InicioDestacadaBachelet, Merkel, y lo que hace indispensable a un liderazgo

Bachelet, Merkel, y lo que hace indispensable a un liderazgo

Todo político exitoso tiene un estilo propio, una forma característica de leer la realidad y actuar sobre ella que lo distingue de otros y que, muchas veces, explica buena parte de sus logros. Pero ese mismo estilo, precisamente porque funciona y se repite, corre un riesgo particular: convertirse en un hábito tan automático que deja de someterse a revisión, incluso cuando el mundo a su alrededor ya cambió. El caso de Michelle Bachelet y su renuncia a una tercera candidatura presidencial en 2025 es, quizás, el ejemplo más claro y mejor documentado de ese riesgo en la política chilena reciente.

El estilo de Bachelet, a lo largo de dos gobiernos, tuvo un sello identificable: no decidir en solitario, sino construir primero el canal institucional que permitiera escuchar antes de actuar. Lo hizo con los Diálogos Ciudadanos de su segundo gobierno, que recogieron más de doscientas mil intervenciones ciudadanas como insumo formal para una reforma constitucional. Lo hizo, veinte años antes, con el Chile Solidario, un sistema de protección social diseñado con mesas técnicas y consulta sectorial antes de implementarse, en vez de imponerse por decreto desde La Moneda. En ambos casos, el gesto de fondo era el mismo: confiar en que un mecanismo formal, bien diseñado, terminaría produciendo el resultado correcto — más que confiar en la propia intuición o en una decisión tomada bajo presión del momento.

En marzo de 2025, ese mismo estilo reapareció, aplicado por primera vez a sí misma en vez de a la ciudadanía. Bachelet cerró la puerta a una tercera candidatura presidencial con una frase que sonó, en su momento, a gesto de madurez democrática: «tengo la convicción de que ahora deben ser otros los que asuman el desafío presidencial, la buena política exige renovación». La senadora Paulina Vodanovic, presidenta del Partido Socialista, defendió la decisión en esos mismos términos: «La expresidenta no tuvo ningún tipo de inhabilidad para postular por tercera vez a la última elección presidencial y no lo hizo porque ella estimaba que era momento de nuevos liderazgos».

Hasta aquí, la historia parece cerrada y coherente: una lideresa que aplica, una vez más, su propio método de escucha institucional, y que decide, con esa misma lógica, que corresponde ceder el paso. Pero un detalle, reportado por Diario Financiero y atribuido a alguien de su propio círculo cercano, complica esa lectura simple. La renuncia no era, en rigor, incondicional: «Para ella hay una línea roja que sería que José Antonio Kast tuviera una posibilidad real de ganar; hoy él pierde en todos los escenarios, pero si eso cambia es una línea roja para Bachelet». Es decir, Bachelet —o su entorno más cercano— había diseñado, desde el principio, un mecanismo explícito para revisar la decisión si las condiciones políticas cambiaban de forma significativa. No era, entonces, una renuncia ciega a cualquier escenario futuro. Era una apuesta calculada, con una condición de salida claramente definida.

Y esa condición se activó. Kast terminaría ganando la presidencia de Chile.

Conviene entender por qué, en el momento en que se fijó esa línea roja, la apuesta parecía razonable. A comienzos de 2025, las encuestas mostraban un escenario muy distinto al que terminaría consolidándose meses después. La Encuesta Signos de febrero de ese año ubicó a Bachelet en 17,3% de preferencia presidencial, superando incluso a Kast, que caía a 10,2% frente al ascenso inesperado de otro candidato de derecha, Johannes Kaiser. En ese momento, Kast no ganaba en ninguna simulación de segunda vuelta disponible. La línea roja, calculada sobre esos datos, tenía sentido: si Kast no representaba una amenaza real, no había necesidad de que Bachelet reconsiderara su retiro.

El propio Camilo Escalona, entonces secretario general del Partido Socialista, fue uno de los principales impulsores de insistir en que Bachelet reconsiderara postular, pese al distanciamiento personal que ambos arrastraban desde el primer gobierno de ella: «le hemos pedido que reevalúe de acá a marzo si quiere ser nuestra candidata», declaró en febrero de 2025. El diputado Juan Santana defendió, en cambio, la decisión final de no postular como una opción legítima que merecía respeto, más que como un error a corregir. Ninguno de los dos, en ese momento, tenía motivos claros para pensar que la fotografía electoral cambiaría de forma tan decisiva en los meses siguientes.

Pero cambió. Entre febrero y noviembre de 2025, Kast fue remontando terreno de forma sostenida, superó a Kaiser, y terminó ganando la elección presidencial completa. La línea roja que Bachelet y su entorno habían fijado como condición explícita para reconsiderar la decisión —una condición que, según su propia lógica interna, debería haberse activado en algún momento de ese proceso— no logró, sin embargo, hacerla cambiar de curso a tiempo. Para cuando la tendencia hacia Kast ya era evidente en las encuestas, la renuncia de Bachelet llevaba meses confirmada en público, reiterada en entrevistas, convertida en una posición que revertir habría resultado políticamente costoso y tardío.

Este es el punto central que este artículo quiere dejar claro, porque es fácil perderlo entre los detalles: el error de Bachelet no fue la ausencia de un plan de contingencia. Fue, específicamente, la velocidad insuficiente con que ese plan debía activarse frente a una tendencia electoral que se movía, mes a mes, en una dirección que la lectura inicial no había anticipado con margen de reacción suficiente. Tener un mecanismo de revisión no basta si ese mecanismo no está diseñado para reaccionar a la velocidad real con que cambia el escenario que se pretende monitorear. Es exactamente el mismo tipo de falla que puede observarse, en otros terrenos, cuando una organización revisa sus indicadores solo una vez al año, mientras el problema que debía detectar evoluciona semana a semana.

