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Las ideas como armas: cuando la crisis encuentra narrativa

De Cómo los Sistemas de Pensamiento Duermen Décadas Hasta Que la Realidad Material Les Abre la Puerta

Hay una pregunta que Perry Anderson y Antonio Gramsci compartían, aunque nunca se conocieron: ¿Por qué cambia el mundo? ¿Es porque la economía cambia primero y las ideas vienen después a explicar el cambio? ¿O es porque nuevas ideas germinan en las mentes de las personas y luego modifican la realidad material?

La respuesta que ambos dieron es incómoda: ambas cosas suceden simultáneamente, pero la mayoría de nosotros solo ve una mitad de la ecuación.

Imagina esto: Estamos en 1968. Francia está en crisis. Los estudiantes ocupan las calles. Los obreros hacen huelgas. Hay hambre en las universidades, precariedad, injusticia visible en todas partes. Pero lo que importa es esto: durante décadas, intelectuales y pensadores han estado escribiendo sobre esto. Sobre marxismo. Sobre alienación. Sobre cómo el capitalismo destruye la vida de las personas. Esos libros circulaban entre pequeños círculos académicos. Casi nadie los leía. Casi nadie les importaba.

Hasta que la crisis estalló.

De repente, esas ideas que parecían abstractas, teóricas, irrelevantes—se convirtieron en lenguaje de batalla. Los estudiantes que estaban en las calles podían nombrar lo que sentían. Podían articular por qué estaban furiosos. Las ideas que habían estado dormidas durante años encontraron millones de bocas dispuestas a gritar con ellas.

Anderson lo llama Idées-forces—ideas-fuerzas. Pero Gramsci tenía otro nombre para esto: hegemonía. Y es diferente de simplemente «ganar».

Gramsci entendía algo que la mayoría de los revolucionarios no entendía: que antes de poder cambiar la política, antes de poder cambiar la economía, tienes que cambiar la forma en que las personas piensan. Tienes que convertir tu idea en sentido común. Tienes que lograr que algo que era herejía ayer se convierta en «por supuesto» hoy.

La hegemonía no es dominación brutal. Es el arte de hacer que tu visión del mundo se vea como la única visión posible.

Imagina a Carolina. Trabajaba en una fábrica. Doce horas al día. Salario miserable. Tenía un patrón que le gritaba. Tenía un marido que llegaba a casa tan cansado que apenas podía hablar. Tenía dos hijos que necesitaban comer. Durante años, Carolina pensó: «Esto es así. Es la vida. Algunos nacen para mandar, otros nacen para obedecer. Así es el mundo.»

Luego alguien le prestó un libro. O la llevó a una reunión clandestina. Y escuchó ideas nuevas. Escuchó que el sistema en el que estaba atrapada no era natural. No era eternamente así. Fue construido por hombres y podía ser desmantelado por hombres. Escuchó que lo que sentía—esa rabia, esa injusticia—no era debilidad suya. Era síntoma de un sistema equivocado.

Esas ideas cambiaron a Carolina. No porque la convencieran intelectualmente. Porque le dieron lenguaje para nominar lo que ya estaba sintiendo. Le dieron teoría para su práctica. Le dieron esperanza de que otro mundo era posible.

Anderson ve ese patrón una y otra vez en la historia. El cristianismo. El Islam. La Reforma protestante. Cada una de esas ideologías estuvo creciendo, desarrollándose, permeando culturas durante décadas o siglos antes de que explosionaran en transformación política masiva.

La pregunta que ambos historiadores hacen es crucial: ¿Qué sucede en el momento en que una idea dormida despierta?

La respuesta es: Una crisis. Una crisis es lo que despierta las ideas. Porque en tiempos de estabilidad—cuando el sistema funciona aunque sea mínimamente—las personas tienden a aceptar las cosas como son. Gramsci lo llamaba «consenso pasivo.» La gente no cree realmente que el sistema sea justo. Solo cree que no hay alternativa. Así que obedece. Trabaja. Paga impuestos. Sigue adelante.

