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Bajo la sal y el viento, las riquezas de Chile que la megareforma no alcanzó a ver

(Porque una reforma tan mega no podía fijarse en nimiedades como el litio, el hidrógeno verde o la inteligencia de su pueblo)

La megareforma se anunció en un salón con olor a café recalentado y a traje recién planchado. Afuera, la cordillera seguía ahí, indiferente, con su espalda de nieve sucia y sus grietas llenas de cobre viejo. El gobierno habló de recuperar la inversión, los gremios de competitividad, la oposición de agujeros fiscales. Todo el debate se redujo a una sola pregunta, repetida hasta el agotamiento: si la rebaja del impuesto corporativo, la invariabilidad y los permisos más veloces bastarían para que Chile volviera a crecer. Nadie miró hacia la ventana. Nadie mencionó lo que había bajo la tierra, ni lo que titilaba en el cielo del norte, ni lo que las aguas frías del sur estaban criando en silencio, ni el viento que sopla eterno sobre la estepa patagona cargado de una promesa invisible.

Mientras en el Congreso se discutían planillas y plazos, las minutas del Banco Central insistían en otro asunto, más incómodo, como un rumor de rajadura en la loza: la debilidad del crecimiento potencial, el estancamiento de la productividad. Dos diagnósticos distintos, como dos animales que no terminan de olerse. La política partía del supuesto de que atraer inversión es suficiente, como si el capital fuera agua y la economía un terreno seco. El Banco Central advertía, en cambio, que el problema no es la sed, sino la capacidad misma de beber y transformar el agua en tejido vivo.

La megareforma aprobó también un diagnóstico: la fe en que la inversión basta. Una fe que supo describir los años de la hiperglobalización, cuando las mercancías corrían por el planeta como ratas por una tubería, pero que hoy resulta insuficiente para explicar la economía real. Porque hay inversiones que solo hinchan la capacidad instalada, y otras —más raras, más lentas, casi secretas— que generan conocimiento, fortalecen proveedores, difunden innovación, elevan lo que seremos capaces de hacer mañana. El crecimiento de largo plazo depende menos del volumen de capital que de las capacidades que ese capital consigue construir. Es una arquitectura generativa, una máquina de producir nuevas máquinas, nuevas preguntas, nuevas maneras de ver.

Esa arquitectura no se sostiene solo con cemento, normas o silicio. En su centro más oscuro y más blando depende del potencial creativo de las personas y de las condiciones para desplegarlo. Aquí habla el materialismo histórico, aunque lo haga en voz baja: la base real de cualquier economía no son los impuestos ni los permisos, sino el trabajo vivo que reproduce la existencia, el cuidado que sostiene a quienes producen, el conocimiento que transforma la naturaleza en riqueza. Las fuerzas productivas decisivas del siglo XXI no son el cobre ni el litio en bruto, sino la inteligencia social, la capacidad de cooperar, la creatividad que nace de cuerpos cuidados y mentes que tuvieron tiempo para el juego y la pregunta. Desatender esa base equivale a construir un rascacielos sobre arena: lo que parece victoria en la superestructura política —una reforma aprobada, un titular celebrado— se desmorona cuando la tierra se mueve. Una sociedad no innova por decreto: innova cuando ha invertido durante décadas en el cuidado y el desarrollo integral de su gente, desde el primer llanto hasta la última curiosidad, generando las seguridades que liberan la imaginación del apremio cotidiano. Sin ese cuidado previo, sin esa paciencia de sembrar en la carne y en el vínculo, las brechas de talento se vuelven cicatrices antes de que el sistema escolar intente maquillarlas.

Por eso, una auténtica estrategia de desarrollo exigiría pilares que la megareforma ni siquiera nombra. El primero es un sistema de cuidado universal que garantice el desarrollo desde la gestación y la primera infancia: la calidad del apego, la nutrición, el juego, la palabra durante los mil días en que se moldea, como arcilla húmeda, la futura creatividad. Sin ese piso, los niños y niñas de los cerros de Valparaíso, de los blocks de Bajos de Mena, de las casas de madera de Chiloé, llevarán para siempre una deuda cognitiva que ninguna universidad podrá cobrar.

El segundo pilar es una economía del cuidado que redistribuya el tiempo y las oportunidades. Mientras las tareas de crianza y sostenimiento de la vida recaigan sobre las mujeres, Chile dilapida la mitad de su inteligencia disponible. El materialismo histórico enseña que el modo de producción no se juega solo en la fábrica o la oficina, sino en la organización social del trabajo doméstico y reproductivo. Un sistema que desfamiliarice y desfeminice esa responsabilidad —con servicios públicos, licencias simétricas, jornadas que permitan cuidar sin penalización— no es solo justicia: es la primera política de productividad del siglo, aunque ninguna planilla Excel sepa medirla.

