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La clasificadora de los que duelen

Una historia sobre el dinero que aprendió a huir del dolor y el arte de devolver la medicina a los cuerpos que la necesitan

Hay lugares donde el tiempo no corre, sino que gotea, acumulando la memoria del mundo en las grietas de la roca. Lejos de los mapas oficiales y del ruido de las ciudades, existen santuarios de silencio dedicados a curar lo que la historia ha decidido ignorar. Allí, entre lámparas de aceite y el olor acre del dinero guardado bajo el colchón, se custodia el secreto de todos los enfermos que fueron rechazados en la puerta. Es el refugio de los carnés olvidados, el único sitio donde es posible escuchar el susurro de los cuerpos que pidieron auxilio y recibieron un formulario.

Quien habitaba ese lugar no era médica ni administradora de hospitales. Su oficio era más hondo, más clandestino: era una clasificadora de los que duelen. No auscultaba pechos ni tomaba el pulso. Su trabajo era otro: recibir a los que habían sido rechazados por el sistema, a los que una ventanilla les había dicho “usted no califica”, “su preexistencia no está cubierta”, “vuelva cuando esté sano”. Su taller era una antigua estación de trenes abandonada, una catedral de eco y penumbra donde las boleterías ya no vendían pasajes sino que acumulaban expedientes amarillos.

El aire olía a tinta de sello, a desinfectante rancio y a una espera que se había vuelto crónica como una artrosis. De los ganchos del techo colgaban miles de fichas clínicas, cada una con un nombre y un diagnóstico, pero todas con la misma palabra estampada en rojo: “Rechazado”. La clasificadora, con dedos que habían rozado más papel que piel, no sanaba enfermedades: ayudaba a quien llegaba a entender por qué el sistema se había construido para esquivar a los enfermos, y cómo devolver la medicina a los cuerpos que la necesitaban.

Una mañana de smog denso y frío de cemento, llegó una mujer de mediana edad. Traía el rostro demacrado por una fatiga que no era solo suya, sino de toda una parentela enferma. Se sentó en un banco de madera que crujió como un hueso viejo, y habló con la voz tomada por una indignación que le quemaba la garganta.

—No entiendo este sistema. Mi padre esperó dos años por una operación de cadera. Cuando lo llamaron, ya no podía caminar. Mi hermana, con su cáncer, tuvo que endeudarse de por vida para costear un tratamiento que el seguro calificó de “preexistente”. Y ahora yo, con esta tos que no se me quita, miro la cartola y veo que mes a mes me descuentan un dinero obligatorio, un dinero que no puedo dejar de pagar, y me pregunto: ¿para qué? ¿Para que cuando me enferme de verdad me digan que no? ¿En qué momento la salud se convirtió en esto? ¿En una industria que te cobra por adelantado y se esconde cuando la necesitas?

La clasificadora tomó una ficha del gancho más cercano. Estaba fechada en 1981. La tinta roja del “Rechazado” ya se había vuelto marrón, como sangre seca. La puso sobre la mesa y la iluminó con una lámpara de flexo.

—Lo que hoy te enferma empezó hace más de cuarenta años —dijo, y su voz tuvo la textura del papel amarillo que se deshace al tacto—. Pero su raíz es aún más vieja. Escucha bien, que esto es una historia de cómo un país renunció a cuidar a sus enfermos. Hubo un tiempo, antes de que nacieras, en que la salud era un acto de tribu. Se llamaba medicina social, y su lógica era simple: prevenir antes que curar, y curar a todos, no solo a los que podían pagar. El Estado estaba presente. Los hospitales no preguntaban por tu sueldo antes de abrirte la puerta. Pero luego vino un grupo de arquitectos del nuevo orden, nombres que hoy son calles y ministerios, y decidieron que la salud no era un derecho, sino un mercado.

Hizo una pausa y pasó el dedo por la fecha de la ficha: 1981.

