mercados se regulaban solos. Que la competencia beneficiaba al consumidor. Que el Estado debía intervenir lo menos posible porque el mercado era más eficiente.
Lo que nunca dijeron era que varios de esos mercados estaban arreglados.
El caso más obsceno fue probablemente el de las farmacias.
Entre diciembre de 2007 y marzo de 2008, Cruz Verde, Salcobrand y Farmacias Ahumada coordinaron alzas en más de 200 medicamentos esenciales. Remedios para la diabetes. Para la hipertensión. Para la depresión. Para enfermedades crónicas que no admiten espera ni reemplazo. Mientras miles de adultos mayores hacían malabares para completar una receta, las cadenas aumentaban precios coordinadamente sobre productos que literalmente podían significar la diferencia entre vivir o morir.
Después vino el cartel de los pollos.
Agrosuper, Ariztía y Don Pollo controlaban cerca del 80% del mercado nacional. Según determinó el Tribunal de Defensa de la Libre Competencia, las empresas acordaron limitar la producción de carne de pollo y repartirse cuotas de mercado para mantener elevados los precios. La Fiscalía Nacional Económica estimó que el daño económico provocado por este cartel alcanzó al menos US$1.500 millones.
Mil quinientos millones de dólares.
Para ponerlo en perspectiva: las multas impuestas a las empresas sumaron cerca de US$60 millones.
Es decir, el castigo representó una fracción mínima del beneficio obtenido.
En cualquier escuela de negocios eso tiene un nombre: rentabilidad.
Y luego apareció la colusión del confort.
CMPC y SCA coordinaron precios durante más de una década en un mercado donde prácticamente no existía competencia real. Un informe económico incorporado al proceso calculó que las ganancias extraordinarias obtenidas por ambas compañías fluctuaron entre US$230 millones y US$458 millones.
Cuatrocientos cincuenta y ocho millones de dólares.
Más de diez veces lo recaudado por una Teletón.
La compensación posterior para millones de chilenos terminó reducida a siete mil pesos por persona.
Siete lucas.
Después de años pagando sobreprecios por papel higiénico.
En Chile incluso ir al baño terminó financiando utilidades extraordinarias.
Y la lista continúa.
Supermercados coordinando precios.
Navieras repartiendo mercados.
Empresas vinculadas a licitaciones públicas cuestionadas.
Irregularidades en contratos de alimentación escolar.
Ni los remedios.
Ni la comida.
Ni el confort.
Ni el almuerzo de niños vulnerables.
Nada quedó completamente fuera del negocio.
Pero el verdadero talento del capitalismo chileno nunca estuvo solamente en coludirse.
Su obra maestra fue otra.
Lograr que incluso después de ser descubiertos, condenados y públicamente expuestos, el sistema siguiera funcionando a su favor.
Porque cuando uno observa los números fríamente, aparece la gran verdad incómoda: en muchos casos las multas fueron significativamente menores que las utilidades obtenidas.
La colusión no destruyó fortunas.
Las creó.
Y justo cuando parecía que el capítulo terminaba, comienza la segunda parte del premio.
El gobierno de José Antonio Kast impulsa una megarreforma tributaria cuyo eje central contempla reducir el impuesto corporativo desde 27% a 23% y reinstalar mecanismos favorables a las grandes empresas bajo la promesa de incentivar inversión y crecimiento.
La teoría es conocida.
Si los grandes grupos económicos pagan menos impuestos, invertirán más.
Si invierten más, crecerá la economía.
Y si crece la economía, eventualmente algo caerá sobre el resto.
El viejo evangelio del chorreo.
Pero hay una pregunta que nadie responde.
¿Por qué quienes obtuvieron ganancias extraordinarias gracias a mercados coludidos deben transformarse también en los principales beneficiarios de una rebaja tributaria?
¿Por qué los grandes conglomerados reciben una segunda recompensa después de haber protagonizado algunos de los mayores abusos económicos del país?
¿Por qué quienes ganaron con la colusión ahora volverán a ganar con los impuestos?
Pepito paga doble.
Y aquí aparece una figura imposible de ignorar.
El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz.
El principal impulsor técnico de esta reforma tributaria es también un economista cuyo nombre apareció durante años asociado a informes, asesorías y análisis económicos utilizados en estrategias de defensa de empresas involucradas en algunos de los casos más emblemáticos de libre competencia en Chile.
Nadie afirma que Quiroz diseñó carteles.
Nadie sostiene que cometió delitos.
Pero los símbolos importan.
Y el símbolo que observa la ciudadanía es evidente: el arquitecto de los beneficios tributarios para los grandes grupos económicos proviene precisamente del entorno profesional que convivió durante años con las empresas que terminaron condenadas por manipular mercados.
Mientras tanto, para el resto del país no existe doble premio.
Al jubilado no le rebajan el precio de los medicamentos.
Al trabajador no le duplican el salario.
Al pequeño comerciante no le reducen la carga tributaria cuando las ventas se desploman.
Al ciudadano común nadie le devuelve los años pagando precios artificialmente inflados.
La doble recompensa está reservada para otros.
Para quienes primero ganaron mediante la colusión.
Y ahora volverán a ganar mediante una rebaja tributaria.
Por eso la “METAFORA” figura literaria de moda, resulta tan perfecta.
Porque el viejo truco de “Pepito paga doble” siempre consistió en hacer creer a los demás que podían ganar.
Cuando en realidad el único que terminaba cobrando era el dueño del juego.
Hoy ocurre exactamente lo mismo.
Solo que la mesa es más grande.
Las ganancias son multimillonarias.
Y el truco se ejecuta desde el Estado.
Y Pepito, paga doble.