Hay, además, un elemento que le da a este error un peso mayor del que una simple lectura tardía de encuestas sugeriría: la dinámica que terminó hundiendo su candidatura a la ONU no era, en absoluto, un fenómeno nuevo o difícil de anticipar. El rage bait —contenido diseñado deliberadamente para generar indignación y maximizar el enganche algorítmico, capturando figuras públicas como blanco fácil de narrativas polarizantes antes de que cualquier mérito técnico tenga oportunidad de pesar— llevaba casi una década documentándose en el ecosistema político estadounidense: desde la elección de Trump en 2016, pasando por la manipulación de redes identificada en la elección de 2020, hasta un informe del Washington Post de 2021 que ya advertía que Facebook conocía el potencial de daño de este tipo de contenido y no lo moderaba adecuadamente.

El dato más contundente, sin embargo, es cronológico y casi imposible de ignorar retrospectivamente: a fines de 2025 —meses antes de que la candidatura de Bachelet colapsara en Nueva York—, el diccionario Oxford eligió «rage bait» como su palabra del año. No era, para entonces, un fenómeno marginal ni una curiosidad de nicho. Era, oficialmente, la expresión que mejor resumía el clima comunicacional dominante del planeta en ese momento exacto. Una campaña internacional que se estaba gestando en paralelo a esa elección lexicográfica tenía, por lo tanto, toda la información pública disponible para anticipar que su candidata quedaría expuesta a exactamente ese tipo de dinámica — no como sorpresa geopolítica de última hora, sino como el escenario más previsible posible, dado el estado ya documentado y globalmente reconocido del debate público internacional.

Pero el rage bait no debería entrar en este relato solo para explicar el desenlace en la ONU, año y medio después. Debió pesar, con la misma fuerza, en el cálculo original de la línea roja doméstica, ya en marzo de 2025. Cuando Bachelet y su entorno fijaron esa condición —reconsiderar solo si Kast tenía una posibilidad real de ganar—, la calcularon sobre encuestas tradicionales, con una fotografía estática del electorado en un momento dado. Lo que esa fotografía no capturaba, y que ya era información pública y documentada desde años antes, es que el propio mecanismo de ascenso de candidatos como Kast o Kaiser —outsiders capaces de capitalizar la indignación polarizada mejor que cualquier trayectoria institucional— es exactamente el mecanismo que el rage bait potencia de forma sistemática y ya demostrada en otras democracias.

Dicho de otro modo: no se trataba solo de leer una cifra de encuesta y esperar que se mantuviera estable. Se trataba de entender que, en un ecosistema informativo donde la indignación algorítmica ya era, según el propio diccionario Oxford, el fenómeno comunicacional dominante del año, cualquier candidato capaz de montarse en esa dinámica tenía una capacidad de remontada mucho más rápida y menos predecible que la que los modelos tradicionales de opinión pública, calibrados para un mundo pre-algorítmico, lograban anticipar. La línea roja debió fijarse, entonces, no como una cifra estática a monitorear pasivamente, sino como una función dinámica que incorporara explícitamente ese riesgo de remontada acelerada — y debió revisarse con una frecuencia mucho mayor a la que efectivamente tuvo, precisamente porque el propio fenómeno que terminaría beneficiando a Kast era, para entonces, un mecanismo ya conocido y documentado, no una novedad imprevisible surgida después.

Hay un contraste que vale la pena nombrar con toda su fuerza, porque no se trata de una preferencia estilística entre varias igualmente válidas. Angela Merkel, física de formación antes que canciller, revirtió en semanas su propia política nuclear histórica tras el accidente de Fukushima en 2011, y ajustó gradualmente su política migratoria tras la crisis de 2015, sin abandonar el principio pero corrigiendo la ejecución cuando la evidencia lo exigía. Su método no era solo un estilo de gobierno — era, de fábrica, un protocolo que incluía la pregunta que Bachelet, Allende, Escalona o Gandhi, cada uno en su propio registro admirable, nunca incorporaron con la misma sistematicidad: ¿sigue siendo correcto este camino, dado lo que ahora sé?

Eso es lo que hace indispensable, no solo deseable, a ese cuarto movimiento. Escuchar antes de actuar, como hacía Bachelet, es una virtud real. Pero ninguna virtud, por genuina que sea, viene con garantía de seguir siendo la respuesta correcta para siempre. Sin el mecanismo que Merkel sí tenía incorporado, cualquier estilo exitoso —por más veces que haya funcionado antes— corre el riesgo de aplicarse una vez de más, exactamente cuando el mundo ya cambió lo suficiente como para que esa misma virtud se convierta en el error.

Hay, entonces, una paradoja de fondo que vale la pena nombrar sin atenuantes. Bachelet no falló por confiar demasiado poco en la institucionalidad, ni por carecer de un método para revisar sus propias decisiones. Falló, con toda probabilidad, por aplicar ese mismo método exitoso —escuchar, construir consenso institucional, confiar en el canal formal— a una velocidad de reacción que ya no correspondía al ritmo real con que se movía el electorado chileno en ese momento específico de la historia reciente del país. El mismo estilo que la había hecho eficaz durante dos gobiernos completos se convirtió, en este episodio puntual, en el obstáculo que le impidió leer a tiempo un escenario que terminaría siendo decisivo — no solo para su propia trayectoria política, sino para el resultado final de la elección presidencial de Chile.

No es un error menor, ni tampoco imperdonable. Es, probablemente, la forma más humana de fallar que existe en política: tener el mecanismo correcto para corregir el rumbo, diseñado con honestidad y buena información disponible en su momento, y aun así no lograr activarlo antes de que el resultado ya estuviera prácticamente decidido.

 

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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