Camilo Escalona ha muerto.
A los 71 años, después de enfrentar durante largo tiempo un cáncer que le fue diagnosticado en 2024 y que hizo público recién este año, terminó su última batalla.
El Partido Socialista está de duelo, pero su muerte trasciende largamente las fronteras de su colectividad. Chile pierde a un dirigente que fue protagonista de algunos de los momentos más difíciles y decisivos de nuestra historia política reciente.
Camilo estuvo marcado por la historia desde muy joven. Militante socialista, dirigente estudiantil, perseguido después del golpe de Estado de 1973 y obligado al exilio, regresó clandestinamente a Chile para incorporarse a la lucha por recuperar la democracia.
Conoció la persecución, el exilio y la pérdida de compañeros. Sin embargo, cuando llegó el momento de reconstruir la convivencia democrática, comprendió que Chile necesitaba algo más que memoria y resistencia: necesitaba acuerdos.
Esa fue, probablemente, una de las características centrales de su trayectoria política.
Junto a dirigentes provenientes de distintas tradiciones, particularmente socialistas y democratacristianos, contribuyó a construir los entendimientos que hicieron posible la recuperación de la democracia y posteriormente los gobiernos de la Concertación.
No significaba renunciar a las convicciones ni olvidar lo ocurrido. Significaba comprender que ninguna fuerza política podía atribuirse por sí sola toda la razón y que Chile necesitaba reencontrarse después de años de dolor, persecución y profundas divisiones.
Camilo fue parte fundamental de esa generación.
Los socialistas pierden hoy a uno de sus dirigentes históricos, un hombre que tuvo un papel decisivo en la reconstrucción de un partido que había sido perseguido, dividido y duramente golpeado por la dictadura. Fue diputado, senador, presidente del Partido Socialista y presidente del Senado. Pero los cargos, por importantes que hayan sido, no alcanzan para explicar completamente su trayectoria.
Camilo me honró con su amistad.
Fuimos colegas en la Cámara de Diputados y trabajamos juntos en la Comisión de Educación. Allí conocí directamente su preocupación por una materia que consideraba fundamental para el futuro de Chile.
Muchas veces conversamos sobre una convicción que compartíamos: sin una educación de calidad y accesible para todos, las desigualdades terminan reproduciéndose generación tras generación. Para Camilo, la educación no era simplemente un tema legislativo; era una herramienta de transformación social.
También estuvo varias veces en San Antonio. Nunca fue difícil conseguir que aceptara una invitación para venir al puerto, conversar con sus dirigentes o encontrarse con su gente.
Lo recuerdo también después del terremoto del 3 de marzo de 1985. Eran tiempos en que cualquier actividad política podía significar persecución. Su solidaridad y su ayuda estuvieron presentes sin publicidad ni protagonismo. Eran otros tiempos, cuando muchas cosas importantes debían hacerse en silencio.
Camilo tuvo carácter. Fue polémico, duro en la discusión y firme en sus convicciones. Naturalmente, también cometió errores y enfrentó controversias, como cualquier dirigente que haya participado durante décadas en la primera línea política. Pero incluso quienes estuvieron lejos de sus ideas reconocieron en él una vocación política difícil de desconocer.
En tiempos en que la política parece fragmentarse cada vez más y el adversario comienza a ser tratado como enemigo, vale la pena recordar aquella capacidad de dialogar sin abandonar las propias convicciones.
Quizás allí se encuentre una parte importante de su legado.
Hasta hace pocos meses continuó preocupado por Chile y por el futuro de su partido. La enfermedad avanzaba, pero su interés por la política y por el destino del país permaneció intacto.
Hoy terminó su última batalla.
A Jimena, a su familia, a sus compañeros socialistas y a quienes compartieron con él tantos años de vida política, mi afecto y mis condolencias.
Yo prefiero despedirlo recordando al Camilo que conocí: directo, apasionado, discutidor, profundamente político y siempre convencido de que Chile podía ser un país mejor.
Hasta siempre, amigo Camilo.



