El antihéroe del drama futbolero es El árbitro. Sobre él, la mayor de las veces, recaen las responsabilidades de la derrota, del fracaso del equipo. Pero, si sobre alguna magistratura se ha cernido con cierto tilde de verdad el delito de prevaricación o venalidad, este ha sido sobre el juez de la brega. Galeano lo describe así: “el árbitro es arbitrario por definición. Este es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo que lo obliga al exilio (…) A veces, raras veces, esa decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él”. Grande Galeano.
Resulta inevitable traer a colación, a propósito del calificativo de “ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera” la nueva tendencia actoral de los ex hombres de negro, según una crónica de hace algunos días aparecida en LUN. Trajes a la medida, depilación y bronceado corporal, corte barberil y una que otra cosa más para resaltar y reforzar su humanidad y principalmente su ego. La imagen ante todo. Seguramente si se les preguntara el por qué, usarían la manida frase “por respeto al público”, jamás admitirían que es la pura y maldita vanidad. Qué se le va a hacer, son los tiempos, las tendencias que dieron paso o introdujeron la ramplonería Trumpista allá en el hemisferio norte, o a la chapucería Kastista que sufrimos por acá. Pero bueno, el árbitro es la autoridad en la cancha, pero no logra alcanzar la auctoritas a que aludía Ciceron, aquella que nace del reconocimiento de los otros a las aptitudes personales de quien la ejerce, posiblemente por lo corto de su carrera, que deben terminar por razones físicas, antes que tales virtudes logren desarrollarse. Ya me distraje. Disculpen, volvamos a lo que estábamos, el fútbol en la literatura.
Aludiendo a la venalidad del árbitro, o a aquello que los puede constreñir a actuar de una u otra forma, Osvaldo Soriano en su notable cuento “El penal más largo del mundo” lo retrata así:
“El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí”. Pero, como escribe Galeano: (al árbitro) Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan”.
Como sea el Juez (de la brega en este caso) es el representante de la justicia; en él se depositan las esperanzas que, naturaleza humana mediante, no deja de ser sólo una esperanza, una aspiración, no en vano alguien acuñó un dicho que muchos repetimos, “más antiguo que la injusticia”, si no, hagamos memoria lo más viejos: como no acordarse de Lucien Bouchardeau en Francia 98 o los colocolinos de Rumualdo Arppi Filho cuando el Colo Colo de Caszely pudo y no fue.


