Una crisis de fertilidad oculta se está desarrollando silenciosamente en todo el planeta, afectando tanto a los humanos como a innumerables especies animales, según advierten recientes revisiones científicas. Un análisis exhaustivo de 177 estudios, publicado en NPJ Emerging Contaminants, destaca cómo los productos químicos que alteran las endocrinas presentes en plásticos, pesticidas y productos cotidianos, combinados con el aumento de las temperaturas globales, están socavando la salud reproductiva en todo el mundo. Estos contaminantes, a menudo en cantidades microscópicas comparadas con un “susurro lo suficientemente potente como para redirigir un huracán”, interfieren con las hormonas, dañando la calidad del esperma, la viabilidad del óvulo y el desarrollo embrionario. En los humanos, los recuentos de espermatozoides en hombres occidentales se han desplomado en más del 50 % desde la década de 1970, acelerándose en las últimas décadas, mientras que las tasas de fertilidad globales continúan su fuerte declive hacia niveles de subreemplazo en la mayoría de los países.
Pero esta no es solo una crisis de gametos y embriones. Es, también, una crisis del tejido mismo que sostiene la vida: el vínculo, el cuidado, la certeza de que traer un hijo al mundo es un acto de esperanza y no de temeridad. Chile es quizás el laboratorio más nítido de esta convergencia de capas: la biológica, la psicológica, la social, la geopolítica, la política… y una capa más antigua, que la ciencia apenas comienza a nombrar.
Chile, zona cero de la triple fractura (ahora cuádruple)
Las cifras son elocuentes y duelen. Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en 2025 la tasa global de fecundidad se desplomó a 0,97 hijos por mujer, la más baja desde que existen registros, muy por debajo del umbral de reemplazo generacional de 2,1. En los primeros cuatro meses de 2025 se registraron menos de 50 mil nacimientos, una caída del 41 % respecto al mismo período de 2015. Las proyecciones para 2028 indican que el indicador caerá a 0,89, y que las defunciones superarán a los nacimientos. La biología reproductiva chilena se apaga.
La ciencia ha documentado los disruptores endocrinos que actúan como un martillo químico silencioso: ranas macho con testosterona disminuida en aguas contaminadas, peces con fallas reproductivas cerca de descargas industriales, trabajadores agrícolas con daño genotóxico. Pero reducir la crisis a la química y la temperatura sería desconocer que la fertilidad humana nunca ha sido solo un fenómeno de óvulos y espermatozoides. Es, sobre todo, un acto de confianza en el futuro, una apuesta vital que requiere un sistema nervioso que perciba el mundo como un lugar mínimamente seguro y un sistema político que genere legitimidad, ese reconocimiento tácito por el cual una comunidad se siente reconocida en sus instituciones.
La herida sistémica: cuando parir se vuelve una huelga
La caída de la natalidad en Chile es el síntoma de una fractura profunda en el tejido del cuidado, una herida que compromete la salud mental colectiva y la transmisión de la vida. No se trata de que las mujeres “no quieran” tener hijos: se trata de que las condiciones neurobiológicas, emocionales, económicas, comunitarias y de conducción política para desear y sostener una crianza han sido devastadas.
La arquitectura cerebral y la capacidad de regulación emocional se construyen en los primeros años de vida, en la díada con los cuidadores. La Teoría Polivagal de Stephen Porges explica que un bebé necesita señales neuroceptivas de seguridad —voz cálida, mirada amorosa, contacto respetuoso— para activar su sistema vagal ventral, el circuito de la calma y la conexión social. Cuando el cuidado es inconsistente, hostil o está ausente, el sistema nervioso infantil desciende a estados defensivos: lucha, huida o parálisis. La huella neurobiológica de lo que el psicotraumatólogo Franz Ruppert llama la “tríada fatal” del trauma temprano —no ser deseado, no ser amado, no ser protegido— fragmenta la psique en una Parte Sana, una Parte Traumatizada y Estrategias de Supervivencia que se convierten en patrones relacionales disfuncionales. El cuerpo, como enseña Bessel van der Kolk, lleva la cuenta.
En Chile, un alto porcentaje de embarazadas sufre trastornos mentales, cifra que se eleva dramáticamente con la pobreza. El estrés materno y el trauma perinatal modifican el desarrollo del sistema nervioso fetal por mecanismos epigenéticos: los receptores de glucocorticoides del bebé se programan para un mundo hostil. A esta carga individual se suma la transmisión transgeneracional. Las constelaciones familiares identificadas por Bert Hellinger muestran que cuando los “Órdenes del Amor” se fracturan —por exclusiones, secretos, duelos no honrados—, los descendientes cargan con lealtades invisibles y repiten destinos dolorosos. La epigenética confirma que las experiencias traumáticas de los ancestros dejan marcas químicas que modifican la expresión de genes relacionados con el estrés. No solo heredamos historias: heredamos memorias somáticas de desarraigo, violencia y desamparo.
En suelo chileno, esa memoria lleva un nombre propio: la Guerra de Arauco. Durante casi tres siglos, españoles y mapuches se enfrentaron en una guerra de desgaste que los hispanos llamaron “el Flandes indiano”, por su carácter interminable y feroz. No fue solo un conflicto militar: fue una máquina de trauma vincular. Comunidades enteras fueron arrasadas, familias dispersadas por el sistema de encomiendas y el “sacar hijos de paz” —la práctica de arrebatar niños mapuches para criarlos en hogares españoles—, mientras del otro lado la cautividad de mujeres españolas en territorio mapuche tejía otra forma de desgarro. La frontera del Biobío no solo separó dos mundos: fracturó linajes, quebró la transmisión cultural del cuidado e inscribió en los cuerpos una memoria de acecho, resistencia y duelo.
