El inicio del tercer juicio contra Nicolás Zepeda en Lyon, Francia, ha tomado un rumbo inesperado que pone en jaque la reconstrucción de los hechos de la fiscalía. A casi una década de la desaparición de Narumi Kurosaki, el proceso se ha reabierto no solo bajo la sombra de un cuerpo que nunca apareció, sino ahora con el sorpresivo desistimiento de tres testigos clave que podrían haber arrojado luz sobre lo ocurrido en la habitación 106 de la residencia universitaria.
La pieza que falta en el rompecabezas La ausencia más crítica para la defensa es la de Shintaro Obata, un amigo cercano de Narumi que dormía en la habitación contigua la noche de la desaparición. Según Humberto Zepeda, padre del acusado, el testimonio de Obata es fundamental para cuestionar la tesis del asesinato en el lugar: aunque el joven escuchó ruidos, aseguró que estos no provenían del cuarto de al lado, sino del final del pasillo o del exterior. Para la familia del chileno, que este testigo no declare hoy deja una «verdad incompleta» en una investigación que tildan de sesgada desde su origen.
Un juicio nacido de un error Zepeda, quien se presentó ante el tribunal visiblemente afectado y reiterando su inocencia —«Lucho por demostrar que no maté a Narumi»—, enfrenta esta instancia gracias a un fallo de la Corte de Casación. En 2025, la justicia francesa anuló la condena previa de 28 años debido a una irregularidad procesal: un investigador policial incorporó elementos nuevos durante el debate oral sin que la defensa tuviera oportunidad de revisarlos, vulnerando el principio de bilateralidad.
El costo humano de una espera eterna Mientras Nicolás Zepeda relata entre lágrimas la dureza de sus años en prisión, la familia de Kurosaki vive este proceso como una «pesadilla» cíclica. Su abogada, Sylvie Galley, ha sido enfática en que no albergan esperanzas de obtener una confesión o el paradero de los restos, sino que asisten con el único fin de honrar la memoria de la estudiante.
Con la sala de Lyon repleta y un ambiente de alta tensión, el tribunal tiene hasta el 26 de marzo para decidir si los indicios acumulados —geolocalización, compras sospechosas de combustible y mensajes amenazantes— son suficientes para condenar por tercera vez al chileno, en un escenario donde el silencio de los testigos parece gritar más fuerte que las pruebas presentadas hasta ahora.