—Fue entonces cuando crearon las Instituciones de Salud Previsional, las Isapres. La idea, dijeron, era que la competencia mejoraría la calidad. Pero la verdad era otra: seleccionar a los sanos, a los jóvenes, a los de altos ingresos, y dejar a los viejos, a los enfermos crónicos, a los pobres, en el sistema público. ¿Qué negocio, qué industria, tiene una cotización obligatoria, una entrada asegurada cada mes? Este sistema se diseñó con una premisa que la clasificadora de los que duelen conoce bien: no fue creado para tratar a los enfermos, sino para hacerles el quite. Priorizó a los que no constituyen la mayor preocupación de un sistema de salud. Y cuando llegó el “supremazo”, cuando la Corte Suprema dijo basta, muchos salieron a gritar que estaban matando al sistema. Como si el sistema hubiera estado sano. Como si no llevara décadas muriéndose por dentro.

La mujer apretó los puños. Una tos seca le sacudió el pecho.

—Entonces el poder político y empresarial ha administrado esta farsa durante cuarenta y cinco años. Y yo, y mi padre, y mi hermana, somos las fichas rechazadas de un archivo que no para de crecer. ¿Cómo se devuelve esto? ¿Cómo se cura un sistema que se construyó para no curar?

La clasificadora se levantó y caminó hacia una de las boleterías abandonadas. Tras el vidrio sucio, se veía un letrero que aún decía “Ventanilla de admisión”. Lo arrancó con un gesto seco y lo puso sobre la mesa, boca abajo.

—Vamos a hacer un acto de devolución —dijo—. Porque este sistema no lo inventaste tú, pero lo has padecido. Y para liberarte de él, primero tienes que mirarlo a la cara, sin juicio, y luego devolvérselo a quienes lo diseñaron. Cierra los ojos. No imagines: siente. Siente a esos arquitectos del orden, a esos economistas que en los años ochenta se reunieron en comisiones y decidieron que la salud era un bien de mercado. No los ves como a villanos de película. Los ves como a hombres formados en una lógica donde la eficiencia del número valía más que el cuerpo que sufre. Hombres que quizás nunca tuvieron que hacer fila en un consultorio.

—Los veo —dijo la mujer, con la voz tomada por una calma que no esperaba—. Están sentados alrededor de una mesa de caoba. Tienen papeles, gráficos, calculadoras. No hay un solo enfermo en esa sala. No hay nadie tosiendo. No hay una madre con un niño con fiebre. Solo números.

—Ahora nómbralos. Sin rabia. Diles: “Veo lo que hicieron. Veo que diseñaron un sistema para seleccionar sanos y esquivar enfermos. No voy a juzgarlos. No voy a maldecirlos. Pero sí voy a decir la verdad: su lógica no era el cuidado. Era el lucro. Y esa lógica ha hecho sufrir a millones”.

La mujer repitió las palabras. El aire de la estación se volvió denso, como si todos los expedientes colgados del techo se hubieran puesto a vibrar sin viento.

—Ahora devuélveles su sistema. Diles: “Eso que crearon, ese orden que prioriza al sano y al rico, es suyo. Es su obra, no mi condena. Yo no puedo cambiarlo sola, pero puedo dejar de creer en su lógica. Puedo dejar de pensar que la salud es un gasto. Puedo empezar a exigir que sea un derecho. Les devuelvo su paradigma. No quiero cargar con él”.

La mujer lo dijo, y al decirlo, sintió que algo se soltaba en su pecho, una opresión que llevaba años instalada entre las costillas.

—Ahora la promesa —continuó la clasificadora—. Vas a hacer una promesa en voz alta. No me la haces a mí. Se la haces a tu padre, que esperó dos años tirado en una cama. Se la haces a tu hermana, que se endeudó para no morir. Se la haces a ti misma, que toses sin diagnóstico. Dime: “Prometo no normalizar el abandono. Prometo alzar la voz cuando un sistema da la espalda a los que sufren. Prometo recordar que la medicina nació para cuidar, no para lucrar. Y voy a luchar, desde mi pequeño espacio, para que la salud vuelva a ser un acto de tribu”.

La mujer pronunció la promesa con la voz quebrada pero firme. La clasificadora le tendió entonces un sello de goma y un tampón de tinta azul, no roja.

—Ahora, por último, la bendición. Pídesela a todos los enfermos que este sistema rechazó. A los que murieron esperando. A los que se arruinaron pagando. Diles: “Necesito su bendición para seguir luchando. No para vengarlos, sino para honrarlos construyendo algo mejor. Mírenme con buenos ojos si dedico mi energía a empujar, aunque sea un milímetro, hacia un sistema que no pregunte por la billetera antes de abrir la puerta”.

