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De Salsipuedes al Kilawea

No creo que haya muchas diferencias entre los sorprendente que debe haber sido nuestro primer viaje desde Doñihue a Santiago cuando ese insigne maestro Enrique Figueroa decidió un día llevar a sus alumnos a la capital del país con lo que le ocurrió a Cecilio Olivares, cuando por primera vez toma un avión y viaja desde sus tierras en el lago Bertrand en la región de Aysén y aterriza en Santiago.

Y debe haber sido mayúscula su impresión cuando, ya en la Alameda, frente a la Estación Central de ferrocarriles ve una locomotora a vapor que por aquellos días se exhibía en una de las líneas de dicha estación.

Ojos brillando, con lágrimas de macho escondidas por la vergüenza confesó su emoción pues “jamás, amigo, -dijo- soñé que antes de morir iría a ver una locomotora o un tren así como ahora”. De ahí en adelante, ni el Metro que atraviesa el centro hasta Mapocho o los edificios en altura tendrían el impacto que le generó la visión que en más de una vez debió haber visto dibujada en un libro de lectura.

Y no debió ser diferente a la de los alumnos del profesor Figueroa cuando a las 07.10 de una mañana de la década de los 60s se subieron al tren que los llevaría primero, a Rancagua y luego a Santiago en una aventura que solo ese maestro pudo realizar. Tomados de la mano los pequeños doñihuanos recorrieron las calles del centro.

Palacio de la Moneda, Cámara de Diputados, Senado, Plaza de Armas, Biblioteca Nacional, los cerros Santa Lucía y San Cristóbal y sobre todo las calles abarrotadas de vehículos llamaban la atención de esos pequeños y asustados ojitos hasta que, cumplido el desafío enfilaron sus pasos a la estación para como era tradicional, volver en el tren de las 18:00 cuyo destino final era Coltauco y que luego de 5 horas se detenía en la estación de Doñihue.

¿Alguna diferencia cuando uno de esos mismos niños, 65 años después aterrizaría en el aeropuerto de Kona, la más grande de las islas de Hawai? Ninguna. Todo es nuevo, todo es diferente. Y no solo el idioma. Son las costumbres, la cultura, el calor.

Del Cachapoal a Hawai, hecho que con pocas diferencias y a pesar de las oportunidades que más de una vez pudo haberle ocurrido a más de un renguino que seguramente no tendría el atrevimiento de comparar su “Salsipuedes” de la infancia con esos mismos paisajes (con volcán Kilawea vomitando fuego) que como regalo le ofreció mostrando la furia con que la naturaleza nos sorprende cuando menos lo esperamos.

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