Esa guerra no terminó con la Independencia. La Pacificación de la Araucanía emprendida por el Estado chileno en el siglo XIX fue, en rigor, una ocupación militar que redujo el territorio mapuche a una fracción mínima, confinó a las comunidades a reducciones y volvió a arrancar niños —esta vez para internarlos en misiones y colegios que prohibían su lengua y sus costumbres de crianza— como modo de romper la transmisión comunitaria del cuidado. Los estudios en poblaciones indígenas colonizadas muestran alteraciones epigenéticas en genes de respuesta al estrés, incluyendo el OXTR, similares a las de los descendientes de sobrevivientes del Holocausto. El pueblo mapuche no es una excepción a esa regla: el trauma histórico ha quedado inscrito en los cuerpos. Y la soledad materna contemporánea, el agotamiento de las cuidadoras chilenas —mapuches y no mapuches—, resuena con aquella fractura de la comunidad protectora que durante siglos fue atacada. No es casual que las comunas con mayor proporción de población mapuche presenten, aún hoy, indicadores de salud mental, pobreza multidimensional y estrés materno significativamente peores que el promedio nacional. La historia del desamparo no ha pasado: se ha heredado.
Sobre ese suelo biográfico, transgeneracional y colonial opera un sistema económico que ha mercantilizado la crianza. El tiempo para la mentalización —esa capacidad de leer y responder a las señales emocionales del bebé que construye el apego seguro— no tiene valor de mercado. Padres y madres agotados por jornadas extenuantes, traslados interminables y precariedad contractual crónica viven en un estado de activación simpática permanente que les impide sintonizar con las necesidades sutiles de sus hijos. No es falta de amor: es un sistema nervioso en modo supervivencia que hace biológicamente imposible la co-regulación emocional.
Como advierte la antropóloga Rita Segato, existe una “pedagogía de la crueldad” que normaliza la indiferencia, atomiza a las personas y rompe los pactos comunitarios de reciprocidad. La familia nuclear aislada, sin tribu, sin red, es una anomalía histórica generadora de patología. La baja natalidad es, entonces, un mensaje del alma colectiva: una sociedad que no protege el vínculo tierno entre el bebé y quien lo cuida ha perdido la fe en su propio futuro. Es una huelga de nacimientos.
La herida política: cuando el poder se reduce a cálculo, la cuna se vacía
Hay un segundo martillo, no químico sino político, que agrava esta huelga. Y es la reducción de la política a mera administración de cifras, la renuncia a conducir para limitarse a gestionar. En Chile, ese fenómeno tiene un rostro actual: el gobierno de José Antonio Kast, que en apenas cincuenta días mostró la arquitectura de un desastre anunciado.
Cuando la realidad aprieta, hay gobiernos que buscan orientación en la historia, en la experiencia y en el juicio político. Y hay otros que piensan únicamente en números. Este gobierno se ha inclinado con inquietante constancia hacia lo segundo. El famoso Oficio N° 16 propuso recortes presupuestarios en medio de la tramitación de la ley miscelánea sin otra justificación que la variable económica. La suspensión parcial del Mepco y el alza abrupta en el precio de los combustibles se explicaron en términos de sostenibilidad fiscal, pero ignoraron olímpicamente el efecto sobre la vida concreta de las personas. Gobernar, en cambio, es anticipar ese efecto y producir legitimidad, ese reconocimiento tácito por el cual una comunidad acepta remar junta incluso en la adversidad. Sin legitimidad no hay lealtad; sin lealtad no hay orden; y sin orden, el progreso sostenido —incluida la decisión íntima de traer hijos al mundo— se vuelve imposible.
El problema no es solo la frialdad de la planilla Excel como criterio último. Es, como ha documentado Daniel Matamala, un vicio de diseño: un gabinete de figuras sueltas, sin cohesión, sin lazos institucionales con los partidos, cada ministro una apuesta personal de un Presidente que confundió el 58% con un cheque en blanco. El Segundo Piso y el ministro de Hacienda se erigieron en el único eje real de poder, vaciando a los ministros sectoriales de peso político y dejándolos a la intemperie. Ministros sin red, sin partido que los respalde, obligados a poner la cara ante recortes imposibles bajados como una orden desde Teatinos 120. La rebelión del ministro de Vivienda, Poduje, no fue una anécdota: fue la válvula de escape de un oficialismo que en semanas pasó del triunfalismo al susurro de que “esto no da para más”. Cuando los ministros son apuestas personales, la responsabilidad de cada error vuelve sin escalas al Presidente, que quema capital político en incendios que debieran apagarse varios escalones más abajo.
Este economicismo radical no es nuevo. Los gobiernos de Sebastián Piñera lo mostraron con claridad: hubo gestión, hubo crecimiento en ciertos períodos, pero faltó política. Cuando en 2011 los estudiantes exigían justicia se les respondió con indicadores. Cuando en 2019 el país estalló, se defendieron cifras. El desenlace es conocido: fue el Congreso el que debió abrir una salida. Ahora, con Kast, la promesa de recortar seis mil millones de dólares mientras se ejecuta una de las mayores rebajas tributarias de la historia y, al mismo tiempo, se equilibran las finanzas sin tocar beneficios sociales, es simplemente una fantasía contable. Esas promesas incumplibles pueden funcionar en campaña, pero en la realidad desploman la credibilidad: en cincuenta días, los ciudadanos que creían que el gobierno sería capaz de cumplir sus promesas fundantes cayeron de 61% a 41% en migración, de 52% a 33% en crecimiento, y de 54% a 33% en delincuencia.
