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La Tribulación

Vivimos en el mundo una tribulación. No es una guerra declarada ni una catástrofe única, sino algo más sordo y persistente.

Se siente en la calle: la gente apurada, el sueldo que no alcanza, las noticias que se pisan unas a otras. Guerras lejanas que se vuelven cercanas en la pantalla, el clima que ya no obedece calendarios, la política convertida en trinchera.

Pero la tribulación más honda no está afuera. Está en ese cansancio interior que casi nadie nombra. La verdad se hizo opinable, la comunidad se fragmentó en pantallas, y quedamos conectados a todo y arraigados a nada.

Los antiguos llamaban _tribulum_ a aquel rodillo con púas que trituraba el trigo para separar el grano de la paja. No era un castigo, era un proceso. Dolía, sí, pero revelaba lo esencial.

Quizás eso es lo que estamos viviendo. Un tiempo que nos trilla. Que nos sacude fuerte para ver qué queda en pie cuando caen los discursos, el ruido y el consumo.

La pregunta, entonces, ya no es si estamos en tribulación. La pregunta es qué parte de nosotros es grano y qué parte era solo paja.

Y para quienes miran desde la fe, esto no es nuevo. Ya estaba anunciado.

En la tradición cristiana, la tribulación no es solo sufrimiento humano. Es un tiempo profético. Jesús habló de «días de aflicción cual no la ha habido desde el principio» (Mc 13,19). Juan, en el Apocalipsis, vio «una gran muchedumbre que venía de la gran tribulación» (Ap 7,14).

No se trata de miedo, sino de discernimiento. La Biblia nunca presenta la tribulación como el fin, sino como el umbral. Como los dolores de parto: anuncian que algo va a nacer.

Por eso el creyente no mira este tiempo solo como crisis política, ecológica o social. Lo mira como un tiempo de purificación. El _tribulum_ de Dios también separa el trigo de la cizaña, pero no en el campo ajeno, sino en el propio corazón.

Mientras el mundo pregunta «¿cuándo terminará esto?», la fe pregunta otra cosa: «¿quién estoy siendo mientras esto dura?».

Porque al final de toda tribulación bíblica, siempre aparece lo mismo: un resto fiel, un grano limpio, una humanidad nueva que aprendió a esperar.

Imagen generada por IA

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