Analista de Inteligencia
Los hechos ocurren a gran velocidad en la guerra en Irán. Sin embargo, hay dos componentes estables y milenarios que influyen el curso del conflicto: el Martirio y la Venganza. Dos exigencias religiosas que los musulmanes chiítas respetan y practican fervorosamente bajo el concepto coránico de la chiad que significa Obedecer.
Ello no fue considerado por los atacantes de Irán. Estados Unidos, instado por Israel, abandonó las conversaciones que sostenía con Irán sobre los temas nucleares y asesinaron a Alí Jamenei y varios cercanos colaboradores, líder religioso chiíta y máxima autoridad del país.
En el islam el martirio es “shahadah”, que literalmente significa ‘presenciar’. Según este, un mártir es una persona que muere mientras lucha y empuja la causa de Alá, o mientras lucha contra la opresión y la injusticia. Se cree que el acto del martirio es el sacrificio más alto y el mártir alcanza un elevado estatus a los ojos de Alá.
Con la muerte de Jamenei y otros altos cargos del gobierno, el curso que adoptó el conflicto fue el de una ruta de no retorno, porque la muerte en tales circunstancias es martirio y debe ser vengada, y se ponen exigencias perentorias para su ejecución. Es cultura de fe y cultura política al mismo tiempo.
Y cito: Corán Sura 2,191. “Y matadlos allá donde los encontréis; y expulsadlos de donde os hayan expulsado: la asociación es más grave que el asesinato. Pero no combatáis contra ellos cerca de la mezquita sagrada antes de que os hayan combatido allí. Si combaten contra vosotros allí, entonces matadlos. Tal es la retribución de los descreídos”.
Para los iraníes Jamenei fue martirizado. Cayó en la defensa de su país, de su pueblo y de su fe en Alá. Permaneció donde se sabía que estaba, no se ocultó, no huyó. Jamenei no fue Maduro.
Dadas las protestas sociales previas por libertad y democracia los atacantes pensaron que, a continuación del ataque, podría haber una revuelta popular y una rendición de la cúpula iraní. Pensaron que luego de un ataque aéreo indiscriminado los ciudadanos se lanzarían a las calles en busca de un cambio de régimen. Es decir, fueron incapaces de leer el perfil de identidad cultural, religioso y político de Irán. La profundidad de aquellas convicciones que despiertan pasiones poderosas, convoca mandatos irrenunciables para los creyentes, y aglutinan al pueblo a resistir y responder. En este caso una afrenta que no fue matar a un político o a cualquier gobernante, sino abatir a un guía religioso, representante y palabra directa de una divinidad.
Esas serían cosas alejadas de la comprensión de Donald Trump, quien parece no percibir nada o casi nada de las repercusiones de sus actos. En este caso martirizar a Alí Jamenei, y los alcances que puede tener el ejercicio de la venganza, que en religión y política van unidas en Irán. Poco ha de saber de islamismo, de fe, de fidelidad, de chiísmo. Debe imaginar que los efectos deberían ser como él los piensa, y no como habrían concluido los asesores que le advirtieron no iniciar esa guerra. Sus pulsiones valen más que la objetividad de las apreciaciones de inteligencia.
Señalando que solo responde a su conciencia y a su moral, ahora busca revertir el entuerto con una gestión errática incapaz de enfocar la profunda complejidad de esta guerra. Ha dicho un par de veces que la ha ganado, pero da la impresión de dialogar con un muro o no haberles avisado a los iraníes el triunfo. Estos dicen que la guerra terminará cuando ellos lo decidan. Su tiempo es otro, con pausas y reflexiones que corresponden a lealtades ajenas y distantes de la cultura de barbacoa que alimentan sus enemigos.
Trump escuchó que le dijeron que sería eliminado. Si un musulmán chiíta dice algo así, después de un ataque, un asesinato, un martirio, la preocupación no puede obviarse.
Una furgoneta chocó a las 6:26 de la mañana el miércoles 18 de marzo, quizá casualmente, contra las rejas de la Casa Blanca en las cercanías de la calle Madison. El despliegue de seguridad fue significativo. Cierre de avenidas circundantes, despliegue de efectivos y muchas otras desconocidas, como indicativo que la preocupación existe. La inteligencia norteamericana sabe que los musulmanes disponen de un enorme activo disperso de fuentes dormidas de combatientes de Alá. Por ello Marco Rubio, secretario de Estado y Pete Hegseth, secretario de la Defensa, viven en una unidad militar de seguridad reforzada, inquietos por drones desconocidos que sobrevuelan el lugar. Tal vez se sienten un blanco. Es un riesgo real.
La duración de la guerra no dependerá tanto de la logística o solo de las acciones militares, sino también del tiempo que Irán demore en considerar que la venganza, entre otras cosas, ha sido alcanzada. Por eso, repito, los iraníes dicen que la guerra terminará cuando ellos lo decidan.
En el escenario mundial los efectos de la guerra son oleadas de consecuencias que fluyen en distintas direcciones. Impacto brutal sobre el precio y la disponibilidad de petróleo; impacto sobre las relaciones geopolíticas entre las grandes potencias y algunos brics- como India- además de los vecinos regionales. Ello provoca un enorme desorden de expectativas geopolíticas y, sobre todo, económicas. La economía global pierde sus parámetros, y sus bordes de acuerdos y compromisos. Incluso el Chile, tan distante, experimentará un impacto directo en el precio de los combustibles, principalmente la bencina creando condiciones para una inflación y pérdida de crecimiento.
La reconfiguración de la geopolítica mundial impactará positivamente las ganancias de los grandes fabricantes de armamentos y militarizará en alto grado a la economía mundial. Un crecimiento insano e improductivo frente a las necesidades globales.
Como resultado final nada es demasiado previsible debido a la alta volatilidad de la política exterior norteamericana. Solo se puede decir que el riesgo de escalada es global, sea militar o simplemente en el bolsillo de los consumidores y el sufrido pan de cada día.