Cuando la fe en las instituciones se evapora a esa velocidad, ¿cómo podría no afectar la fe en el futuro? Una pareja que evalúa tener un hijo no solo mira su cuenta bancaria; huele el aire de su tiempo, siente si la sociedad es un tejido que sostiene o una jungla que devora. Si el poder es solo cálculo, se administra pero no se conduce; se corrigen cifras pero no se produce legitimidad. Y sin legitimidad, el relato colectivo se deshilacha y el futuro se percibe como una amenaza, no como una promesa. La política no es una variable externa a la fertilidad: es uno de sus sustratos neuroceptivos. Un sistema político que desprecia el cuidado, que trata a sus propios ministros como subordinados de una planilla y que comunica con tono burlón (“la carta de una pareja”, la respuesta recitada cuatro veces ante la prensa) está emitiendo una señal inequívoca a cada rincón íntimo del país: aquí no hay tribu, aquí solo hay números. Y los números no abrazan.
Así como cierta izquierda pretende comprender la política desde la moral, atribuyéndose superioridad ética, una parte de la derecha insiste en comprenderla desde la economía. Ambas actitudes son reduccionistas y fracasan. La economía es importante y debe ser considerada por una praxis política responsable, pero no puede erigirse en el criterio político. La tarea primaria de la política es producir legitimidad, hacer que el pueblo se reconozca en sus instituciones. Solo sobre esa base los equilibrios fiscales adquieren sentido. Sin esa base, se rompe el contrato intergeneracional, ese pacto no escrito por el cual una comunidad cuida de sus crías y asegura la continuidad de la vida. Y roto el contrato, la cuna se vacía.
Lo que la guerra le hizo al amor: una herida de 4.500 años que llevamos sin nombrar
Hay una capa aún más profunda, casi geológica, en esta transmisión del dolor. La neurociencia del apego y la arqueogenética han comenzado a converger en una hipótesis tan inquietante como iluminadora: una invasión prehistórica pudo alterar la química del amor materno y dejar una marca en nuestro ADN que aún podemos sanar.
Imaginemos a Érina. Vivía hace 5.000 años en lo que hoy es Polonia. Cada mañana, mientras amasaba cereal junto al río, llevaba a su bebé atado a la espalda con una tira de cuero. Él dormía al ritmo de su cuerpo. Mamaba cuando tenía hambre. Lloraba y ella respondía. Sin saberlo, en cada uno de esos gestos, su cuerpo fabricaba oxitocina —la molécula que construye la confianza— y lo bañaba en ella. La oxitocina es una molécula con 200 millones de años de antigüedad, presente en reptiles, peces, aves y primates. Su función principal no es el parto: es el vínculo. Es el pegamento químico que hace posible la confianza entre seres vivos. Cuando una madre mira el rostro de su bebé, el cuerpo estriado ventral y el hipotálamo se encienden como un árbol de Navidad. Son las zonas del placer y la recompensa, las mismas que se activan con el chocolate, el sexo o la música que nos gusta. Y el disparador de toda esa luminosidad cerebral es la oxitocina.
Luego llegaron los jinetes desde el este. Hacia el 4.500 a.C., los pueblos yamna —conocidos como kurganes— se expandieron desde las estepas pónticas con el caballo domesticado, la rueda y la metalurgia del bronce. La arqueología registra lo que vino después: tasas de trauma craneal masculino del 15 al 20 %, asentamientos quemados, cementerios donde los hombres son enterrados con armas y las mujeres con menos ajuares, a veces como acompañantes sacrificadas. La arqueogenética añade el dato más perturbador: en la península ibérica, hacia el 2.500 a.C., los linajes paternos de la población local fueron reemplazados casi en un 100 % por los de origen estepario. El ADN autosómico —el que proviene de ambos padres— muestra solo un 40 % de reemplazo. La brecha entre esas cifras no es estadística: fue, para miles de mujeres, violencia sistemática.
Lo que sucedió después cambió no solo la historia política del mundo. Cambió, según la ciencia más reciente, la química de nuestros vínculos. La oxitocina tiene enemigos bioquímicos precisos, y los yamna, sin saberlo, los portaban todos. El primero es el alcohol: los análisis de residuos en cerámica yamna muestran evidencia de hidromiel y cerveza fermentada. El alcohol suprime la liberación de oxitocina en madres lactantes entre un 50 y un 70 %. Una madre que bebe reduce a la mitad la molécula que construye la confianza en su bebé. El segundo es el cortisol, la hormona del estrés. En contextos de violencia crónica y jerarquía basada en el miedo, el cortisol elevado suprime los receptores de oxitocina. No solo hay menos oxitocina: hay menos capacidad de responder a ella. La madre que vive aterrada no puede amar de la misma manera que la madre que vive segura. No porque no quiera, sino porque su biología, secuestrada por el estrés, carece de los recursos para hacerlo. Y esto era lo que ocurría en la Europa del 3.000 a.C.: millones de mujeres criando hijos en contextos de trauma colectivo, con el sistema oxitocinérgico suprimido por el miedo, la jerarquía y el alcohol.
¿Cómo llega eso hasta nosotros? La respuesta está en la epigenética. El gen OXTR —el que codifica el receptor de oxitocina— es particularmente sensible a las marcas epigenéticas. Cuando el entorno temprano está marcado por el estrés, el abuso o la ausencia de cuidado sensible, ciertas regiones del OXTR se metilan: se cierran, silenciando la expresión del gen. El resultado es un individuo con menor capacidad para activar el sistema del vínculo. No es incapaz de amar, sino que necesita más, porque su biología parte con un déficit. Y los patrones de metilación del OXTR se transmiten de madres a hijos. Existen correlaciones significativas entre la metilación del gen en madres e hijos que no se explican únicamente por la genética compartida. La experiencia de la madre —su trauma, su estrés, su falta de cuidado— se inscribe en la biología del bebé antes de que este tenga ninguna experiencia propia.
