Baalzebú en la Casa Blanca: Hybris y vergüenza como defensa civilizatoria
Donald Trump trasciende la política convencional para encarnar un arquetipo mitológico: Baalzebú, el Príncipe de los Demonios. Esta comparación no es retórica vacía, sino herramienta analítica para comprender la hybris de omnipotencia convertida en programa de gobierno. Como diagnosticó Günther Anders, vivimos una era de «analfabetismo moral», donde el verdadero analfabeto no es quien no sabe leer, sino quien no siente vergüenza. Trump personifica este analfabetismo ético elevado a virtud política.
Baal, antiguo dios cananeo, fue demonizado hasta convertirse en Beelzebub, príncipe infernal. Esta transformación —donde los dioses de los vencidos se vuelven demonios de los vencedores— refleja la lógica del imperialismo que opera hoy con concentraciones de poder sin precedentes: la conquista no solo de territorios, sino de imaginarios y límites éticos. Trump emerge en una crisis orgánica del orden liberal internacional, inaugurando una era de laissez-faire radical donde el más fuerte impone sus intereses sin mediación institucional, erosionando el principio fundacional de la civilización: proteger al débil del fuerte.
Neuropolítica del terror y vampirismo imperial
La estrategia trumpista representa una explotación sistemática de los mecanismos psicológicos del miedo y una metodología para sofocar la vergüenza, esa «alarma moral que suena cuando el poder sobrepasa nuestra comprensión». No es política exterior tradicional, sino neuropolítica: el secuestro deliberado de la amígdala mientras se silencia la corteza prefrontal donde residen el juicio ético y la capacidad de sentir transgresión.
Stephen Miller, su arquitecto ideológico, opera como «mago oscuro» mediante anuncios contradictorios simultáneos, escaladas retóricas que normalizan lo impensable y demonización sistemática de enemigos. El método no busca consenso democrático, sino sumisión a través del pánico y la analfabetización ética colectiva.
La operación contra Venezuela revela el núcleo doctrinal del trumpismo: la judicialización selectiva como sustituto de la geopolítica clásica. La sustitución de «secuestro» por «captura» no es eufemismo, sino transubstanciación semántica que busca evadir la vergüenza histórica. Trump, al declarar sin pudor que las compañías estadounidenses «se harán cargo» del petróleo venezolano, rompe deliberadamente con cualquier vestigio de vergüenza y muestra la lógica desnuda de la depredación. Esta es la Doctrina del Saqueo Sostenible: extracción sistemática y legal de riqueza mediante instituciones que legitiman el despojo, extendiendo sus tentáculos —como Putin en Ucrania— hacia Cuba, Colombia o Groenlandia.
La corrupción del lenguaje y el patriarcado armado
Baalzebú es maestro de la mentira que pervierte el lenguaje hasta que las palabras significan su opuesto. El trumpismo constituye una máquina de producción de analfabetismo moral. La guerra moderna es primero guerra semántica: quien controla el vocabulario controla la realidad percibida y los límites de lo vergonzoso. Términos como «democracia» y «derechos humanos» son expropiados, vaciados de contenido y convertidos en sellos de autorización para el saqueo.
En la era digital, esta perversión se acelera exponencialmente. Las plataformas son máquinas de fracturación ética donde algoritmos amplifican indignación y miedo mientras erosionan los marcos compartidos necesarios para el juicio moral colectivo. Trump emerge como Príncipe de la Posverdad, un régimen donde la falsedad se propaga más rápido que los hechos verificados y donde la transgresión se diluye en el flujo informativo.
La estatuilla de Baal fue forjada en bronce, metal que consolidó el patriarcado guerrero mediante armas superiores y acumulación de poder. Hoy, la hybris se viste de realpolitik y se arma con arsenales nucleares. Trump resurge como cesarismo en crisis orgánica: la figura carismática que promete romper el impasse mediante voluntad pura. Marco Rubio proclama que «Trump no juega», presentándolo como el hombre fuerte que restaura el orden por encima de las instituciones. A la derecha MAGA no le importa intrínsecamente la democracia ni los aliados, sino una «civilización occidental» reducida a blanco y cristiano, que valoriza la dominación sobre la cooperación.
El Sonrojo de la Civilización: Autenticidad corporal frente a la hybris
El sonrojo es la única reacción emocional físicamente imposible de fabricar y, peor aún para quienes lo sufren, imposible de detener. En este fenómeno fisiológico reside una metáfora poderosa para la lucha entre la hybris desvergonzada y la resistencia ética. Darwin dedicó un capítulo entero a esto, fascinado porque somos la única especie animal que se sonroja. Esta «traición» del cuerpo cumple una función social vital: es una señal de autenticidad irreprochable.
