Estamos peor, pero estamos mejor. Porque antes estábamos bien, pero era mentira. No como ahora, que estamos mal, pero es verdad -decía Mario Moreno, Cantinflas-, y tenía razón: hay una honestidad brutal en tocar fondo, que ninguna mentira cómoda logra igualar.
No se oye, padre. Así responden, en la misa de un pueblo cualquiera, cuando el cura habla demasiado bajo y la homilía se pierde entre la tos y el viento. No se oye, padre — y sin embargo, todos ahí saben, con toda certeza, que algo se está diciendo. Se nota en el gesto, en la pausa, en la mano que se alza. Hay gritos que no necesitan volumen para ser gritos. Ese es, quizás, el oxímoron más honesto que existe: el grito silencioso, el que se escucha exactamente porque nadie lo oye.
Chile llegó a 0,99 hijos por mujer. Menos de uno. Hace treinta años eran 2,44. Nadie salió a la calle a anunciar esa caída. No hubo consigna, ni bandera, ni marcha. La cifra bajó en silencio, año tras año, decisión privada tras decisión privada, hasta convertirse en la más baja de toda la historia de la región — y sin embargo, escuchada con atención, esa cifra es puro grito. Es, quizás, el reclamo colectivo más contundente que Chile ha producido en décadas, y viene envuelto, con una ironía que dolería si no fuera tan exacta, en el silencio absoluto de millones de vientres que decidieron, cada uno por su cuenta, no tener con qué responder.
¿Qué grita esta cifra, sin abrir la boca? Grita que la vivienda cuesta más de la mitad de un sueldo. Grita que el sueldo mediano apenas alcanza. Grita que el uno por ciento más rico de Chile concentra cerca del treinta por ciento de la riqueza del país, mientras la clase media hace cuentas que no dan. Grita, sobre todo, algo más difícil de medir en ningún censo: que ya no queda confianza en que el futuro vaya a sostener a un hijo mejor de lo que sostuvo, o no sostuvo, a sus propios padres.
Es un grito que no llega a los oídos correctos porque no tiene decibeles. No aparece en ninguna encuesta de aprobación presidencial. No interrumpe ningún noticiario. Se limita a acumularse, silenciosamente, en el Instituto Nacional de Estadísticas, hasta que alguien —casi siempre demasiado tarde— se digna a mirar la curva completa y descubre que ya se cruzó, sin aviso, la línea que separa el crecimiento del colapso.
No se oye, padre. Y aquí el padre no es solo el cura de la homilía perdida: es el Estado, que se presenta a sí mismo como garante y proveedor, con la misma autoridad simbólica que un padre reclama sobre sus propios hijos, y que sin embargo tampoco alcanza a escuchar lo que sus hijos —los ciudadanos que todavía deciden tener hijos propios— llevan años intentando decirle. Un padre que no oyó la primera hora de vida robada en cuatro de cada cinco partos, porque esa hora, medida en la única unidad que el sistema sabe escuchar, es una cama que no rota. Cada minuto de piel con piel es un minuto en que esa cama no recibe a la siguiente parturienta, y en la lógica silenciosa de la rentabilidad hospitalaria, ese minuto tiene un costo que nadie factura, pero que todos, en la práctica, deciden no pagar. Es otro grito sin decibeles: el de la oxitocina compitiendo, y perdiendo, contra la hoja de cálculo. Que no oyó la poda neuronal silenciosa de una generación entera criada frente a una pantalla, en vez de frente a una mirada. Que no oye, tampoco, a la rana que ya no encuentra el veneno con que alguna vez amenazó, y que ahora solo flota, exhausta, sin fuerzas para gritar más fuerte de lo que ya gritó, en vano, en 2019.
Porque hubo, también, un grito con volumen. En 2019, Chile gritó de verdad, con plaza llena y consigna clara. Fue el grito contrario al oxímoron: ruidoso, visible, imposible de ignorar durante meses. Y sin embargo, ese grito —el que sí se oyó, el que ocupó portadas enteras— terminó, dos procesos constitucionales después, tan silencioso como si nunca hubiera existido. Se lo tragó un laberinto institucional que nadie diseñó para escuchar, sino para procesar. La paradoja se completa así, de manera perfecta: el grito que se oyó no cambió nada, y el grito que no se oye —esta caída silenciosa en la tasa de natalidad— podría terminar cambiándolo todo, por la fuerza bruta de un país que, sencillamente, deje de existir en la escala en que existe hoy.
Hay padres, en otras latitudes, que sí lograron escuchar a medias. Francia destina casi un cuatro por ciento de su producto entero a sostener a las familias, y su tasa —1,8— todavía respira, aunque sin gritar de alegría. Los países nórdicos repartieron tiempo, no solo dinero: postnatales irrenunciables para los padres, salas cuna casi gratuitas, jornadas que terminan de verdad a las cuatro de la tarde. Ni siquiera ellos, sin embargo, lograron acallar del todo el murmullo — sus propias tasas también empezaron, en años recientes, a resquebrajarse. Como si el oído atento a la billetera no bastara del todo para escuchar lo que, en el fondo, también reclama compañía, sentido, un motivo para creer que vale la pena traer a alguien más al mundo.
Falta, entonces, algo más simple y más difícil que cualquier subsidio: que el padre —el Estado, la élite, quien decide— finalmente se sonroje. El sonrojo, decía Darwin, es la única emoción que ningún actor logra fabricar del todo: la señal corporal, involuntaria, de haber escuchado, por fin, lo que antes solo se veía sin oírse. Mientras esa vergüenza no llegue, seguirá repitiéndose la misma escena de siempre, en la misma plaza, con el mismo cura hablando demasiado bajo: millones de voces diciendo, sin decirlo con palabras, cada vez que deciden no tener un hijo más, la frase exacta que resume todo este texto.
No se oye, padre.



