Hubo un momento —el domingo, para ser precisos— en que el aparato más poderoso de la maquinaria comunicacional estadounidense se detuvo. No por falta de combustible, sino porque un conejo muy malo hizo lo que 330 millones de ciudadanos no habían logrado en cuatro años: exponer la fragilidad esencial del populismo autoritario cuando se enfrenta a la cultura viva. Este acto de soberanía simbólica resonó como un eco liberador en un contexto global definido por lo que Andrea Rizzi denuncia como el hundimiento de EE.UU. en la infamia —un descenso a la abyección donde el poder exhibe instintos autoritarios, racistas y machistas, y donde la persecución descarnada de intereses propios ha alcanzado un nadir histórico.
Donald Trump, el autoproclamado maestro de la guerra cultural, recibió ayer el golpe más certero. No vino de un fiscal, sino de Bad Bunny, quien logró unificar a 62 millones de latinos bajo una narrativa de dignidad. Fue la materialización de un principio que en nuestro análisis de la doble encrucijada europea, identificamos como esencial: la batalla por el alma digital y cultural no se gana solo con regulaciones, sino con la construcción de tejido simbólico. Mientras Trump intenta envenenar la esfera pública con un “calmante autoritario” —explotando la fragmentación y el rage-bait—, la respuesta efectiva es, como muestra Bad Bunny, la creación de espacios comunes de alegría y pertenencia.
Esta inversión del poder simbólico encuentra un paralelo íntimo en el proceso terapéutico del Protocolo TRIFOCAL. Así como un corazón traumatizado aprende a reintegrar sus partes excluidas para sanar, la sociedad fragmentada por el trumpismo encuentra en actos culturales masivos un camino de inclusión radical. Bad Bunny no confrontó; integró. No pidió permiso; celebró. En términos sistémicos, restituyó un Orden de la Pertenencia que el discurso trumpista busca violentar. Su actuación fue un acto de cuidado radical del espacio común, el mismo que Europa debe defender ante la ofensiva digital y geopolítica.
La semana del colapso multidimensional de Trump —con derrotas judiciales, económicas y diplomáticas— culminó con esta humillación cultural. Pero, como advierte la historiadora Jill Lepore, el peligro persiste. Lepore analiza que estamos ante un momento sin precedentes en la historia estadounidense: una convergencia de los peores excesos imperiales, la negación de derechos civiles y un nativismo cruel. El experimento democrático está “extraordinariamente vulnerable”. Sin embargo, también señala que la resistencia existe: personas comunes documentando abusos, funcionarios desafiando la inmunidad, una ciudadanía que dice “esto no puede volverse normal”.
Aquí, la reflexión de Lepore sobre la fragmentación de la realidad compartida y el ascenso del Estado artificial —donde la esfera pública es dominada por plataformas corporativas— se cruza con nuestra advertencia: Europa debe construir un nuevo modelo de poder material y cuidado democrático. La soberanía digital y la autonomía industrial (el brazo materialista del cuidado) son la base para que actos como el de Bad Bunny no sean meros destellos, sino parte de una política cultural deliberativa que sane el tejido público.
Europa, como escribe Rizzi, debe aprovechar la indignación ante la infamia trumpista como fuerza motriz de su emancipación. Ya no puede depender de unas muletas de dependencia transatlántica. La ofensiva de sanciones a moderadores digitales, el proteccionismo agresivo y el matonismo global exigen una respuesta dual: firmeza material para ganar autonomía estratégica y claridad cultural para defender los espacios deliberativos. Bad Bunny demostró que la cultura puede ser un puente; Europa debe convertirlo en un bastión.
Epílogo: La inclusión como horizonte
Trump perdió ayer algo irreparable: el monopolio de la narrativa. Perdió ante un cantante que bailó salsa en el Super Bowl y, al hacerlo, activó lo que lamamos la integración de los tres focos: la seguridad somática de un pueblo que se reconoce digno, el apadrinamiento de sus partes históricamente excluidas y la resimbolización de su lugar en el mundo. La marraqueta crujiente de la victoria es la metáfora de un mundo que, tras tanta exclusión, empieza a saborear la posibilidad de inclusión.
El conejo malo ganó. Y su triunfo es un recordatorio: frente al poder que degrada y fragmenta, la respuesta más potente es crear, integrar y celebrar.
Como escribe Lepore, la democracia puede repararse si avanzamos “a tientas en la oscuridad” pero con la convicción de que, al igual que un corazón que aprende a confiar de nuevo, las sociedades pueden reescribir su narrativa desde un self íntegro. La tarea europea —y global— es impulsar esa reintegración, combinando la soberanía material con el cuidado radical de lo común. El futuro dependerá de si elegimos el muro o el puente.