Investigaciones en descendientes de sobrevivientes del Holocausto, de comunidades indígenas colonizadas —incluyendo pueblos originarios americanos— y de afrodescendientes con historia de esclavitud muestran alteraciones epigenéticas en genes de respuesta al estrés —incluyendo el OXTR— que correlacionan con la exposición traumática de sus ancestros. El cuerpo recuerda lo que la mente nunca vivió. Si esto es posible con traumas de dos o tres generaciones, ¿qué deja una historia de 4.500 años de violencia estructural y ruptura vincular sistemática, y en el caso chileno una guerra de siglos como la de Arauco?
Quizás, la herencia de aquella ruptura aún late en nuestros genes. Quizás, cuando una madre chilena agotada siente que no puede más, que no tiene tribu, que el mundo es un lugar hostil para criar, no solo está lidiando con las políticas públicas de su tiempo: está sintiendo, en su biología, el eco de una invasión que ocurrió antes de que existieran las palabras para nombrarla, y también el eco más cercano de la frontera del Biobío, de las reducciones, de los hijos arrancados de sus brazos simbólicos. Y junto a esos ecos antiguos, siente también el eco de un gobierno que reduce todo a la planilla, que comunica con el tono burlón del poder blindado y que en cincuenta días dilapidó la confianza de más de la mitad del país. La baja natalidad no es entonces simplemente una decisión racional ante la precariedad económica o el miedo al futuro climático y geopolítico. Es también la respuesta de un sistema oxitocinérgico agotado, transmitido a través de milenios y de siglos de conquista, y ahora agredido por una política que confunde el hacha con la herramienta de gobierno. Es una huelga de nacimientos, sí, pero también una huelga del amor que no pudo ser y de la legitimidad que no fue construida.
La tormenta geopolítica: el disparo de Sarajevo sobre el Golfo Pérsico
A esta crisis biológica, psicosocial, política y ancestral se superpone un frente geopolítico que convierte la tormenta en perfecta. El 28 de febrero de 2026 —tan solo dos meses atrás—, misiles estadounidenses e israelíes cayeron sobre Teherán. Alí Jamenei murió en su despacho, rodeado de su familia. La Operación Epic Fury —nombre elegido por hombres que confunden la épica con la epopeya— no fue una operación quirúrgica. Fue el equivalente funcional del disparo de Sarajevo: un acto que no mata a un hombre, sino que destruye el sistema de lealtades y legitimidades sobre el que reposaba un orden entero. Quienes la diseñaron repitieron el error de Marco Licinio Craso en Carras, el año 53 a.C.: cruzar el Éufrates convencido de que se enfrenta a un adversario inferior, olvidando que Irán es una de las civilizaciones más antiguas del mundo, que ha sobrevivido a griegos, árabes, mongoles y otomanos. Despreciarla es, exactamente, el verdadero craso error. Y la arrogancia que subyace es la misma del gobernante que mira a su propio pueblo desde la frialdad de la hoja de cálculo, la misma que en cincuenta días deshizo un gabinete: la hubris que confunde la fuerza con la autoridad y la imposición con la legitimidad.
Washington esperaba el caos; obtuvo la respuesta más monolítica posible. El 8 de marzo, la Asamblea de Expertos nombró a Mojtaba Jamenei, hijo del asesinado, como nuevo Líder Supremo. La República Islámica, nacida derrocando una monarquía dinástica, ha instaurado de facto la suya propia. Y cada baja presentada por Teherán como mártir refuerza, en la tradición chií, la lógica de resistencia que hace imposible la capitulación.
El estrecho de Ormuz es el nudo del conflicto, pero también su espejo más fiel. El doble bloqueo —declarado por Irán y Estados Unidos— mantiene interrumpido un 30 % de los suministros de energía y un 10 % del comercio mundial. La Agencia Internacional de la Energía lo ha cuantificado sin ambigüedades: se han perdido 11 millones de barriles por día, más que las dos grandes crisis petroleras de los años 70 combinadas. El Brent rozó los 119 dólares por barril. La gasolina en Estados Unidos alcanzó 4,12 dólares por galón a mediados de abril.
Para Chile, el impacto es directo y brutal. La urea ha pasado de $700.000 a $1.200.000 por tonelada. La Sociedad Nacional de Agricultura reporta incrementos del 70 % en urea y más del 50 % en fosfato monoamónico. La UNCTAD advierte que un cierre prolongado dispararía los precios hasta un 200 %. Chile depende de China para el 45 % de la urea y de Marruecos para fosfatos, pero Marruecos necesita azufre que transita por Ormuz. La disponibilidad de fertilizantes ha caído a un 18 % del stock necesario. La diputada Priscilla Castillo lo resume: “Los fertilizantes están por las nubes. Hay muchos agricultores que no van a sembrar”. El presidente de Agricultores Unidos AG, Camilo Guzmán, añade: “Sin siembra no hay cosecha, y sin cosecha el impacto llega a la mesa de las familias chilenas”. Si a esto se suma la alta probabilidad de El Niño, el resultado es un cóctel que la FAO califica como potencial crisis alimentaria global.
Pero ¿por qué persiste el bloqueo? Porque nadie puede ocultar el desastre. No hay salida militar que sea buena. No lo es abrir Ormuz por las bravas, ni es fácil localizar y neutralizar los 400 kilos de uranio enriquecido al 60 % o bombardear de nuevo instalaciones militares, energéticas e industriales. Cada iniciativa presentada por el Pentágono para salir del atolladero está llena de riesgos o alberga nuevos fracasos. Hasta el más indeseable de todos, la prolongación de la guerra con tropas sobre el terreno —exactamente lo que el trumpismo se había propuesto descartar para siempre—, vuelve a estar sobre la mesa.
