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Voto obligatorio, democracia, demagogia y TikTok

La Democracia es hasta que duela. Duele porque no es un trámite cada 4 años. Es informarse, leer, discutir, equivocarse y responder por lo que elegiste. La frase incomoda porque desarma el mito del voto rápido y sin consecuencias, y las hay.

El voto obligatorio nace con buena intención: que nadie quede fuera. Pero la paradoja es ¿qué tan democrático es forzar a alguien a decidir sobre el futuro de millones cuando no conoce ni a los candidatos ni el plan de gobierno? La libertad sin criterio se vuelve ruleta, solo emoción.

Surge así la demagogia, que es el atajo perfecto para esa ruleta. El demagogo no pide análisis. Pide aplauso. Habla de «el pueblo», de enemigos fáciles, de soluciones mágicas. No construye comunidad, construye hinchada. Y funciona, porque mucha gente vota al más popular, no al que propone.

Está claro que el problema no es el voto obligatorio en sí. El problema es la participación obligatoria sin formación previa. Una democracia sana no se mide por el porcentaje de asistencia a las urnas. Se mide por cuántos ciudadanos entienden qué es «hacer comunidad» antes de marcar un casillero.

Si duele, que duela por pensar. No por arrepentirse después.

Hay quienes están de acuerdo con que el voto debería ser voluntario y los que creen que sin obligación la abstención mataría la democracia. Ahora que no se ven elecciones a la vista, sería la oportunidad de analizar el voto obligatorio y las multas que se aplican, lejos de la inmediatez de legislar con prisa.

Pero la demagogia en los tiempos que corren deja de ser teoría cuando vemos cómo se usa en la práctica. Es el mismo patrón de emoción vs propuesta; enemigo fácil vs debate complejo y popularidad vs programa.

Entonces aparece el líder que se presenta como la única solución. Descalifica instituciones, partidos, expertos.  Reduce problemas complejos a un culpable. Inmigrantes, banqueros, medios, «la casta». Así evita explicar políticas públicas.

En EE.UU. en los años 50, Joseph McCarthy reducía todo problema a «comunistas infiltrados». No hacía falta discutir economía o política exterior.

Hace una década, el Brexit usaba el eslogan «Take back control» y se culpaba a la UE de todos los males del Reino Unido. Era popular, sonaba a solución ofrecer lo que la gente quiere oír sin explicar el costo. Duele menos que decir «esto va a tardar y costar».

Y este ejemplo suena más actual. Silvio Berlusconi en Italia, 1994, ganó prometiendo «Un contrato con los italianos»: bajar impuestos, crear 1 millón de empleos, limpiar la corrupción. Todo en 1 mandato. Ganó por la promesa, no por el cómo.

Todos estos casos funcionan mejor con votantes obligados o desinformados. Si no entiendes «hacer comunidad», te quedas con el eslogan. Si votas porque toca, no porque elegiste, gana el más popular y el que grita más fuerte.

En todo caso, la demagogia no es de izquierda o derecha. Es una técnica. La usó un senador en EE.UU. en 1950, un magnate en Italia en 1990 y la vemos hoy en TikTok.

La gente elige emoción, no busca saber lo que implica expulsar 300 mil migrantes. Necesita escuchar promesas, luego el que gana la presidencia no reconoce el compromiso, no importa. Lo escuchó o vió en TikTok, 15 segundos le bastan para formarse opinión y hundirse en el  fango.

El Senado puede plantearse revisar el voto obligatorio. Con el voto voluntario ganó la derecha y la izquierda, el centro también. Los extremos de TikTok no juegan a favor de la democracia.

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