El tercer pilar consiste en reimaginar el sistema educativo como un continuo de desarrollo del potencial creativo. No se trata de añadir horas de matemáticas, sino de transformar la experiencia de aprender —desde la sala cuna hasta el doctorado— para cultivar la curiosidad, el pensamiento crítico, la colaboración y la capacidad de formular preguntas antes que de repetir respuestas. Una fuerza laboral creativa no surge de currículos estandarizados, sino de entornos que premian la exploración, toleran el error y conectan el conocimiento con proyectos de vida que tengan sentido, que huelan a real.

El cuarto pilar es un ecosistema institucional y cultural que reconozca el cuidado y la creatividad como bienes públicos: protección social que asegure un ingreso durante las transiciones, ciudades diseñadas para el encuentro y no para la extracción, derechos laborales que den la estabilidad suficiente para innovar sin miedo, y una arquitectura público-privada que financie el riesgo en las etapas tempranas de ideas que el capital convencional no sabe evaluar, porque no huelen a rentabilidad inmediata sino a futuro incierto.

Ahora bien, Chile guarda, en su geografía extrema, sectores donde esa arquitectura generativa podría encarnarse con una fuerza inédita. En el desierto de Atacama, bajo la costra de sal más árida del planeta, duerme el litio: no el commodity que se despacha en camiones a los puertos, sino la promesa de una industria electroquímica propia, de baterías diseñadas en el norte, de conocimiento sobre sales y energía que ningún tratado de libre comercio puede importar. Pero el litio no entregará su secreto a quien solo sabe extraer. Requiere una población capaz de investigar, de esperar, de cuidar los salares como se cuida un cuerpo vivo. Requiere exactamente los cuatro pilares que la megareforma ignora.

En esos mismos cielos del norte, donde la atmósfera es delgada como una membrana, Chile posee la mejor ventana astronómica del planeta. Los observatorios internacionales se agolpan en el desierto no por azar, sino porque allí la noche es más profunda y más quieta. Sin embargo, hasta ahora hemos sido los porteros del universo, no sus intérpretes. Transformar esa ventaja en un ecosistema de astrofísica, óptica de frontera, ciencia de datos y servicios tecnológicos asociados exige cerebros formados en la curiosidad y no en la repetición, exige universidades que dialoguen con los telescopios, exige una sociedad que valore la pregunta más que el resultado. Exige, otra vez, lo que nos falta.

En el extremo sur, donde el viento barre la estepa sin pedir permiso y las rachas doblan los árboles como si fueran de goma, se esconde otra riqueza que no se ve ni se toca, pero que podría cambiarlo todo. Es el hidrógeno verde, parido no por el sol, sino por el viento incansable de Magallanes. Allá, turbinas eólicas especialmente diseñadas para capturar esas corrientes brutales —hélices reforzadas, torres que se inclinan como juncos, rotores que bailan con las ráfagas en lugar de resistirlas— pueden alimentar electrolizadores que separen el agua en oxígeno y en un gas que arde sin ensuciar. Exportar hidrógeno verde desde el fin del mundo no es solo un negocio de energía: es convertir el aullido de la Patagonia en combustible para barcos, en amoníaco para fertilizantes, en independencia energética. Pero para que esa promesa no repita la maldición del salitre, para que no sea otro recurso que se va en bruto mientras el conocimiento queda en otras manos, Chile necesita ingenieros que hayan crecido haciéndose preguntas, no solo respondiendo pruebas; necesita técnicos formados en la inteligencia del viento; necesita comunidades magallánicas que participen del diseño y no solo miren pasar los camiones. Una vez más, los cuatro pilares: cuidado, tiempo, educación creativa y ecosistemas de experimentación.

El mar de la Patagonia, en esas mismas latitudes, cría en sus aguas heladas una biomasa que el mundo apenas empieza a comprender. No hablo solo de salmones, sino de una biotecnología marina capaz de producir alimentos, fármacos y materiales a partir de organismos adaptados al frío, a la presión, a la oscuridad. El litoral chileno es una biblioteca genética que no hemos aprendido a leer. Pero leer requiere tiempo, cuidado, inversión en ciencia básica, protección de los ecosistemas y, sobre todo, comunidades costeras que no estén agotadas por la subsistencia, sino liberadas para imaginar qué hacer con ese mar sin destruirlo.

Incluso en los valles de secano, donde la vid se retuerce sobre su propia sed, hay una vitivinicultura extrema que ya produce algunos de los vinos más singulares del planeta. No compite por volumen, sino por identidad, por la capacidad de narrar un territorio en una copa. Pero esa narrativa no se industrializa: se cuida, se estudia, se transmite de generación en generación. Necesita enólogos creativos, sí, pero también trabajadores dignificados, escuelas rurales vivas, caminos que no aíslen y un sistema de salud que llegue antes que la desesperanza.