Pero cuando viene la crisis—cuando el sistema colapsa, cuando el hambre viene, cuando el desempleo llega, cuando la injusticia se vuelve tan obvia que hasta los ciegos pueden verla—de repente las personas están desesperadas por una explicación que tenga sentido. De repente están buscando dirección. De repente están receptivas a ideas que una semana antes habían ignorado completamente.

Imagina a Eduardo. Es contador. Vive en una zona acomodada. Lee periódicos. Cree en el sistema. Cree que el libre mercado es lo mejor. Cree que si eres pobre es porque no trabajaste lo suficiente. Cree en el orden establecido. Nunca ha leído un libro marxista en su vida.

Luego viene 2008. La crisis financiera. De repente pierde su trabajo. Pierde su casa. Sus ahorros desaparecen. Y descubre que el sistema que él pensaba que era justo acababa de sacrificarlo. Que banqueros criminales fueron rescatados mientras él fue dejado a la intemperie.

De repente un libro que le habría parecido conspiración paranoia hace seis meses empieza a tener sentido. De repente las ideas sobre cómo el capitalismo crea crisis sistémicas no parecen abstractas. Parecen descripción exacta de lo que está sucediendo en su vida.

Es en ese momento que la idea dormida despierta. Es en ese momento que Carolina y Eduardo pueden encontrarse y hablar el mismo lenguaje.

Gramsci llamaba a las personas que articulaban esas ideas «intelectuales orgánicos.» No eran profesores en universidades. Eran personas que surgían del movimiento mismo. Que podían traducir teoría compleja en lenguaje que las personas podían entender. Que podían conectar la idea abstracta con la experiencia concreta de sufrimiento.

Anderson añade algo más: que la fortaleza de una ideología no está en su complejidad. Está en su capacidad de adaptarse. El nacionalismo es un ejemplo perfecto. Su contenido doctrinal es simple comparado con el marxismo. Pero pudo servir para movilizar a españoles y a alemanes, a irlandeses y a judíos. Pudo ser herramienta de liberación y herramienta de opresión. Pudo adaptarse a lo que cada sociedad necesitaba.

Esa adaptabilidad es lo que hace que una idea sea hegemónica.

El neoliberalismo es el ejemplo moderno. Fue formulado en los años 50 y 60 en pequeños círculos académicos. Friedrich Hayek. Milton Friedman. Gente leyendo teoría económica que a casi nadie le importaba. Estaban escribiendo libros que nadie compraba. Estaban dando conferencias a audiencias vacías.

Pero luego vino la crisis de los años 70. Stagflación. Desempleo. El Estado de Bienestar que funcionaba comenzó a tambalearse. De repente, gobiernos de todo el mundo estaban buscando nuevas ideas. Nuevas explicaciones. Nuevas direcciones.

Y allí estaban. Las ideas dormidas de Hayek y Friedman. De repente parecían respuestas. De repente parecían el único camino posible. De repente Thatcher y Reagan podían implementarlas. Y una vez que comenzaron a implementarlas, la ideología se encarnó en política pública. Se encarnó en salarios bajos. En menos protecciones. En privatización de servicios.

La idea abstracta se convirtió en realidad material.

Pero aquí es donde Anderson y Gramsci se vuelven verdaderamente sabios: dicen que la hegemonía no es simplemente convencer a las personas de que tu idea es mejor. Es convencer a las personas de que no existe otra posibilidad.

Millones de personas alrededor del mundo en 2024 no creen que el neoliberalismo sea justo. Pero creen que es inevitable. Creen que «no hay alternativa.» Esa frase—»There Is No Alternative» (TINA)—fue el slogan de Thatcher. Y se convirtió en sentido común. En hegemonía.

Gramsci sabía que eso es lo peligroso. Que ganar las mentes no es suficiente. Tienes que ganar la sensación de que tu forma de ver el mundo es la única posible. Que incluso aquellos que la odian terminen aceptándola porque no pueden imaginar nada diferente.

Esto es donde la neurobiología y la teoría política convergen. Porque cuando una ideología se convierte en hegemónica, se encarna literalmente en los sistemas nerviosos de las personas. Las personas comienzan a experimentar su visión del mundo como realidad natural. No como construcción social que puede ser diferente.

