Cómo la hybris tiránica fractura la democracia y anestesia la vergüenza
Cuando el columnista David Brooks en el New York Times, en enero pasado, observaba con la mirada puesta en los historiadores de Roma, que «el arco de la tiranía se inclina hacia la degradación», describía un síntoma, pero no el mecanismo profundo de la enfermedad.
Brooks acierta al señalar que el declive de la mente de Donald Trump es el motor principal de una serie de colapsos —el internacional, el doméstico, el democrático— y al recurrir a Tácito y Gibbon para entender la conexión entre la decadencia moral privada y el desorden público. Sin embargo, su análisis, aunque lúcido, se mantiene en el terreno de la psicología política y la historia comparada.
Para comprender la naturaleza epidémica de este fenómeno y su arraigo en amplios sectores de la sociedad, debemos ampliar su marco con la tesis de que lo que enfrentamos no es solo la degradación de un individuo, sino la encarnación de un analfabetismo moral programático: una guerra contra el rubor civilizatorio que convierte la hybris desvergonzada en un proyecto político.
La guerra contra Irán —108 días de bombardeos, más de dos mil muertos, la mayor crisis energética desde los años setenta, el primer hundimiento por torpedo de un buque enemigo desde la Segunda Guerra Mundial— no es la excepción a este diagnóstico. Es su demostración más brutal y más documentada.
I. LA ADULACIÓN Y SU MÁQUINA
Brooks describe a un Trump que, intoxicado por el poder, pierde moderación, amplifica su egocentrismo y se rodea de aduladores serviles, un proceso que Tácito ya narró. «La adulación debe intensificarse para siempre y volverse más servil, hasta que la dignidad de cada seguidor sea anulada», escribe.
Aquí mi perspectiva agrega una capa crucial: esta anulación de la dignidad no es un efecto colateral, sino el objetivo de una máquina de fracturación ética. El mecanismo quedó expuesto en carne viva durante la guerra con Irán. Pete Hegseth, sin experiencia ejecutiva real, dirigió el Pentágono con el estilo que los veteranos describieron a los columnistas del Times como «Conan el Bárbaro»: todo conferencias de prensa donde «¡Haremos llover la muerte sobre el enemigo!». El exdirector del Centro Nacional de Contraterrorismo, Joe Kent, renunció reconociendo que «a una buena parte de los principales responsables de la toma de decisiones no se les permitió expresar su opinión al presidente» y que la capacidad de la inteligencia para ofrecer una comprobación de cordura fue «en gran medida sofocada.» La Directora de Inteligencia Nacional Tulsi Gabbard fue acusada de alterar su testimonio ante el Senado, supuestamente omitiendo detalles de inteligencia que contradecían las afirmaciones de Trump sobre la amenaza iraní.
El círculo adulador no solo silencia la disidencia: la hace imposible estructuralmente. Y cuando el sistema nervioso institucional es anestesiado de esa manera, los errores no se corrigen; se amplifican. El derribo de tres cazas F-15 propios por fuego amigo fue el símbolo más elocuente de esa descoordinación: el aparato más costoso de la historia militar humana disparándose a sí mismo.
II. LA TRANSGRESIÓN SIN SONROJO COMO CREDENCIAL
La contra-hegemonía tribal que Trump lidera no busca persuadir con ideología, sino desconectar permanentemente la corteza prefrontal del juicio ético. El espectáculo atroz, la mentira perpetua y la sobresaturación informativa son herramientas neuropolíticas. Su fin es mantener a la base en un estado simpático crónico de lucha y huida —Teoría Polivagal—, anestesiando los estados ventrales vagales donde residen la empatía y, crucialmente, la capacidad de sentir vergüenza.
La guerra con Irán ofrece un catálogo sin precedentes de este mecanismo en acción. Trump declaró en Truth Social que «Estados Unidos borró a Irán del mapa», que «su liderazgo ha desaparecido, su Armada y su Fuerza Aérea están aniquiladas.» Lo dijo mientras misiles iraníes impactaban cerca de Dimona, a escasos kilómetros del principal complejo nuclear israelí, y mientras Irán lanzaba proyectiles de alcance intermedio contra Diego García, a 4.000 kilómetros de sus propias costas —demostrando que su arsenal real superaba ampliamente lo que había declarado oficialmente. La mentira y la realidad coexistían en tiempo real, ante millones de seguidores que eligieron la mentira porque resultaba emocionalmente más satisfactoria.