La mujer pidió la bendición y un escalofrío le recorrió la espalda. Luego tomó el sello y, sobre el expediente de su propio padre —que la clasificadora había descolgado del techo sin que ella lo pidiera—, estampó una palabra nueva: “Pendiente. En lucha.” En azul, no en rojo. Porque el rojo era el color del rechazo, y ella había decidido no rechazar más.

La clasificadora tomó entonces el letrero de “Ventanilla de admisión” que había arrancado de la boletería y se lo entregó.

—Llévatelo. Cuélgalo en tu casa, boca abajo, para que no se te olvide. Cada vez que veas a alguien toser sin diagnóstico, a alguien esperar una cirugía que no llega, a alguien que elige entre comprar un remedio o pagar la luz, acuérdate de este lugar. Acuérdate de que el sistema se construyó así, con intención, y de que la primera batalla es dejar de aceptarlo como normal. La salud no es un bien de mercado. Es el primer acto de cuidado de una tribu. Y una tribu que no cuida a sus enfermos, que selecciona a los que duelen para hacerles el quite, ha olvidado lo más humano que tiene.

La mujer salió de la estación abandonada cuando el smog empezaba a disiparse. Llevaba el letrero bajo el brazo y una tos que por fin tenía nombre, un nombre que iba a perseguir hasta que alguien la escuchara. Y en la estación, la clasificadora de los que duelen tomó una ficha nueva, en blanco, y escribió en ella: “Paciente: Chile. Diagnóstico: lucro crónico. Tratamiento: memoria, dignidad y lucha.”

Y a ti, que lees esto, te pregunto:

¿Cuántas veces has aceptado como normal que un sistema de salud te cobre obligatoriamente y luego te dé la espalda cuando más lo necesitas?

¿Qué enfermo de tu familia —tu padre, tu madre, tu abuelo— esperó demasiado, pagó demasiado, o se fue sin que lo atendieran, mientras los ejecutivos de las Isapres repartían utilidades?

¿En qué momento dejaste de creer que la salud es un derecho y empezaste a tratarla como un trámite, un gasto, una lotería?

¿Conoces los nombres de quienes diseñaron este sistema, sabes en qué comisiones se decidió que tu cuerpo valía menos que un número en una planilla?

¿Qué harías si mañana te diagnostican algo grave y tu seguro te dice que es una preexistencia, que no está cubierta, que vuelvas cuando estés sano?

Y la pregunta más honda: ¿vas a seguir tosiendo en silencio, o vas a unir tu voz a la de todos los que este sistema ha rechazado para exigir que la medicina vuelva a ser un acto de tribu?

Con el insinuante título «La mejor salud del mundo» (Editorial Planeta), el libro escrito por la periodista Marcela Ramos y el médico Juan Carlos Said tiene una bajada reveladora: «Una crónica de la crisis de la salud en Chile. Desde la creación de las Isapres a las listas de espera.»

El libro no es solo una crónica de la crisis de la salud en Chile. Es un espejo que nos obliga a mirar de frente una herida que llevamos décadas normalizando: la de un sistema diseñado no para cuidar, sino para lucrar.

Un sistema que selecciona a los sanos, que esquiva a los enfermos, que cobra por adelantado y se esconde cuando más lo necesitas. Y no es un accidente. Es el resultado de decisiones concretas, de nombres propios, de una lógica económica que se impuso sobre el juramento hipocrático.

Pero hay otra lógica. La del cuidado. La que no pregunta por la billetera antes de abrir la puerta. La que entiende que la salud no es un bien de consumo, sino el primer acto de amor de una comunidad hacia sus miembros más frágiles. Esa lógica existió en Chile. Puede volver a existir. Pero no volverá sola: volverá cuando nosotros, los fichados, los rechazados, los que tosemos sin diagnóstico, decidamos que ya basta de aceptar la lógica del número y empecemos a exigir la lógica del cuidado.

Humberto Del Pozo López – ©2026 es Psicoanalista Relacional · Constelador Sistémico

Método de Resonancia Límbica TriFOCAL

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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