Desde Madrid
Lo ocurrido en el crucero de bandera holandesa MV Hondius, perteneciente a la compañía Oceanwide Expeditions, que realizaba una travesía por el Atlántico Sur a partir de Ushuaia, Argentina, el primero de abril recién pasado, nos deja muchas enseñanzas que debemos respetar en el futuro.
En ese barco viajaba un total de 149 personas, de 23 nacionalidades diferentes. Ochenta y ocho eran pasajeros en viaje turístico y 61 miembros de la tripulación. Había zarpado el 20 de marzo desde puertos argentinos, realizando diversas escalas antes de llegar a Ushuaia. El primero de abril emprendió rumbo hacia la Antártica para realizar observaciones de aquel continente tan misterioso y espectacular. Luego puso proa hacia el Atlántico Sur, recalando en lugares remotos, como Georgia del Sur, la Isla Nightingale, Tristan da Cunha, Santa Elena o la Isla Ascensión. Luego, la naviera confirmó que seguía rumbo hacia Cabo Verde.
El 11 de abril falleció a bordo un pasajero holandés de 70 años de edad. Presentaba síntomas de fiebre. Dolor de cabeza y diarrea leve. Ese día empeoró, presentando serias dificultades respiratorias y, más tarde, falleció. Su esposa, de 69 años y también holandesa, pidió que en Santa Elena la evacuaran, junto al cuerpo de su esposo fallecido. Ella iba con síntomas similares. El 24 de abril, desde Santa Elena, ella emprendió vuelo hacia Johannesburgo para ser atendida en urgencia hospitalaria y para repatriar el cuerpo de su marido. Falleció antes de recibir atención médica. Más tarde se supo que, además, 28 pasajeros también habían desembarcado en Santa Elena. Todos, sin control sanitario.
El 27 de abril, la empresa responsable del crucero informa de la segunda muerte y comunica que otro pasajero, de 69 años y de nacionalidad británica, había enfermado gravemente y que fue evacuado en Ascensión.
El 2 de mayo, el Punto Focal Nacional del Reglamento Sanitario Internacional (RSI), informó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) que en el barco se había declarado una infección provocada por el Hantavirus. Y que, además, había fallecido a bordo una tercera persona. Esta vez, una mujer de nacionalidad alemana, víctima de los mismos síntomas.
Desde ese momento, se produjo una verdadera ola de informaciones procedentes de diversas fuentes, muchas de ellas, sin rigor científico. Y esto produjo una alerta mundial porque hubo irresponsables que llegaron a decir que se estaba produciendo un “nuevo brote epidémico, de alcance similar al Covid”.
El barco y sus ocupantes pasaron a convertirse en verdaderos parias sociales. Cabo Verde no les permitió acercarse a sus costas. Y sólo España accedió a las peticiones de la OMS para recibirles y permitir a sus pasajeros a ser repatriados por vía aérea, con todas las medidas de seguridad contempladas en los códigos sanitarios internacionales. Entonces surgió un hecho que considero impresentable: el drama ocurrido en el crucero, lo transformaron en una censura política negacionista por parte del sector de oposición al gobierno español. Y la alarma cundió más aún.
Hasta el Papa León XIV felicitó a España, a su Gobierno y a sus ciudadanos, por la acción técnica sanitaria impecable para repatriar a los pasajeros y tripulantes.
En el relato precedente quedan claras varias conclusiones. En primer lugar, la presencia de un médico a bordo y material de primeros auxilios, resultan insuficientes. La comunicación con centros médicos cercanos debe ser mucho más expedita.
La ignorancia demostrada con respecto a los tipos de virus transmitidos por el “ratón colilargo” de Los Andes, que son más de 30, debe ser combatida con una información clara y masiva por parte de la OMS. Las condiciones generales sanitarias de los cruceros deben ser fiscalizadas a fondo. La desinformación periodística con fines interesados, debe ser sancionada con severidad.
Y la conclusión más importante: rechazar la participación de políticos ignorantes en la gestión de las crisis humanitarias, condenar sus acciones negacionistas e irresponsables, y castigarles como lo permite la democracia: negándoles el voto.