En la neuropolítica del terror trumpista, la incapacidad de sonrojarse no es defecto, sino insignia de poder. Cuando Trump declara sin pestañear que las compañías estadounidenses «se harán cargo» del petróleo venezolano, su rostro permanece pálido y autocontrolado. No hay rubor que delate el reconocimiento de la transgresión. Esta falta de sonrojo es síntoma del «analfabetismo moral»: la desconexión fisiológica de la alarma ética.
Los mecanismos de contención multilateral son el sonrojo institucionalizado de la comunidad internacional. Cuando la UE establece líneas rojas o América Latina rechaza unánimemente la operación contra Venezuela, están manifestando el equivalente político del rubor: una reacción autónoma que surge del reconocimiento colectivo de que se ha traspasado un límite. Las sanciones se multiplican, el aislamiento se profundiza, la condena histórica se escribe en documentos imborrables. Es el cuerpo político de la civilización demostrando que aún reconoce sus propias transgresiones.
Exorcismos y Resistencias: La vergüenza como contra-hegemonía
Frente al caos ordenado del reino de Baalzebú, la resistencia requiere una contra-hegemonía que dispute el sentido común mismo y recupere la vergüenza como fuerza política. Hay que recobrar la parresia: el coraje griego de hablar verdad ante los poderosos cuando es peligroso hacerlo. Nombrar el saqueo sin eufemismos, decir secuestro donde otros dicen captura, denunciar el terrorismo de Estado donde otros hablan de operaciones especiales.
Pero esto es solo el principio. La verdadera resistencia implica traducir la vergüenza a acción colectiva mediante la contención multilateral como acto civilizatorio. Cuando la UE, América Latina y aliados actúan coordinadamente, están defendiendo activamente el principio de que las leyes diseñadas para contener a los poderosos también los protegen. El aislamiento diplomático, las sanciones y el escrutinio legal son la vergüenza institucionalizada, el antídoto formal contra la hybris trumpista.
Las cosmovisiones matrifocales y animistas —como la mapuche con su Wallmapu— representan epistemologías donde la tierra es pariente, no recurso; el poder se distribuye, no se acumula; la riqueza se cultiva en reciprocidad, no se extrae. Estas tradiciones encarnan una vergüenza ecológica y relacional ausente en la hybris extractivista. Frente al Capitaloceno trumpista, proponen una ética del cuidado.
La verdadera estaca contra este vampiro geopolítico es tejer redes tentaculares de solidaridad —concepto de Donna Haraway— que son policéntricas, regeneran la comunidad multilateral y establecen relaciones simbióticas con el planeta. Pensar como los tentáculos del pulpo: múltiples, flexibles, autónomos pero coordinados, sin cerebro central dictatorial. Esta es la aplicación persistente, lenta pero coordinada, de la vergüenza convertida en ley, en sanción, en aislamiento y en memoria imborrable.
Epílogo: Nombrar al demonio y recordar la vergüenza
Trump ha abierto la caja de Pandora del siglo XXI: nacionalismo iliberal, negacionismo climático, desintegración institucional, guerra híbrida, economía del saqueo. Ha actuado como principio arquetípico de disrupción y dominación, cuyo mayor logro ha sido normalizar la ausencia de vergüenza. Entenderlo en clave mitológica no es retórica florida, sino herramienta epistémica. Los mitos son verdades profundas en lenguaje narrativo.
Exorcizar este demonio exige reconectar la corteza prefrontal colectiva contra la saturación emocional, reinstaurar la verdad como trinchera común, elegir servir a dioses menos sedientos de sangre y oro. Se trata de sostener la vida común: no del individuo atomizado ni de la tribu excluyente, sino la vida como fenómeno relacional, interdependiente y planetario. Se trata, fundamentalmente, de rechazar el analfabetismo moral.
El proceso en marcha es una lucha por la definición de civilización. De un lado, la fuerza desenfrenada que cree que el poder hace el derecho. Del otro, la aplicación persistente de la vergüenza convertida en acción colectiva. La esperanza no es ingenua: es el resultado de una elección colectiva de no ser «analfabetos morales», de sentir el peso de la transgresión y actuar en consecuencia.
Nombrar a Baalzebú es el primer paso del exorcismo; el segundo es recordar que hubo —y puede haber— otros dioses. El tercero es recuperar la vergüenza como brújula ética de la civilización. Al final, el proyecto trumpista choca contra un límite biopolítico: puede corromper el lenguaje, puede manipular las emociones, pero no puede eliminar completamente la posibilidad fisiológica del rubor. Y mientras un solo ser humano pueda sonrojarse ante la injusticia, mientras una sola institución pueda «sonrojarse» actuando contra la impunidad, la defensa de la civilización conserva su señal más auténtica de esperanza: la traición del cuerpo que insiste en decirnos que sabemos distinguir entre la dignidad y la barbarie.
Humberto del Pozo López es Magister en ciencias económicas y sociales Universidad Católica de Lovaina y Magister en Psicología Universidad Nacional Autónoma de Mexico.


