Lo que hoy se consolida en el paisaje político de Estados Unidos y reverbera a nivel global no es conservadurismo, sino una forma mutante y posmoderna de fascismo. Este fenómeno trasciende el populismo autoritario para erigirse como un proyecto político que, nutriéndose de mitologías ancestrales y de una hybris desinhibida, busca derribar sistemáticamente los pilares de la civilización democrática: el Estado de derecho, el pluralismo y la protección del débil frente al fuerte.
Su núcleo es un culto compensatorio que fusiona unidad, energía, pureza y una masculinidad beligerante. Se alimenta de la obsesión por el declive y la humillación percibida de un grupo—generalmente definido por la raza, la religión y el género—, descargando el malestar sobre chivos expiatorios convenientes: inmigrantes, mujeres, minorías, intelectuales. La promesa es una transfiguración alquímica colectiva: convertir la vergüenza en un orgullo redentor, la fragilidad en una fantasía de impenetrabilidad sobrenatural. Los símbolos no son accidentales: la iconografía que reinventa a un líder envejecido como un superhéroe de cómics, o los disfraces de guerreros y bestias que invadieron el Capitolio, son parte esencial de un exorcismo ritual que niega la realidad y construye una lógica alternativa.
Este movimiento encarna un arquetipo de poder demoníaco, un principio de desvergüenza elevado a virtud. Su estrategia es una neuropolítica del terror que secuestra los mecanismos del miedo mientras sofoca activamente la “alarma moral” de la vergüenza. Su herramienta maestra es la corrupción del lenguaje—una guerra semántica donde “democracia” se vacía para autorizar el saqueo, y “captura” encubre el secuestro. Es el régimen de la posverdad, donde la falsedad se propaga más rápido que los hechos y la transgresión ética se diluye en un flujo informativo constante. La figura central personifica un analfabetismo moral radical: la incapacidad fisiológica de sonrojarse, que se traduce en una declaración de impunidad. Al proclamar sin pestañear que las corporaciones “se harán cargo” del petróleo de naciones soberanas, muestra la lógica desnuda de una Doctrina del Saqueo Sostenible, donde la extracción de riqueza se legaliza mediante instituciones capturadas.
La obsesión por la pureza se expresa también en un natalismo eugenésico y en un patriarcado armado que promueve rígidos binarios de género, desprecia lo feminizado—desde la compasión hasta las artes—y sueña con una nación blanca, cristiana y dominante. No se trata de conservar un orden, sino de destruirlo para imponer otro. El objetivo es la limpieza interna—mediante agencias que deportan y encarcelan—y la expansión externa—mediante amenazas y operaciones de despojo contra naciones vecinas y lejanas.
Frente a esta hybris, la resistencia ética y política encuentra su metáfora más poderosa en el sonrojo: esa señal auténtica e irreproducible del cuerpo que traiciona el reconocimiento de una transgresión. A nivel civilizatorio, el equivalente son los mecanismos de contención multilateral—sanciones, aislamiento diplomático, condenas unánimes—que actúan como el rubor institucionalizado de la comunidad internacional. La esperanza reside en tejer redes tentaculares de solidaridad, policéntricas y flexibles, que disputen el sentido común y reinstauren la verdad como trinchera común.
Nombrar a este fenómeno con precisión—fascismo, híbrido de mito y desvergüenza—es el primer paso del exorcismo. El segundo es rechazar el analfabetismo moral y recuperar la vergüenza como brújula ética y fuerza política. El tercero es recordar que, frente a dioses sedientos de sangre y oro, existen cosmovisiones alternativas basadas en la reciprocidad, el cuidado y la tierra como pariente, no como botín. Mientras un ser humano pueda sonrojarse ante la injusticia, o una institución actuar contra la impunidad, la defensa de la civilización conserva su señal más auténtica: la memoria corporal y colectiva que sabe distinguir entre la dignidad y la barbarie. La lucha no es por la polarización, sino por la definición misma de lo humano en un planeta fracturado.
Humberto Del Pozo López es Magister en ciencias económicas y sociales Universidad Católica de Lovaina, Magister en Psicología Universidad Nacional Autónoma de Mexico.