La pregunta decisiva ya no es si la megareforma atraerá inversión, sino qué tipo de inversión incentivará y qué capacidades permitirá desarrollar. Si el diagnóstico es incompleto, la principal reforma económica del gobierno podría ser una victoria pírrica: mejorar las condiciones para invertir sin modificar las capacidades que sostienen el crecimiento. Es decir, poner maquillaje sobre una piel que no respira.

La oposición perdió antes de votar, pero insiste en pasar como víctima

No perdió en el hemiciclo, sino en el territorio brumoso donde se disputan los diagnósticos. Perdió lo que Antonio Gramsci llamaba la batalla por la hegemonía: la capacidad de imponer una visión del mundo que organice el sentido común de una época, que defina qué es razonable discutir y qué queda fuera del debate. Pero hay algo peor que perder: perder y no saber por qué se perdió, perder y refugiarse en el lamento de la víctima mientras se espera que el adversario cometa un error lo suficientemente torpe como para devolver el poder sin necesidad de disputarlo.

La derrota política que la oposición insiste en padecer —casi como un gesto de identidad, como una medalla de incomprensión que exhibe ante los suyos— es, en rigor, la coartada perfecta para no hacer el duelo estratégico que exige toda verdadera refundación intelectual. Durante tres décadas, la centroizquierda gobernó con una explicación coherente sobre cómo crecer. No era una mala explicación, pero envejeció y nadie la reemplazó. Desde entonces, se refugió en la administración del legado ajeno, como quien vive en una casa que ya no le pertenece y se limita a pasar el plumero sobre los muebles heredados. Dejó de producir pensamiento estratégico y, con ello, renunció a la función de los intelectuales orgánicos que Gramsci reclamaba para las clases subalternas: elaborar una concepción del mundo autónoma, capaz de aglutinar un nuevo bloque histórico —esa alianza de fuerzas sociales, culturales y políticas que sostiene un proyecto de sociedad— en torno a un horizonte compartido.

La discusión de la megareforma lo confirmó: respondió a la rebaja tributaria, a la invariabilidad, pero nunca formuló una explicación distinta sobre cómo recuperar el crecimiento de largo plazo. La estrategia fue reemplazada por la reacción, y el desarrollo quedó reducido a una discusión sobre instrumentos.

Esa renuncia tuvo un costo específico: impidió articular una propuesta que pusiera en el centro el desarrollo del potencial creativo de las personas. Mientras el oficialismo hablaba de impuestos, no hubo una voz que dijera que la verdadera ventaja competitiva de Chile no residirá jamás en la invariabilidad tributaria, sino en la densidad de su sistema de cuidados, en la calidad de sus entornos creativos, en la capacidad de su población para imaginar, en el desierto y en el mar, soluciones aún inexistentes. Se discutieron las herramientas sin mencionar al sujeto del desarrollo. Como si un taller mecánico discutiera la marca de las llaves inglesas y olvidará que hay un motor que reparar.

Pero hay algo más incómodo todavía: la oposición no solo perdió la batalla de las ideas, sino que aprendió a habitar cómodamente su derrota. Cultivó una mística del agravio, una épica de la resistencia que le permite conservar la pureza sin asumir la responsabilidad de construir una alternativa. Ser víctima del diagnóstico ajeno exime de la tarea de elaborar uno propio. Cada votación perdida se celebra en privado como una prueba de coherencia; cada fracaso parlamentario refuerza el relato interno de que el país aún no está preparado para la verdad. Así, la derrota deja de ser una circunstancia que interpela y se convierte en un lugar de pertenencia. Gramsci llamó a esto «pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad», pero cuando el pesimismo se vuelve resignación y la voluntad se agota en la queja, lo que queda es un movimiento político que prefiere la derrota conocida a la incertidumbre de refundarse.

La mayor victoria de la megareforma no fue aprobar una reforma tributaria, sino imponer el diagnóstico desde el cual se discutió toda la política económica. Triunfó en la superestructura: fijó los términos del debate, colonizó el lenguaje, logró que sus adversarios aceptaran el marco conceptual y discutieran dentro de él. En sentido gramsciano, la megareforma operó como una suerte de revolución pasiva: un movimiento que, mientras introduce modificaciones en la esfera jurídica y administrativa para absorber presiones y modernizar el capitalismo local, deja intacto el núcleo de las relaciones sociales que determinan quién cuida, quién crea, quién se apropia del conocimiento. La oposición objetó los mecanismos, pero aceptó el marco conceptual. Cuando una fuerza política deja de producir pensamiento estratégico, termina discutiendo dentro del lenguaje de sus adversarios. Esa fue la verdadera derrota: no perder una votación, sino perder la iniciativa intelectual para definir el horizonte del desarrollo chileno. Y confundir esa parálisis con martirio es, quizás, la más elegante de las renuncias.