Trump se halla ante un dilema endiablado: que le acusen de “jugar a la Tercera Guerra Mundial”, como él hizo con Zelenski en la encerrona del Despacho Oval, o que todo quede al final en un acuerdo nuclear con Irán similar o peor que el de Obama en 2015, que él mismo rompió en 2018. La realidad inconfesable es que está perdiendo su guerra. El descabezamiento de la cúpula iraní, la destrucción de su flota naval y aérea y la eliminación de gran parte del arsenal balístico se han demostrado irrelevantes en la guerra asimétrica con la que el régimen islamista ha conseguido sobrevivir tras dos meses bajo las bombas, después de bloquear el estrecho, atacar y dividir a los aliados árabes de Estados Unidos y absorber la carísima munición defensiva utilizada por Washington para derribar sus misiles y drones de bajo costo.
Por inmensa que sea la fuerza militar, quien se aventura en una guerra no tarda en tropezar con la derrota si no ha definido previamente los objetivos políticos y el significado de la victoria. Trump ha ido cambiando de objetivo de un día para otro, aplaudido por los suyos por los presuntos efectos de su imprevisibilidad. Al final, está cometiendo los mismos errores que condujeron al desastre en Vietnam, Irak y Afganistán: todas guerras asimétricas donde el enemigo combinó una enorme resiliencia con una gran capacidad para obtener ventajas políticas a partir de ínfimos medios militares. Es el mismo error estructural que un gobierno comete cuando cree que bastan el cálculo y la fuerza para gobernar, olvidando que sin producción de legitimidad los números se vuelven en contra y la autoridad se evapora en cincuenta días.
Como Putin en Ucrania, Trump quiso terminar en dos días. Luego se dio unas semanas de plazo. Ahora, alcanzados los dos meses, ha querido darla por finalizada ante el Congreso para soslayar la obligada autorización parlamentaria. Todo ello escudado en una pausa entre Teherán y Washington que es provisional y además parcial, como si el cerco naval no fuera un acto de guerra, Netanyahu no estuviera eludiendo la aplicación de la tregua en Líbano, ni la máquina guerrera estuviera rugiendo de nuevo por consejo del Pentágono.
Quería evitar una contienda larga y costosa e invadir y ocupar el país para cambiar su régimen, pero el camino embarrado en el que está atrapado no conduce a ningún otro sitio. Para terminarla, presionan los precios disparados del petróleo, la amenaza de recesión, las malas perspectivas electorales en los comicios de mitad de mandato y la creciente impopularidad de la guerra. Pero a favor de continuar juegan la arrogancia y el amor propio que posee en dosis insólitas y le impiden aceptar la derrota política que muchos le anuncian, incluso en su entorno más próximo.
Poner fin a las hostilidades es una maniobra tan urgente como llena de complicaciones. Poco puede esperar de Netanyahu, siempre dispuesto a seguir invadiendo y arrasando territorios ajenos y a sabotear los acuerdos de paz. Tampoco de sus aliados árabes, perjudicados por el doble bloqueo y hastiados por la pésima gestión del conflicto. Las bases militares estadounidenses en el Golfo —Baréin, Catar, Kuwait, Emiratos, Omán y Arabia Saudí—, percibidas antes como un paraguas de seguridad, se han convertido repentinamente en un lastre, una carga de la que hay que despojarse. En Emiratos Árabes Unidos, donde más de un millar de misiles y drones fueron lanzados por Irán en marzo, algunas voces cercanas al poder critican abiertamente a Washington por priorizar la defensa de Israel en detrimento de sus aliados árabes. Ni de los europeos obtendrá ayuda: no moverán un dedo mientras la tregua no sea definitiva. Friedrich Merz, el canciller alemán, osó expresar sus reservas sobre la guerra y lamentó “la humillación de Estados Unidos en manos de Irán”, y recibió como recompensa una primera retirada de tropas estadounidenses de Alemania, además de los insultos reglamentarios del trumpismo.
Lo que está realmente en juego: el orden mundial y la lógica de la llave
El espacio marítimo, donde no hay fronteras ni capacidad coercitiva que permita aplicar el derecho como en tierra, es donde se dirime el futuro orden mundial. Según la teoría geopolítica de Carl Schmitt, el dominio del mar corresponde en exclusiva a la superpotencia marítima hegemónica. Hasta ahora, esa potencia era Estados Unidos, que garantizaba la libertad de navegación y el libre mercado. Con la nueva política exterior de Trump, hostil a cualquier ordenamiento internacional incluido el marítimo, se abre una brecha que otros aprovecharán. La exministra de Exteriores española Ana Palacio lo formuló con precisión: Estados Unidos “sigue siendo la primera potencia naval, pero ha virado el sentido político de esa supremacía. Ya no la esgrime primordialmente en pro de la apertura, sino como medio selectivo de coerción”. Y esa brecha, señalaba el ministro de Exteriores de Singapur Vivian Balakrishnan al referirse al Estrecho de Malaca, es el “ensayo general” para el enfrentamiento entre Estados Unidos y China.
La fórmula para salir de la guerra es clara pero inabordable: terminar las hostilidades de una vez, abrir Ormuz, dedicar todas las energías exclusivamente a la diplomacia, y evitar a la vez que el principal responsable del desastre se sienta humillado. ¿Quién puede resolver tal rompecabezas? De momento, el Pentágono tiene el encargo.
