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Las mascotas de Capistrano o Tolentino

Es verdad. Llamarse Capistrano o Tolentino nos lleva a los inicios del siglo pasado. Más. En el caso de Doñihue lleva a mi generación a recordar a dos personajes de reconocida trayectoria y que de alguna manera marcaron su pasaje por esta vida por el cariño que tenían por sus animales.

Y no se trata de caballos ni vacunos, son simplemente sus perros. Fieles, cariñosos, viejos.
El “Gorila”, por ejemplo, de la familia de Tolentino Quiroz fue quizás el perro más longevo del pueblo o al menos de la calle Delfín Carvallo. Chico, nariz chata, regalón de cuanto niño se acercaba a hacerle cariño en su cabeza también arrugada por los (se decía) 20 años de correría por las antiguas calles de tierra.

La “Fanny”, por su lado, se comentaba que tenía ese nombre por causa de una pelea entre don Juan Capistrano Peñaloza y alguien de ese nombre. Pero si lo hizo para mostrar rabia, le salió el tiro por la culata. No existía perrita más fiel que la Fanny. Salía don Juan Capistrano a visitar a algún amigo o servirse un chacolo y encontrarlo no requería mayor sacrificio. Ahí estaba la Fanny esperándolo para acompañarlo a su casa.

El Gorila, entretanto, era más callejero que la Fanny. Tenía también más de un hogar donde alimentarse. Todas las casas le servían. Nunca le faltó un hueso carnudo en tiempos en que alimentos envasados eran cuentos de ficción.

¿Pets? ¡Por favor!. Perros. Con P mayúscula. Nada de palabras en inglés ni menos cartelitos siúticos en locales comerciales que los aceptan con la frase “Pets friendly”. Al contrario. Quiltros, si señor. Queridos, queribles, inolvidables

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