Por estos días, la pregunta no es solo qué está pasando en Medio Oriente. La pregunta —incómoda, casi dicha en voz baja— es otra: ¿por qué justo ahora?
En 1997, una película llamada “Wag the Dog” (“ La cortina de humo” en español) imaginó algo que entonces parecía una exageración elegante: un presidente acorralado por un escándalo sexual decide fabricar una guerra para distraer al país. Hollywood crea héroes de utilería. Patriotas diseñados en un set. Una bandera ondeando frente a una cámara… y millones mirando sin sospechar.
La película fue protagonizada por Dustin Hoffman y por Robert De Niro, que encarna al operador político frío, calculador, casi invisible. Y hay algo casi novelesco en esto: De Niro se transformó con los años en uno de los críticos más duros de Donald Trump. La ficción terminó dialogando con la realidad de una forma que nadie habría podido prever del todo.
Casi treinta años después, el eco vuelve.
Mientras reaparecen en el debate los documentos asociados a Jeffrey Epstein —un expediente incómodo, turbio, lleno de nombres que preferirían no figurar— la Casa Blanca endurece su retórica y lanza una ofensiva contra Irán. Bombardeos. Advertencias. Discursos que hablan de seguridad nacional y estabilidad regional.
Y, de pronto, la conversación cambia.
No es que los archivos desaparezcan. No es que las preguntas se evaporen. Pero el foco se desplaza. Basta con prender una sirena en la calle para que nadie pregunte por lo que ocurría puertas adentro. El escándalo externo tiene esa virtud: hace parecer pequeño —o irrelevante— lo que hace minutos era importante.
Ahora bien, conviene decirlo con claridad: las guerras reales no son un truco cinematográfico. No son una escena repetible hasta que quede perfecta. Tienen víctimas, familias, consecuencias que no se editan en postproducción. Reducir un conflicto con Irán a una simple maniobra distractiva sería, además de simplista, irresponsable.
Pero tampoco se puede ignorar lo evidente: la política también se trata de administrar el tiempo y la mirada pública. Y es que, en la era del scroll infinito, lo que no ocupa el titular principal se diluye con rapidez casi cruel. Un escándalo puede arder durante días… hasta que otro incendio, más grande y más ruidoso, ocupa la portada.
¿Es coincidencia? ¿Es cálculo? ¿O es simplemente que las crisis internas y las tensiones internacionales convergen y se potencian?
La comparación con Wag the Dog funciona, sobre todo, como metáfora cultural. Expresa esa sospecha que muchos sienten —aunque no siempre la formulen— de que cuando el poder se ve acorralado, busca oxígeno. Que si la conversación doméstica se vuelve peligrosa, mirar hacia afuera ofrece un respiro. Además, la historia política está llena de momentos donde lo externo eclipsa lo interno. No siempre por diseño. A veces por oportunidad.
La verdad es que nadie puede afirmar con pruebas que una ofensiva internacional nace para tapar un escándalo. Pero tampoco es ingenuo preguntarse si el calendario político pesa en las decisiones. Las grandes jugadas rara vez ocurren en el vacío.
Tal vez la lección más incómoda de aquella película no sea que las guerras se inventan, sino que la opinión pública puede ser redirigida con sorprendente facilidad. Que la emoción colectiva —el miedo, el patriotismo, la indignación— puede desplazar otras preguntas que aún no tienen respuesta.
Los misiles ocupan la pantalla. Los discursos elevan el volumen. El mundo mira hacia afuera.
Y los archivos siguen ahí.
No hace falta destruirlos. Basta con cubrirlos de ruido. Porque en política, muchas veces, el estruendo no elimina la verdad… solo la aplaza.
Bombas que tapan archivos.
Hasta que el silencio vuelva —si es que vuelve— y alguien decida abrir la carpeta otra vez.