Y cuando la realidad se impuso —el precio de la gasolina subiendo, la bolsa cayendo, el FMI advirtiendo sobre recesión global—, Trump no corrigió el rumbo. Escaló la retórica. Amenazó con destruir «toda una civilización.» Publicó una imagen de sí mismo como Cristo sanador rodeada de águilas, banderas y aviones de combate, que fue retirada tras doce horas de circular como blasfemia verificada. «Esto es más que una blasfemia. Este es el espíritu del Anticristo», escribió su propia ex-aliada Marjorie Taylor Greene.
La incapacidad para ruborizarse, lejos de ser un defecto personal, es la insignia de su poder desvergonzado. Al glorificar este analfabetismo, ofrece a sus seguidores —desde su yo traumático colectivo, en términos de Franz Ruppert— una identificación vicaria con el perpetrador sin culpa. Es un pacto de inmunidad moral: se absuelve al líder de toda exigencia ética a cambio de una sensación de poder restaurado.
III. LA INGENIERÍA DEL COLAPSO ÉTICO
Esta dinámica explica por qué, como teme Brooks, «los ciudadanos pueden acabar por perder los hábitos de la democracia.» No es un proceso pasivo. Es el resultado de una ingeniería social que promueve una desconexión relacional patológica.
El Secretario del Tesoro Scott Bessent describió la operación con una frase que condensa la lógica completa: «Irán es la cabeza de la serpiente del terrorismo global, y a través de la Operación Epic Fury del presidente Trump, estamos ganando esta lucha crítica a un ritmo incluso más rápido de lo anticipado.» Una frase que en cinco cláusulas anestesia la empatía, deshumaniza al adversario, convierte la guerra en marca comercial y clausura cualquier posibilidad de juicio moral. No es retórica accidental: es el idioma del analfabetismo moral institucionalizado.
La Sociedad de la Media Luna Roja iraní reportó más de 18.000 civiles heridos y 204 niños asesinados. Un ataque sobre una escuela de niñas en la ciudad de Minab mató a más de 170 personas, en su mayoría alumnas. Más de 20 universidades resultaron dañadas. Dieciocho hospitales e instalaciones sanitarias fueron impactados. Estos datos no entraron en el discurso público dominante de la administración Trump. No porque fueran desconocidos, sino porque el sistema neuropolítico construido para gestionar la guerra los había vuelto literalmente improcesables para quienes lo habitan.
El Secretario de Defensa lo resumió con la economía verbal propia del analfabeto moral: «Cuesta dinero matar a los malos.» Trump calificó 200.000 millones de dólares adicionales para el Pentágono como «un pequeño precio a pagar.» Mientras tanto, menos del 30% de la población estadounidense apoyaba la guerra. El sistema nervioso social ya sentía el costo. Pero el sistema nervioso del poder era incapaz de registrarlo.
IV. LA HYBRIS Y SU PRECIO GEOPOLÍTICO
Brooks describe el arco de la tiranía hacia la degradación. La guerra con Irán traza ese arco con precisión histórica. Trump inició el conflicto con la promesa implícita de que sería rápido, quirúrgico y definitivo. Lo llamó «Epic Fury» y lo ejecutó sin estrategia de salida, sin consultar a los aliados del Golfo, sin una evaluación de inteligencia que justificara la amenaza inminente que alegó. Eliminó al Líder Supremo iraní en su despacho junto a su esposa, su hija, su yerno, su nuera, dos nietos y más de 40 altos cargos. Y obtuvo exactamente lo contrario de lo que buscaba: la respuesta más monolítica posible, un sucesor dinástico más duro que el padre, y un movimiento martirológico que en la tradición chií convierte cada baja en combustible para la resistencia.
La hybris tiene en este caso un nombre preciso: Marco Licinio Craso en Carras, el año 53 a.C. Cruzar el Éufrates convencido de que el adversario es inferior, sin comprender el terreno, sin conocer la cultura, sin entender que el mundo que tienes enfrente es heredero de una civilización que ha sobrevivido a griegos, árabes, mongoles y otomanos. Irán no es un actor menor de la historia. Despreciarlo fue, exactamente, el verdadero craso error.
El precio no lo pagó Trump. Lo pagaron los aliados del Golfo, que sufrieron más de mil misiles y drones sobre sus instalaciones energéticas sin haber sido consultados sobre la guerra que los convertía en objetivos. Lo pagaron los consumidores estadounidenses con gasolina a más de cuatro dólares el galón. Lo pagó el orden internacional. Lo pagaron 204 niños muertos en Irán cuyos nombres no aparecieron en ninguna rueda de prensa del Pentágono.