Mientras tanto, China observa. No ha disparado un solo misil en este conflicto. Compra petróleo iraní, consolida infraestructuras en África y América Latina, y espera. Su calma no es pasividad; es estrategia. No se interviene cuando el enemigo se autodestruye. Frente a la lógica del hacha —que solo necesita voluntad de destruir—, China representa la lógica de la llave: requiere conocimiento, paciencia y construcción. Mientras Washington vaciaba sus stocks de misiles —ha consumido al menos el 45 % de sus reservas de misiles de ataque de precisión en siete semanas—, China consolidaba sus inversiones en 49 países africanos. Mientras Estados Unidos gastó 4 billones de dólares en Irak y Afganistán destruyendo y retirándose, China invirtió 182.000 millones en infraestructuras sin un solo disparo, sin un solo cambio de régimen.
Esta lógica de la llave es exactamente la que necesita una política que aspire a revertir la crisis de fertilidad. Porque enfrente está la lógica del hacha, que se repite en todas las escalas: el hacha del economicismo que receta recortes sin justificación política y despedaza la confianza pública en cincuenta días, el hacha química de los disruptores endocrinos, el hacha colonial que arrasó linajes enteros en la Araucanía, el hacha geopolítica de los misiles sobre Teherán que bloquean el fertilizante que alimenta a nuestros campos, y el hacha prehistórica de los jinetes yamna que suprimieron la química del amor. Todas obedecen a la misma premisa: la imposición de la fuerza sobre el vínculo, del cálculo sobre el cuidado, de la destrucción sobre la construcción.
El balance material es despiadado: trece militares estadounidenses muertos, unos 18.000 millones de dólares gastados en las primeras semanas, y los precios de la energía en niveles que el FMI ha vinculado a la amenaza de una recesión mundial. Irán, en cambio, ha generado según estimaciones 8.700 millones de dólares adicionales en ingresos petroleros desde el inicio de la guerra, impulsados por el alza de 47 dólares por barril. La teocracia que debía ser derrocada emerge con legitimidad internacional reforzada, con una fuente de ingresos reconocida sobre Ormuz —Irán y Omán planean cobrar tasas de tránsito a los buques—, y con un arsenal balístico que ha demostrado, con los lanzamientos contra Diego García a 4.000 kilómetros, que sus capacidades reales superan ampliamente lo declarado.
La víctima más importante de este conflicto no es humana: es el orden internacional basado en normas. Ese orden ha muerto en el Estrecho de Ormuz. Mientras el más poderoso de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad se convierte en un actor que actúa al margen de las reglas que él mismo creó, el orden se fragmenta. Y en esa fragmentación se juega la forma geopolítica de nuestro mundo futuro. De igual modo, cuando un gobierno abandona el juicio político para someterse al dictado de la planilla, lo que muere no es solo un gabinete: es la legitimidad, el suelo común que permite a una comunidad imaginar y sostener el futuro, incluido el futuro en forma de nuevos hijos.
La raíz común: disonancia autopoiética, colapso del metabolismo social y una herida epigenética milenaria
Lo que parecen crisis separadas son manifestaciones de un mismo fenómeno. Los disruptores endocrinos que dañan la fertilidad humana son los mismos que contaminan suelos y aguas. El cambio climático que recalienta los testículos y feminiza a las tortugas marinas es el que intensifica las sequías y las olas de calor que arruinan las cosechas. La dependencia de fertilizantes sintéticos derivados de combustibles fósiles que viajan por cuellos de botella geopolíticos es hija del mismo paradigma extractivista que ha precarizado la vida y roto las comunidades. La guerra asimétrica que mantiene cerrado Ormuz es la expresión militar de una lógica de dominación que prioriza la humillación del enemigo sobre la protección de la vida. Y el economicismo político que reduce el gobierno a una hoja de cálculo y desprecia la legitimidad como variable blanda es la expresión administrativa de esa misma lógica. Es la misma lógica que operó en la invasión yamna, en la conquista española, en la Pacificación de la Araucanía, en el “Oficio N° 16” y en la suspensión del Mepco sin anestesia: la lógica del hacha.
Pero hay una raíz aún más profunda, que conecta la invasión yamna de hace 4.500 años, la Guerra de Arauco, el diseño de un gabinete subordinado a Hacienda y la guerra de Ormuz de hoy: la interrupción sistemática de la química del vínculo. La oxitocina, esa molécula que construye la confianza, ha sido suprimida una y otra vez por la violencia, el alcohol, el cortisol del miedo y la destrucción de las redes comunitarias de cuidado. Los yamna portaban el alcohol y la jerarquía del miedo; los conquistadores españoles trajeron el acero, el caballo y la cruz, pero también el trauma vincular del despojo y la servidumbre; la modernidad tardía porta el estrés crónico, la mercantilización del cuidado, los disruptores endocrinos y, además, una forma de gobierno que hace de la frialdad fiscal su único credo. Y en el plano geopolítico, la lógica del hacha —la misma que arrasó la Vieja Europa, la misma que devastó Vietnam, Irak y Afganistán, la misma que ahora bombardea Teherán mientras los agricultores chilenos miran sus campos sin sembrar— es la negación más radical de la lógica del vínculo.
En todos los casos, el resultado es el mismo: madres y padres con el sistema oxitocinérgico agotado, transmitiendo a sus hijos, por vía epigenética, una biología menos preparada para el vínculo seguro. La metilación del gen OXTR es la firma molecular de esta historia de desamor. El Estrecho de Ormuz, bloqueado por misiles y minas, es la firma geopolítica de una civilización que sigue confundiendo el poder con la destrucción. Y la imagen de un Presidente quemando capital político en defender un diseño de gobierno que sus propios partidos susurran que “no da para más” es la firma doméstica de una política que ha olvidado que su tarea primaria no es administrar números, sino producir legitimidad, hacer que el pueblo se reconozca en sus instituciones para que esté dispuesto a sostenerlas, y junto con ellas, a sostener la vida que viene.
