En una reciente columna publicada por El Mostrador, Rodrigo Ramírez Pino nos invita a sobrecogernos frente al peligro existencial de la Inteligencia Artificial. Con alusiones a Terminator y Matrix, rescata las advertencias de los magnates de Silicon Valley sobre algoritmos fuera de control y lanza una pregunta que resuena como un eco desesperado: «¿Quién podrá defendernos?». Su respuesta aboga por capacidades públicas para auditar a las corporaciones del Silicio antes de que sea tarde.
Sin embargo, al leer su planteamiento resulta inevitable sentir un profundo descalce. Mientras la conversación pública se desplaza hacia la amenaza abstracta de las «superinteligencias» artificiales, sufrimos una ceguera voluntaria ante la crisis más urgente, encarnada y cotidiana de nuestro país: la ausencia de sonrojo y la obscenidad de la desigualdad.
Chile registra hoy apenas 0,99 hijos por mujer, la tasa de natalidad más baja en la historia de la región. Detrás de esa cifra no hay un simple accidente demográfico, sino el resultado acumulado de una sordera institucional que el país ha normalizado sin sonrojar a sus élites.
Ni sonrojo, ni oído.
Esa es la actitud que define a un sistema que escucha pero no procesa, que registra pero no actúa, que diagnostica pero no repara. Un modelo que ha convertido la indiferencia en política pública y la postergación en método de gobierno.
En mi ensayo Ni Sonrojo, Ni Oído: El Prión de la Sordera Social, expongo cómo Chile padece una patología priónica. Así como un prión es una proteína mal plegada que contagia a las sanas hasta hacer colapsar el organismo, nuestra sociedad no se descompone por una agresión exógena —sea esta una corporación tecnológica o un algoritmo desbocado—, sino por un fallo de plegamiento endógeno en el cuidado y el vínculo.
En la dimensión macro, como advierte la sociología de Alberto Mayol al analizar la «locura institucional», el prión actúa como un cinismo procesal donde la métrica desprovista de sentido paraliza al Estado. Pero en el plano encarnado, el prión es esta sordera aprendida que se ejecuta en el cuerpo de los chilenos antes incluso de que aprendan a hablar:
1. La hora sagrada robada: El despojo del contacto piel con piel al nacer por criterios de «eficiencia» y rotación de camas.
2. La infancia sin comunidad: La privación del resguardo, del regazo y del desarrollo temprano.
3. El cuidado que nadie paga: El trabajo reproductivo y afectivo invisibilizado como un subsidio silencioso que sostiene la economía.
4. El grito de un país que deja de nacer: La cuna vacía como respuesta somática de una ciudadanía que constata la falta de condiciones para la continuidad de la vida.
5. La intimidad sin brújula: La vinculación reducida al algoritmo, al swipe y al rendimiento.
6. El centinela sordo: La violencia de género y la inercia estatal que archiva las alarmas y desoye las medidas cautelares solicitadas.
A estas se suman el abandono de los adultos mayores, la crisis de salud mental, la fractura territorial y la precariedad del sobreviviente de abuso sexual ya adulto; dimensiones que evidencian cómo este tejido social ha preferido traducir a un idioma ajeno verdades que, en el idioma propio de la dignidad humana, no deberían necesitar traducción alguna.
Resulta un cinismo paradojal atemorizarnos ante el «Skynet» que vendrá mientras normalizamos la obscenidad de un país que gasta ríos de tinta discutiendo el espectro radioeléctrico o la regulación de la IA, pero mantiene ciegas a sus instituciones frente a la urgencia de la vida que se apaga. ¿De qué sirve exigir un control democrático sobre la IA si el propio tejido social sobre el que descansa esa democracia padece una sordera atroz?
La verdadera amenaza a nuestra supervivencia no habita en el código binario de California; habita en la inercia de nuestras instituciones y en la pérdida de la capacidad colectiva de sonrojarnos ante el dolor ajeno.
Antes de preguntarnos quién nos defenderá de las máquinas, debemos responder quién nos defenderá de nuestra propia indiferencia. Frente al prión de la insensibilidad, la respuesta no es más tecnología de control, sino construir El Puente que Nos Falta: una ética del cuidado y una Regla del Balance Social Estructural que restituya la primacía del vínculo, el regazo y la protección de la vida. Sin ese asentamiento fundamental, cualquier intento de «gobernar el futuro» será solo la administración burocrática de nuestra propia descomposición.