Y el acuerdo final, la «victoria total y completa» que Trump proclamó desde el G7, es la anatomía más exacta del analfabetismo moral aplicado a la diplomacia: un documento de página y media, firmado electrónicamente, con dos versiones incompatibles —una estadounidense que niega los peajes en Ormuz, una iraní que los proclama—, y con las cuestiones nucleares que justificaron la guerra todavía abiertas para negociaciones futuras.
V. LA VERGÜENZA COMO RESISTENCIA
Frente a este panorama, la advertencia de Brooks —que la historia no registra a tiranos que recuperen la cordura, sino que aceleran su deterioro— se vuelve más urgente que nunca. Sin embargo, su fe última en la fortaleza de las instituciones puede ser insuficiente si no se atiende al sustrato cultural y somático de la crisis.
Los mecanismos de contención institucionales son el equivalente político del rubor: una reacción necesaria pero no suficiente. Las instituciones que no están habitadas por personas capaces de sentir vergüenza ante la mentira y el daño se convierten en cáscaras formales que el poder transita sin rozar. Lo demostró el proceso de toma de decisiones que llevó a la Operación Epic Fury: el Consejo de Seguridad Nacional vaciado de su función de arbitraje, la inteligencia sofocada, los expertos silenciados, los aliados ignorados. Las instituciones existían. Simplemente habían dejado de funcionar como conciencia colectiva.
La verdadera resistencia debe ser, por tanto, somática, colectiva y alfabetizadora. No basta con esperar a que las instituciones contengan al tirano. Hay que forjar activamente una contra-hegemonía contra-analfabeta: una pedagogía de la sensibilidad moral reconstruida.
Esto implica recuperar la parresía —hablar verdad al poder— que Brooks ejerce con su columna. Pero implica también construir comunidades que fomenten la co-regulación vagal ventral: espacios de conexión y cuidado donde la vergüenza pueda actuar como brújula ética compasiva, no como estigma. El Papa León XIV lo intentó desde el Vaticano cuando calificó de «inaceptable» la amenaza de destruir «toda una civilización» y advirtió que «los ataques a infraestructura civil van contra el derecho internacional.» Trump respondió llamándolo «débil» en Truth Social. La máquina del analfabetismo moral no tolera la voz que nombra lo que se está haciendo. Solo la reconoce para atacarla.
VI. CONCLUSIÓN: EL RUBOR COMO ACTO POLÍTICO
La trayectoria hacia el colapso que David Brooks teme y describe con agudeza histórica es la manifestación superficial de una patología civilizatoria más profunda: la instalación programática del analfabetismo moral como norma.
El «momento en que todo explote» que teme el jefe de policía de Mineápolis no será solo el estallido de una crisis política. Será posiblemente el punto de ruptura de un sistema nervioso social ya sobrecargado y anestesiado por 108 días de guerra, por el precio de la gasolina, por la imagen de Trump como Cristo, por los niños muertos en Minab, por los peajes de Ormuz que existen y no existen según quién habla, por el acuerdo de página y media que resuelve lo irresoluble mediante el expediente de no leer el texto en voz alta.
La hybris de Craso terminó en Carras. La de Nerón terminó en el suicidio. La de todos los Baalzebús que la historia ha producido terminó, invariablemente, en la misma dirección que señala Tácito: no en la redención, sino en la aceleración del deterioro hasta el colapso. La pregunta no es si este arco se cumplirá. Es cuánto daño producirá antes de completarse, y si habrá suficientes personas capaces de ruborizarse —y de actuar en consecuencia— para limitar ese daño.
Frente a la hybris desvergonzada del Baalzebú moderno, la esperanza no reside en una fe ingenua en el pasado ni en las instituciones vaciadas. Reside en la capacidad biopolítica y pedagógica de re-aprender a sonrojarse. De reconectar, como sociedad, la corteza prefrontal del juicio ético y tejer, desde los márgenes, redes de solidaridad capaces de leer las transgresiones y responder, no con el libertinaje del analfabeto moral, sino con la dignidad activa de quien cuida y contiene.
La tiranía, al final, no teme a los críticos. Teme a los que aún pueden ruborizarse y actuar en consecuencia.