El país que dejó de pensar el desarrollo

La principal consecuencia de la megareforma no fue la aprobación de una rebaja tributaria ni la derrota circunstancial de la oposición. Fue dejar al descubierto una carencia más honda, como una grieta en el salar que deja ver la salmuera oscura. Chile dejó de pensar estratégicamente el desarrollo y terminó reduciendo esa discusión a una disputa permanente sobre instrumentos. Cuando la explicación que había orientado el crecimiento durante décadas dejó de interpretar el mundo, nunca fue reemplazada. La política siguió discutiendo impuestos, regulación, subsidios, permisología, como si todavía dispusiera de una estrategia compartida.

El debate no perdió intensidad: perdió horizonte. Y ese horizonte perdido tiene un nombre: Chile abandonó la pregunta por el sujeto del desarrollo. Las economías dinámicas de este siglo comprendieron, desde una lectura materialista de la historia, que la productividad no reside en los minerales ni en las fábricas, sino en la capacidad de una sociedad para cuidar, formar y liberar la inteligencia de todos sus miembros. Una estrategia que no comience por garantizar que cada persona pueda desarrollar su potencial creativo —con seguridad material, tiempo para aprender y errar, vínculos que sostengan la exploración— es un ejercicio de administración de la decadencia disfrazado de pragmatismo.

Chile perdió algo más importante que un consenso económico. Perdió una teoría del desarrollo, perdió la capacidad de pensarse a sí mismo como totalidad histórica, de entender que la contradicción principal no es entre más o menos inversión, sino entre un modo de acumulación extractivo que subordina la vida y un modo generativo que pone el cuidado y la creatividad en el centro de la reproducción social. Ese vacío explica el carácter cada vez más provinciano del debate nacional: discutimos con enorme intensidad los instrumentos del pasado mientras el mundo reorganiza las condiciones que definirán la productividad y el poder de las próximas décadas. Allí donde otros países diseñan sistemas de cuidados como infraestructura social del talento, redes de aprendizaje a lo largo de la vida y ciudades que incuban creatividad colectiva, nosotros seguimos girando alrededor de la tasa del impuesto corporativo como un animal ciego alrededor de un poste.

Recuperar una teoría del desarrollo propia exige, desde el materialismo histórico, una operación doble. Primero, reconocer que las fuerzas productivas fundamentales de nuestro tiempo ya no son las máquinas ni los minerales, sino la inteligencia social, el trabajo afectivo, la cooperación creativa. Segundo, construir un bloque histórico que articule ese reconocimiento en un proyecto político: una alianza de trabajadoras del cuidado, científicas, comunidades territoriales, pequeñas burguesías productivas, juventud precarizada, que dispute la hegemonía al bloque extractivista-financiero que hoy dicta el sentido común.

Pero esa alianza no se construye con el agravio como único programa ni con la identidad de víctimas como único aglutinante. Se construye con la elaboración de un horizonte compartido, con la paciencia de nombrar lo que todavía no existe, con la valentía de abandonar la zona de confort del lamento y entrar en el territorio áspero de la proposición.

Eso exige colocar en el centro los cuatro compromisos ya dichos: un sistema de cuidado universal que garantice los cimientos de la creatividad; una reorganización social del cuidado que libere tiempo y talento; una educación concebida como desarrollo del potencial creativo; y un ecosistema que proteja la experimentación y convierta el riesgo creativo en un proyecto colectivo y no en una condena individual. Esa es la base material de una economía genuinamente generativa. Y esa base, en Chile, podría anclarse en sus territorios más ásperos y más bellos: los salares, los cielos transparentes, los mares fríos, las viñas sedientas, y los vientos del sur que aguardan convertirse en combustible. No para extraerlos, sino para habitarlos de otra manera.

Las economías no fracasan únicamente porque invierten poco. Fracasan cuando dejan de comprender cómo cambia el desarrollo, cuando la superestructura política y cultural se desconecta de las fuerzas productivas reales y comienza a legislar sobre fantasmas. Ese es el verdadero problema económico de Chile. Y su verdadera oportunidad: construir, por fin, una estrategia que no se limite a corregir el precio del capital, sino que se atreva a liberar la inteligencia de su gente, como quien destapa una olla que lleva décadas hirviendo en silencio, bajo la sal, bajo la noche, bajo el viento eterno del confín austral.

 

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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