La última actualización del conflicto, al 27 de abril de 2026 —día 59—, lo resume con precisión: “No han destruido a Irán. Han destruido el orden que los hacía poderosos”. Esa frase podría aplicarse a cada capa de esta crisis. No hemos destruido solo la fertilidad: hemos destruido el orden biológico, químico, climático, vincular, político y geopolítico que hacía posible la vida.
Humberto Maturana y Francisco Varela, dos neurobiólogos chilenos, nos legaron el concepto de autopoiesis: los sistemas vivos se autoproducen continuamente, mantienen su organización mediante redes de relaciones. El trauma —químico, psicológico, social, político, geopolítico, ancestral— interrumpe ese flujo autoorganizativo, creando patrones repetitivos y disfuncionales. Lo que Chile y el planeta enfrentan es una disonancia autopoiética a escala civilizatoria: un sistema que ya no puede regenerar sus propias condiciones de vida porque ha envenenado simultáneamente la biología de la reproducción, los vínculos que la sostienen, la tierra que la alimenta, la política que la conduce, la geopolítica que la estrangula y la memoria epigenética que la predispone al desamparo.
Reparar la vida en todos los niveles, incluido el epigenético y el político
La respuesta no puede ser un bono monetario, un ajuste técnico ni un discurso moralista. Debe ser una revolución del cuidado informada por la neurociencia, la psicotraumatología, la arqueogenética, una comprensión ecológica y geopolítica profunda, y una refundación de la política que recupere su primacía sobre la economía, articulada en varios niveles simultáneos:
Nivel biológico y ambiental: Reducir drásticamente la exposición a disruptores endocrinos mediante regulaciones estrictas sobre plásticos y pesticidas, y acelerar la acción climática. Recuperar el salitre como recurso estratégico nacional y fomentar bioinsumos (microalgas, fertilizantes orgánicos) para una agricultura resiliente y soberana, menos vulnerable a bloqueos geopolíticos.
Nivel geopolítico y diplomático: Chile debe alzar la voz en los foros multilaterales para exigir el fin de las hostilidades, la reapertura inmediata de Ormuz y el tránsito hacia un orden internacional donde las rutas de alimentos y fertilizantes no sean rehenes de guerras ajenas. La soberanía alimentaria no es una bandera ideológica: es una cuestión de supervivencia. Pero también debe exigir una reforma profunda del orden marítimo global, para que los estrechos no sigan siendo armas de doble filo en manos de potencias que anteponen la coerción a la cooperación. Porque si la lógica del hacha se impone en Ormuz, mañana será en Malaca, y pasado mañana en cada punto estratégico del comercio mundial.
Nivel neurobiológico y del apego: Implementar políticas de salud mental perinatal universales, con equipos interdisciplinarios desde el embarazo. Licencias parentales extendidas e igualitarias de al menos un año, no como concesión sino como inversión en prevención primaria de trauma transgeneracional. Tiempo sin presión económica para la mentalización y la construcción de un vínculo seguro.
Nivel epigenético y de sanación del vínculo: La buena noticia es que la misma plasticidad epigenética que permitió que el trauma se inscribiera en el cuerpo permite también su reversión. Un estudio de 2019 demostró que la psicoterapia focalizada en el apego —aquella que trabaja específicamente la relación madre-bebé en mujeres con historia de trauma— reducía la metilación del gen OXTR en sus hijos. La terapia modificó la expresión del gen. No es magia. Es biología. Los inductores naturales del sistema oxitocinérgico siguen siendo los mismos que hace 5.000 años, cuando Érina cargaba a su bebé: el contacto piel con piel sostenido, la lactancia prolongada, la respuesta sensible y rápida al llanto, la presencia tranquila de un cuerpo regulado junto a un cuerpo que todavía no sabe regularse solo. Facilitar estas prácticas desde el nacimiento —con salas de parto respetuosas, bancos de leche, redes de doulas y asesoras de lactancia— es una intervención de salud pública de primer orden. No es un lujo: es reparación epigenética.
Nivel comunitario y relacional: Reconstruir la tribu perdida. Crear redes de apoyo a la crianza que no sean servicios mercantilizados sino espacios de encuentro horizontal, talleres de apego facilitados por pares, círculos donde se normalice la ambivalencia y el agotamiento como experiencias legítimas. La comunidad debe volverse un “campo conocedor” de sostén, como el que se activa en las constelaciones familiares. La tribu que Érina perdió con la llegada de los jinetes, la tribu que la Guerra de Arauco fracturó en el sur de Chile, y la tribu que el economicismo político disuelve al reducir a cada ciudadano a un número en una planilla, debe ser reconstruida, ahora, con políticas públicas y con la voluntad colectiva de volver a cuidarnos.
Nivel transgeneracional: Acceso universal a terapias trauma-informadas que integren la dimensión corporal y sistémica: EMDR, Somatic Experiencing, el método de Ruppert, constelaciones familiares. Formar masivamente a profesionales de salud, educación y justicia en enfoques que no re-traumaticen. Sanar las heridas heredadas de dictaduras, exclusiones y migraciones forzosas, así como las heridas profundas de la conquista y la Pacificación de la Araucanía, para que las nuevas familias no carguen con el peso de lo no resuelto. También sanar la herida más antigua, la que lleva 4.500 años sin ser nombrada, honrando esa memoria corporal de amor que ninguna conquista pudo borrar por completo.
