Mujeres en situación de discapacidad y su lucha contra el patriarcado

columna

La vida de Isidora comenzó hace 24 años, un 14 de mayo. Ese día sus padres se enteraron que “La Isi” había nacido con una extraña enfermedad neurológica incurable, que comprometió el normal desarrollo de su cuerpo, y la llevó de por vida a vivir en situación de discapacidad.

Lo que vino después ha sido una historia colmada de amor y contención familiar, pero también de mucho dolor y tristeza.

Y es que pese al cuidado y cariño que siempre ha recibido de sus familiares y entorno cercano, Isidora se ha sentido una mujer invisibilizada ante los ojos prejuiciosos de una sociedad machista, sexista y opresora.

Isidora ha tenido que moverse en un espacio de poder, reconocido como patriarcado, que provoca desigualdad entre los dominadores, los hombres; y las subordinadas, las mujeres.

Sería esperable que los cuerpos de las mujeres con discapacidad fueran acogidos en las luchas de emancipación, como un ícono de la afrenta a la propia norma, y como un sinónimo de subversión y rechazo a la lógica neoliberal y de mercado.

Esta realidad, con doble mirada (sumisión y opresión), se evidencia en la existencia de similitudes entre los significados sociales atribuidos a los cuerpos femeninos y a los cuerpos con discapacidad.

Tanto el cuerpo femenino como el de mujeres en condición de discapacidad se consideran históricamente inferiores. Lo que se define a partir de una lógica social, cultural y económica, y, por tanto, se categorizan desde una norma o principio donde se impone la discriminación y la violencia de género.

Esta narrativa, que intenta separar lo femenino de la discapacidad, nunca ha dejado de ser común.  Tales nexos se basan en la idea socialmente naturalizada de la discapacidad como cuerpo biológico disfuncional y socialmente invalidado. La construcción de esta realidad tiene consecuencias graves y cotidianas.

Ejemplos hay muchos. Uno de ellos son las constantes preguntas sobre la sexualidad de las mujeres con discapacidad: ¿pueden tener sexo, sienten placer, alguien las podrá amar?

Estos cuestionamientos ilustran todo lo que se refiere al relato de lo femenino. Pero, además, choca con la realidad de las mujeres con discapacidad, consistente en un juicio de imposibilidad social de existencia, e indica la representación de lo contrario a la autodeterminación, la autonomía y el buen vivir.

La incomprensión sobre el tema y el reforzamiento de la idea de infantilización, obstáculo y oposición al libre albedrío, desvían la atención de que muchas mujeres adquieren impedimento por haber vivido la violencia de género y, aún más, en el espacio reservado a las mujeres en situación de discapacidad.

Esto lleva a la conclusión de que, si bien la discapacidad es un cuerpo extraño en una sociedad desigual, es sustancialmente un amigo cercano pero ignorado de las denuncias del patriarcado.

En Chile, no hay espacios para discusiones sobre lo que representan los cuerpos de las mujeres con discapacidad, o lo que experimentan de otra manera, a través del cuidado de sus hijos o hijas.

Fruto de ello, al final, son estas mujeres las que sufren violencia de género y llevan adelante sus vidas vinculadas, en muchos casos, con el abandono, la muerte, el despojo. Encabezando la lista de los abusos y las violaciones, arbitrariamente justificadas por la idea vulgar y egocéntrica de la caridad.

Sería esperable que los cuerpos de las mujeres con discapacidad fueran acogidos en las luchas de emancipación, como un ícono de la afrenta a la propia norma, y como un sinónimo de subversión y rechazo a la lógica neoliberal y de mercado.

La voz de María Julieta Kirkwood (impulsora del movimiento feminista de Chile en la década de 1980) ofrece luces florecientes:

“La praxis política de las mujeres en tanto proceso y proyecto debiera ser el acto de negación permanente de aquello que se interpone a su liberación; negación de los mecanismos que reproducen su alienación y, al mismo tiempo, negación de todo aquello que constituyó el origen o génesis de la subordinación genérica de la mujer”. (Ser política en Chile. Las feministas y los partidos).

Necesitamos llevar la discapacidad al centro de las discusiones feministas como agenda porque, en primer lugar, se basa en injusticias sociales y el patriarcado.