InicioOpiniónPerú: La presidencia “Crónica de una muerte anunciada”

Perú: La presidencia “Crónica de una muerte anunciada”

En otros países, cambiar de presidente ocurre cada ciertos años. Hay ceremonias solemnes, discursos largos, sonrisas ensayadas frente al espejo. Todo muy ordenado, muy previsible.
En Perú, al contrario, el cambio de presidente se parece más al clima en la cordillera: uno sale con sol… y vuelve con tormenta. A veces en la misma semana.

Nueve presidentes en diez años. Dicho así suena a error de tipeo. Pero no. Es real. Y lo más desconcertante es que ya casi no sorprende. Apenas provoca una mezcla rara de risa corta y cansancio largo, esa sensación de “otra vez lo mismo” que uno reconoce sin querer reconocer.

Además, hay que admitirlo: diversidad no ha faltado. Han pasado gobiernos de izquierda, de derecha, de centro… y de territorios ideológicos tan distintos. Una rotación completa del mapa político, como si el país estuviera probándose distintos trajes frente al espejo, buscando uno que por fin le quede cómodo.
La verdad es que ninguno ha alcanzado a usarlo demasiado tiempo.

El guion ya se sabe casi de memoria.
Primero llega la esperanza —siempre llega— con esa energía ingenua de los comienzos.
Después aparece la investigación, que entra en escena sin saludar.
Más tarde, la palabra “vacancia”, dicha con una calma que asusta un poco.
Y finalmente, los analistas intentando explicar por qué todo esto era previsible… justo después de que pasó.

La corrupción, claro, está siempre ahí. Como un ruido de fondo que incomoda al principio, pero al que uno termina acostumbrándose, y eso quizás es lo más triste. Porque cuando lo inaceptable se vuelve cotidiano, algo se rompe en silencio. No hace ruido, pero pesa.

Y, sin embargo —y aquí la ironía se vuelve casi tierna— el país no se derrumba.
Sigue de pie.
Sigue trabajando.

Los mercados abren temprano. Los buses pasan llenos. Las pequeñas empresas venden como pueden. La gente estudia, se endeuda, se enamora, hace planes para el fin de semana. Es decir, la vida real continúa como siempre, como esas plantas que crecen entre el cemento sin pedir permiso.

Y es que tal vez existan dos países al mismo tiempo.
Uno ruidoso, inestable, que cambia de presidente como quien cambia de canal.
Y otro silencioso, obstinado, que produce, resiste y avanza aunque arriba todo tiemble. Ese segundo país casi no sale en televisión, pero es el que sostiene al primero.

Por eso cada nuevo mandatario promete estabilidad con una convicción que dan ganas de creer. De verdad. Uno quisiera que esta vez fuera cierto. Que ahora sí el ciclo se detuviera, que el tiempo político durara lo mismo que el tiempo de la gente común.
Pero la historia reciente tiene un sentido del humor bastante cruel.

Y tal vez el verdadero desafío no sea encontrar al próximo presidente —de izquierda, de derecha o de centro— sino construir reglas que no se derrumben cada vez que cambia el nombre en la puerta.

La resiliencia mantiene al país en pie.
Pero la estabilidad, tarde o temprano, también debe aprender a quedarse.

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