La locura nuestra de cada día

Columna

La normalidad no existe, solo es un promedio en el comportamiento de las personas y de las sociedades. Si se escarba un poco en la psique de todo sujeto (individual o colectivo) no tardaremos en encontrar algún forado por donde esta se escapa. En otras palabras, a todos se nos gotea el techo por alguna parte o bien alguna teja no está bien colocada y por ahí entran o salen las ideas raras que, si bien alteran nuestro comportamiento tal vez en más de un momento, al no ser habituales tampoco alteran el promedio y no nos alejan de la normalidad.

Pero hay situaciones que pueden considerarse hitos y que hacen historia. Marcan al que las padece y pueden llegar a ser la causa de una genialidad que cuesta deglutir cuando nos enteramos donde estuvo su raíz, o bien porque esa genialidad derivó en una mayúscula locura.

Benjamin Labatut es un genio en el modo y con la prosa que describe y trata el fenómeno de la locura y lo que se asocia o puede asociarse a ella. En dos de sus obras, “Un terrible verdor” y “La piedra de la Locura”, ambas de Anagrama, nos sorprende con las formas que ella puede tomar o en lo que puede derivar.  En la segunda obra, le dedica unas páginas a la revuelta, nuestra propia locura, nuestra corta revolución de octubre. No he leído una mejor síntesis, ni una observación más certera que esta. “La piedra de la locura” no pasa de ser un opúsculo, pero sus páginas son intensas y deslumbrantes y las líneas que dedica a lo que derivó del eslogan “nos son treinta pesos sino treinta años” son todo un ejemplo. Les comparto algunas de ellas:

“…A pesar de su intensa potencia, nuestra deslumbrante revolución tuvo una cualidad muy especial: carecía de una narrativa central. Representó algo distinto para cada persona. Su naturaleza amorfa hizo que fuera capaz de adoptar casi cualquier significado. Al no estar definida, lo contuvo todo. Aunque eso le dio una escala colosal y una fuerza inaudita, también socavó el proceso, porque nadie estaba seguro de por qué estábamos luchando, por qué habíamos llegado a ese punto de inflexión y cómo íbamos a salir adelante. El país parecía mutar de un día a otro, y las demandas sociales eran tan amplias, variadas e indefinidas que la elites económicas y políticas que habían acaparado el poder tan cómodamente durante tres décadas se vieron de súbito indefensas, débiles e incapaces de responder al coro de voces que clamaba a gritos por una transformación rápida y radical.

Hoy solo quedan resabios, sobrevivientes del contagio que ya estaban contagiados antes que la locura se manifestara. Son periodistas, opinólogos con cámara o micrófono y parlamentarios que hacen noticia por algo que la prensa ha normalizado tal vez por rating, ventas o quizás que aviesas razones: propagar la estupidez.

Ebrios de furia, borrachos por nuestro deseo de cambio, fue como si hubiésemos desenterrado la torre de Babel, de pronto todos hablábamos en lenguas distintas, incapaces de comunicarnos los unos con los otros excepto a través del leve temblor que sentíamos por debajo de nuestros pies, un estremecimiento que recorría el suelo y que hacía que todo se moviera, al igual que si hubiésemos invocado, con nuestros cánticos y plegarias, a un titán dormido, un cíclope que estaba sacudiéndose el país de la espalda a medida que se ponía de pie.

El movimiento de protesta no tuvo una sola causa, ni un principio guía, ni un líder, ni siquiera un simple eslogan detrás del cual todos pudiéramos reunirnos, salvo por esa frase, que coreábamos sin parar, pero que rápidamente adquirió tintes siniestros: “¡Chile despertó! ¡Chile despertó! ¡Chile despertó!” Si, Chile había despertado, pero ¿qué vimos una vez que nuestros ojos se acostumbraron a esa luz deslumbrante? Un confuso entramado de violencia y esperanza, un reflejo del presente en cambio continuo, un fulgor que desafiaba el sentido común porque se había fragmentado en demasiadas perspectivas. A medida que las personas grababan y compartían las escenas de la primavera chilena con sus teléfonos celulares, mediante el inmenso volumen de información que producían de un minuto a otro, una nueva imagen de nuestro país.

Pero ¿cuántas personas habiendo visto esa imagen, no desearon más que volver a dormir y regresar a la tranquilidad del sueño? No había ninguna forma clara de unir todas las chispas y aglutinar las múltiples conflagraciones en un frente de llama coherente, porque lo que estaba pasando era algo nuevo – pero avivado, a la vez, por lo pecados, los abusos e iniquidades de nuestro pasado reciente – que no lográbamos comprenderlo. No fue un golpe de Estado, no fue una insurrección armada, ni tampoco fue producto, como sí lo había sido antes, del esfuerzo de países extranjeros que buscaban derrocar nuestro Gobierno. ‘Estallido social’, fue como la llamaron los medios, porque esa era la única cosa que sabíamos con certeza: había sido una explosión, un apocalipsis, un gigantesco surgimiento de una vitalidad primordial, lovecraftiana, nutrida por ese extraño reflujo a través del cual las energías reprimidas se cuelan en el presente, trayendo de vuelta todas las cosas que hemos decido esconder, olvidar o negar. Fue una maravilla, una especie de milagro que desafió todas las interpretaciones, y que borró la lógica prevalente de un instante. Un big bang chileno. Nuestra propia singularidad”. (La piedra de la Locura, Anagrama, pgs 28 y ss.)

La locura pasó, la apagó la pandemia, el tiempo, el proceso constituyente, las razones que cada uno quiera encontrar. Hoy solo quedan resabios, sobrevivientes del contagio que ya estaban contagiados antes que la locura se manifestara. Son periodistas, opinólogos con cámara o micrófono y parlamentarios que hacen noticia por algo que la prensa ha normalizado tal vez por rating, ventas o quizás que aviesas razones: propagar la estupidez.