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¡Más nos merecemos Señor!

Los años 70 transcurrieron para mí entre las obligaciones que nos imponían los estudios – donde hacerle el quite hasta el minuto de la desesperación por el deber no cumplido era el pan de todos los días – y la televisión, que era el gran causante de la maldita procrastinación.

Instalada ahí, en el living de la casa, con las inmensas 23 pulgadas que ocupaban la mayor parte del mueble destinado al efecto, era el tremendo atractivo, que decir de esos integrados a un mueble que daba mayor categoría y que para la época, rayaba en la ostentación.

En aquellos años querer ver la televisión era tan inevitable como lo son ahora las redes sociales, con la diferencia que uno no podía llevar el televisor a todas partes. Y como éramos un país subdesarrollado, el gran atractivo que tenía, por lo menos desde mi punto de vista, eran las películas que llegaban empaquetadas de las grandes distribuidoras, que cobraban barato a los canales nacionales porque era la última chaucha que le sacaban a sus producciones y donde se mezclaban clásicos de todos los tiempos con actores como Boris Karlof y Vincent Price representativos del cine de terror, Humphrey Bogart del cine Negro, Ed Wood y un moribundo Bela Lugosi, de las películas de bajo presupuesto y todas las estrellas de la edad de oro de Hollywood, donde los estrechos vestidos de Marilyn o los suéteres insinuantes de Lana Turner apuraban el paso de mi niñez a la adolescencia..

Clásico de clásicos eran los Western. Y clásico de clásicos en este género, era el típico argumento del ranchero adinerado, dueños de grandes extensiones de tierras que no satisfecho con lo que tenía, pretendía hacerse de las tierras de los pequeños rancheros de la zona a quienes, sin piedad ni respeto por la moral o la ley, los despojaba de ellas sea por la amenaza de muerte, el asesinato alevoso o la compra de sus terrenos a precio vil.

El desprecio por este abusador nos embargaba profundamente, pero sabíamos que en algún momento aparecería el jovencito de la película que vendría a poner justicia contra el abusador para finalmente hacerlo morder el polvo de la derrota.

El malo, en esas películas, era un malo arquetípico y el bueno, lo era más que el pan y el cine hollygudense ensalzaba esas imágenes y hacía prevalecer el bien por sobre el mal.

Pero todo cambia, esa época romántica desapareció y lo peor es que lo estamos viviendo. Y a tal nivel ha cambiado, que, como dice Joaquín Sabina en una de sus canciones, en las películas de ahora, ya nunca ganan los buenos.

Y la ficción se toca con la realidad, allá por el norte donde se desarrolló el cine como entretención, donde cada película te dejaba la moraleja de que el delito no paga o que el largo brazo de la ley llega a todas partes, apareció un rubio obeso, al más puro estilo del malvado terrateniente de la viejas películas, ostentando su poder, haciendo todo lo que aquel cine condenaba, y, además, haciéndolo sin pudor y abiertamente: Yo no intervengo en los países para defender la democracia o para defender a la minorías sometidas, ni invento cualquier causa altruista.

No, lo hago porque conviene a mis intereses, porque quiero apropiarme de sus recursos, porque no quiero que negocien con otros y particularmente los que conforman mi patio trasero deben bailar al son de la música que yo coloco y en esto no hay tu tía.

Y esto no es película, es la más cruda realidad, tampoco lo dice subliminalmente o en forma oblicua, no, lo hace directamente, sin empacho y por escrito. Y hay quienes, servilmente, adhieren con su firma a lo que de esta manera impone.

No desconocemos que antes había cierta adhesión al gran hermano, una postura acrítica, que se expresaba en la diplomática forma de mirar para el lado, o guardar estratégico silencio, salvo algunos casos honrosos y memorables (pongamos que estoy hablando del presidente Lagos y su sonoro no al presidente Bush o del presidente Allende cuando en respuesta a Nixon le expresa claramente que no hay identidad fundamental, entre los intereses de los Estados Unidos y América Latina”).

Pero ahora, sabiendo y conociendo los antecedentes fundamentalmente morales por destacar solo esto del rubio mandamás norteamericano, sumisamente se adhiere y acepta la llamada doctrina “Donroe”. Así, nuestro “inamible” presidente adhiere a una dudosa alianza, sin promesa siquiera de alguna zanahoria, sólo por identidad ideológica, que deja sujeto a nuestro país al tristemente célebre Comando Sur de EEUU y su tenebrosa Escuela de las Américas.

Aceptamos que se nos tilde de fáciles por un bocón embajador y nos justificamos en que no se podía hacer otra cosa frente a la presión de EEUU. Aceptamos el servilismo humillante, le golpeamos la espalda. Increíble, nos comportamos frente al águila negra como si padeciéramos el síndrome de la mujer golpeada. Sólo nos falta decir, ¡más nos merecemos señor!

Por la cresta, ¡¿Dónde está el fucking jovencito de esta película?!

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