Una persona bajo neoliberalismo experimentará la precariedad como su responsabilidad personal. Experimentará el desempleo como fracaso suyo. Experimentará la falta de servicios de salud como consecuencia de su falta de dinero, no como falla de un sistema. Su cuerpo vivirá en ansiedad crónica. Su sistema nervioso estará calibrado para competencia perpetua.

Eso es hegemonía verdadera. No simplemente ganar un argumento. Es reorganizar cómo las personas experimentan la realidad misma.

Anderson propone que las grandes transformaciones históricas ocurren cuando dos procesos se alinean: cuando hay crisis material (hambre, desempleo, injusticia visible) Y cuando existe un conjunto de ideas articuladas capaces de explicar esa crisis y ofrecer una dirección diferente.

Sin la crisis, las ideas permanecen dormidas. Sin las ideas, la crisis produce solo caos y sufrimiento sin dirección.

Pero cuando ambas coinciden—cuando los sistemas nerviosos de las personas están desesperados por explicación y existe una narrativa lista para ser recibida—es cuando ocurren los cambios históricos verdaderos.

Imagina a Carolina y Eduardo nuevamente. Es 2024. Ambos han sufrido bajo el neoliberalismo. Ambos están desesperados. Y ambos, de repente, encuentran una narrativa que tiene sentido. No es del marxismo clásico. Podría ser socialism democrático. Podría ser decrecimiento. Podría ser comunalismo. Podría ser cualquier idea que estuvo dormida durante años pero que ahora, en el contexto de crisis climática y desigualdad extrema, comienza a despertar.

Lo importante es que la idea existe. Está articulada. Está lista. Y cuando Carolina y Eduardo la encuentran, sienten: «Ah. Esto explica todo lo que me ha estado pasando. Esto da sentido. Esto ofrece dirección.»

La idea dormida ha despertado.

El problema es que Gramsci sabía algo más peligroso aún: que el sistema actual también tiene sus intelectuales orgánicos. Tiene sus narrativas. Tiene sus formas de mantener la hegemonía. La clase dominante no simplemente oprime con violencia. Oprime con ideas. Con narrativas que hacen parecer inevitable lo que es simplemente elegido.

Y mientras la idea revolucionaria está despertando, la idea hegemónica está defendiéndose. Está adaptándose. Está incorporando críticas para permanecer.

Eso es lo que sucede ahora. Mientras emergen nuevas narrativas sobre un mundo diferente posible, el neoliberalismo está metamorfoseándose. Está adoptando lenguaje de sostenibilidad. Está hablando de «capitalismo consciente.» Está incorporando el lenguaje de cambio para evitar cambio verdadero.

Eso es hegemonía verdadera. No es ignorar la crítica. Es absorberla sin cambiar la estructura fundamental.

La pregunta que Gramsci dejaría para nosotros es: ¿Quién está siendo intelectual orgánico en este momento? ¿Quién está articulando las ideas que podrían despertarse cuando la próxima crisis llegue? Porque llegará. Las crisis siempre llegan.

Y cuando llegue, ¿estarán las ideas nuevas listas? ¿O seguiremos durmiendo, soñando que otro mundo es posible, mientras el viejo mundo simplemente se adapta?

La respuesta depende de si estamos haciendo el trabajo ahora. De si estamos escribiendo. Pensando. Articulando. Creando intelectuales orgánicos que puedan traducir la teoría en lenguaje vivo. De si estamos construyendo hegemonía alternativa antes de que la crisis llegue.

Porque cuando llegue, será demasiado tarde para comenzar.

Las grandes transformaciones históricas ocurren cuando la crisis material se encuentra con la idea articulada.

Sin crisis, las ideas duermen.

Sin ideas, la crisis es solo caos.

Pero cuando ambas coinciden —cuando el sistema se quiebra y existe una narrativa lista para explicar la quiebra— es cuando el mundo cambia.

La pregunta ahora es:

¿Quién está siendo intelectual orgánico en este momento?

¿Quién está articulando las ideas que despertarán

cuando la próxima crisis llegue?

Porque llegará.

Y si las ideas nuevas no están listas,

el viejo mundo simplemente se adaptará.

Y seguiremos aquí.

Creyendo que otro mundo es posible mientras el mismo mundo continúa.

 

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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