Nivel económico y sistémico: Reconocer el cuidado como trabajo productivo en las cuentas nacionales. Garantizar vivienda digna como derecho, para estabilizar el sistema nervioso familiar. Reorganizar el trabajo para que deje de ser estructuralmente hostil a la crianza: jornadas reducidas, flexibilidad real, ingreso básico de cuidado. Pasar de medir el éxito nacional solo en crecimiento del PIB a priorizar el bienestar emocional, la salud relacional y la capacidad de vida plena.
Nivel político-institucional: Romper la dictadura de Hacienda y la lógica del Economicismo de Estado. Recuperar la primacía de la política como arte de producir legitimidad y conducir, no solo de administrar. Exigir gobiernos con diseño cohesionado, donde los ministros no sean figuras sueltas a la intemperie, sino representantes de un proyecto colectivo con respaldo partidario, capaces de anteponer el cuidado de la comunidad a la satisfacción del “pequeño credo” del equilibrio fiscal a cualquier costo. La legitimidad no es un adorno: es la argamasa que une a una sociedad lo suficiente como para que traer hijos al mundo no sea un acto de temeridad, sino de esperanza compartida.
El mensaje de la vida que se repliega, y la historia que podemos reescribir
La crisis de fertilidad no es una falla del carácter chileno ni una simple consecuencia de decisiones individuales. Es la respuesta adaptativa de un sistema vivo que se protege de seguir trayendo hijos a un entorno envenenado, inseguro, sin tribu, con las rutas de la vida bloqueadas por la guerra, con la política reducida a cálculo y con una memoria epigenética que arrastra la huella de 4.500 años de violencia sobre el vínculo, agravada por siglos de conquista y resistencias como la de Arauco. Es también la expresión contemporánea de una herida que comenzó cuando los jinetes interrumpieron la química del amor en la Vieja Europa, y que se ha perpetuado a través de invasiones, colonizaciones, despojos territoriales, misiones evangelizadoras que separaron a los niños de sus madres, políticas asimilacionistas y, hoy, a través de un economicismo político que confunde el fin (la vida buena, el cuidado, la continuidad de la comunidad) con los medios (la estabilidad fiscal, el número, el Excel).
Pero si el trauma se transmite, también se transmite el amor. Cada vez que un padre carga a su bebé en brazos. Cada vez que una madre responde en la noche. Cada vez que alguien adulto aprende, con ayuda, a cuidarse a sí mismo como no fue cuidado. Cada vez que un gobernante renuncia al cálculo cortoplacista y se abre a un pensamiento político más amplio, ordenando la economía a fines mayores y buscando acuerdos con los sectores más responsables de la oposición. Estamos, siempre, escribiendo el próximo capítulo epigenético —y político— de una historia que comenzó mucho antes de que naciéramos.
La noticia más luminosa es que la misma plasticidad que permitió que el trauma se inscribiera es la que permite su borrado artesanal. No es magia; es la biología respondiendo a la presencia, y es la política respondiendo a la legitimidad. Cada vez que un padre sostiene a su hijo sin prisas, cada vez que nos permitimos un minuto de silencio fértil o respondemos al llanto con ternura, estamos realizando una insurrección poética contra 4.500 años de cinismo. Cada vez que un gobierno renuncia a la arrogancia de la planilla y escucha, anticipa y cuida, está reponiendo el eslabón perdido de la cadena de confianza. Estamos reclamando el estuario original. Porque si el dolor tiene memoria, el amor tiene alas. Somos los autores de la próxima herencia, y el lenguaje que la escribe es tan simple como un “gracias” y tan profundo como el asombro de estar vivos, aquí y ahora.
Como escribe Bert Hellinger, “solo cuando tomamos a nuestros padres con gratitud, podemos dar vida plena a nuestros hijos”. Como sociedad chilena, el desafío es tomar con responsabilidad nuestra historia de heridas —las dictaduras, las violencias, las exclusiones, los traumas colectivos no procesados, la Guerra de Arauco y su larga sombra de despojo y resistencia, la herida más antigua que la arqueogenética nos ha revelado, y también la herida fresca de una política que en cincuenta días puede dilapidar la confianza de una nación— para crear las condiciones sistémicas materiales, emocionales, comunitarias, epigenéticas, geopolíticas y políticas que permitan a las nuevas familias florecer.
La crianza debe volver a ser sinónimo de dignidad compartida, de tarea comunitaria celebrada, no de sacrificio solitario y agotamiento. En ese camino de reparación consciente, la natalidad dejará de ser una crisis demográfica para convertirse en una posibilidad gozosa, elegida y sostenida por el abrazo colectivo. Y solo entonces, cuando el susurro químico sea acallado, el calor del planeta sea aplacado, los barcos vuelvan a surcar Ormuz cargados no solo de urea sino de un nuevo pacto con la tierra y con la paz, el gen OXTR recupere su expresión plena gracias a entornos de cuidado, los bebés encuentren un sistema nervioso social que les diga “eres deseado, amado y protegido”, y la política haya recuperado su vocación de conducir y legitimar por encima del mero administrar, la vida volverá a confiar en nosotros.
Porque si algo enseña la historia de Érina, la de los jinetes, la de los guerreros mapuches que resistieron tres siglos defendiendo su territorio, la de un gabinete desahuciado en cincuenta días y la del Estrecho de Ormuz es que la lógica del hacha —por inmensa que sea la fuerza militar o la coerción fiscal— nunca construye nada que dure. Solo la lógica de la llave —la que requiere conocimiento, paciencia, construcción y, sobre todo, la producción incesante de legitimidad— puede abrir las puertas del futuro. Y esa llave, hoy, tiene la forma de un bebé que encuentra unos brazos que le dicen, sin palabras, que el mundo es un lugar seguro para existir.


