Más
    InicioOpiniónKast y el país detrás del cristal

    Kast y el país detrás del cristal

    Este viernes, en Viña del Mar, José Antonio Kast cerró su campaña presidencial detrás de un vidrio antibala. Sí, un vidrio antibala. No era una embajada, ni una cárcel de alta seguridad. Era un acto político, en plena ciudad jardín, con banderas, música y discurso. Pero también con una muralla transparente que lo separaba de la gente que —supuestamente— confía en él.

    La escena fue extraña. Kast hablaba de recuperar la seguridad mientras un muro invisible lo protegía de su propio público. Una imagen casi perfecta, si lo que uno quiere retratar es la distancia entre el político y la calle. Porque, al final, ¿qué mensaje deja un candidato que necesita blindarse para hablar de valentía?

    Y no, no es que uno espere temeridad. Nadie quiere un líder kamikaze. Pero el gesto fue simbólico. Casi teatral. Una puesta en escena del miedo. Como si la política se hubiera transformado en un espectáculo de sobrevivencia: el candidato encerrado en su pecera, mientras los electores lo miran desde afuera, aplaudiendo a través del cristal.

    Mientras tanto, al otro lado del país, Gabriel Boric —el mismísimo presidente— camina solo por Santiago, sin escolta visible, con una mochila y el celular en la mano. Lo hace a menudo. Y cada vez que aparece un video suyo, el debate se repite: ¿es una irresponsabilidad o una muestra de confianza?

    La verdad es que, más allá del protocolo, la comparación es inevitable. Uno se encierra para demostrar autoridad; el otro se expone para demostrar cercanía. Uno se protege del país que dice amar; el otro lo recorre como si todavía fuera suyo. Y en esa diferencia, quizá, se esconde algo más profundo: cómo cada uno entiende el poder.

    Porque Kast ve peligro donde Boric ve ciudadanía. El primero se parapeta; el segundo camina. Y en medio de ese contraste, los chilenos miran, incrédulos, cómo un candidato habla del “orden” detrás de un vidrio que grita “temor”.

    Ximena Ossandón, siempre directa, lo resumió hace poco: “La política se volvió un espectáculo”. Y tenía razón. Hay algo profundamente absurdo en ver a un político que promete coraje, pero aparece rodeado de cristales, guardias y luces. Es como si el mensaje fuera: “Yo los voy a proteger… pero primero protéjanme a mí”.

    Y mientras tanto, Jeannette Jara, sin show, recorre ferias, conversa, escucha. No necesita blindajes ni grandes escenografías. Quizás por eso conecta con tanta gente: porque parece hablar desde el mismo suelo, no desde una tarima blindada.

    Y es que al final, todo esto no trata solo de seguridad, sino de confianza. En el país, en la gente, en el propio relato. Un vidrio antibala no es solo una medida; es un síntoma. El reflejo de una política que le teme a la calle, que se encierra para no escuchar el ruido de afuera.

    Porque, seamos francos: un político que habla de “recuperar Chile” pero necesita blindarse de los chilenos tiene un pequeño problema de credibilidad. Y, quizás, también de autoestima.

    Al final del día, ese vidrio no protegía a Kast de las balas, protegía a Kast de la realidad. Y, la verdad, no hay metáfora más cruel que esa: un candidato que promete proteger a Chile, pero necesita un vidrio para protegerse de los chilenos.

    Debes leer

    spot_img