Hay un prejuicio instalado respecto de la derecha chilena y la educación: que cuando tiene la posibilidad de decidir, tiende a privilegiar las áreas técnicas, las matemáticas, la ciencia aplicada y aquellas disciplinas directamente vinculadas con el mercado laboral, mientras mira con cierta desconfianza las humanidades, las ciencias sociales, la Historia y la Filosofía.
Es un prejuicio.
Y como todo prejuicio, puede ser injusto.
Pero el problema aparece cuando las decisiones concretas comienzan a darle argumentos para confirmarlo.
Eso es lo que me ocurre al mirar las nuevas definiciones respecto de las Becas Chile para doctorados en el extranjero. Las bases para 2026 establecen una focalización tendiente a que el 70% de las becas se concentre en cuatro áreas prioritarias: Seguridad Pública y Ciberseguridad, Inteligencia Artificial, Cambio Climático y Tecnologías Cuánticas.
Nadie podría sostener seriamente que esas áreas no son importantes. Chile necesita investigación en tecnología, ciencia, cambio climático y seguridad. El problema no está allí.
El problema está en la pregunta que viene después:
¿Qué lugar ocupa el resto del conocimiento?
¿Qué lugar tiene la Historia? ¿La Filosofía? ¿La Sociología? ¿La Ciencia Política? ¿La Antropología? ¿La Literatura? ¿Qué ocurre con aquellas investigaciones cuyo resultado no es una patente, un algoritmo, una innovación tecnológica o un producto comercializable, sino una mejor comprensión de nuestra sociedad?
Y las nuevas prioridades de investigación vuelven a abrir esa discusión.
Porque esto no comenzó con las Becas Chile.
Durante el primer gobierno de Sebastián Piñera, siendo Joaquín Lavín Infante ministro de Educación, ya hubo una fuerte discusión respecto de la priorización de Matemáticas y Lenguaje y la reducción de horas destinadas a otras asignaturas.
Años después, durante el segundo gobierno de Piñera, bajo la conducción de Marcela Cubillos, las nuevas Bases Curriculares de 3° y 4° medio sacaron Historia, Geografía y Ciencias Sociales del plan común obligatorio y las trasladaron al sistema de electividad.
Es importante hacer la precisión: la Historia no desapareció del currículum nacional. Pero dejó de ser obligatoria para todos los estudiantes de esos niveles.
Y esa diferencia importa.
Porque cuando una sociedad decide que todos sus estudiantes deben aprender determinadas materias, está diciendo que ese conocimiento es fundamental para la formación de una persona. Cuando lo transforma en electivo, está diciendo que puede ser prescindible.
Y ahí aparece la pregunta que debiéramos hacernos con mucha más fuerza:
¿Queremos formar trabajadores o ciudadanos?
Porque ambas cosas no son incompatibles.
Chile necesita buenos técnicos. Necesita matemáticos, ingenieros, científicos, programadores y especialistas en tecnología. Necesitamos personas capaces de responder a los desafíos del mercado laboral y del desarrollo económico.
Pero también necesitamos ciudadanos capaces de comprender el mundo en el que trabajan.
Un ingeniero debe entender la sociedad en la que aplicará sus conocimientos.
Un programador debe ser capaz de preguntarse qué consecuencias tendrá la tecnología que desarrolla.
Un especialista en seguridad debe comprender las causas sociales de la violencia.
Un científico debe enfrentar dilemas éticos.
Un profesional debe conocer la historia de su país y comprender las instituciones en las que vive.
Y para eso están las humanidades y las ciencias sociales.
El problema es que hemos comenzado a medir el valor del conocimiento por su rentabilidad inmediata.
Y quizás allí aparece una de las frases que mejor representa esta discusión.
El Presidente José Antonio Kast, a principios de mayo de 2026, durante un encuentro ciudadano del programa “Presidente Presente”, en Puerto Montt, cuestionó el uso de recursos públicos en el sector educativo. En esa oportunidad, afirmó que estos fondos, en ocasiones, terminan destinados a investigaciones que se traducen únicamente en un “libro precioso, empastado, en la biblioteca”, sin generar empleos.
Tal vez su frase apuntaba a una preocupación legítima: nuestros jóvenes necesitan herramientas que les permitan acceder a un empleo y construir una vida digna.
Pero esta afirmación también revela una determinada manera de entender y valorar el conocimiento.
Porque un libro puede no dar trabajo inmediatamente.
Pero puede enseñar a comprender un contrato de trabajo.
Puede enseñar de dónde vienen los derechos laborales.
Puede explicar por qué existen las desigualdades.
Puede mostrar cómo funciona el poder.
Puede enseñarnos qué significa la libertad.
Puede permitirnos reconocer una mentira.
Y puede, incluso, enseñarnos a cuestionar a quien gobierna.
Ese es el valor de aquello que no siempre puede medirse en pesos.
La Historia, por ejemplo, no sirve solamente para recordar fechas. Sirve para comprender que las sociedades cambian, que las instituciones tienen un origen y que las desigualdades no son fenómenos naturales.
La Filosofía no sirve solamente para discutir ideas abstractas. Sirve para preguntarnos qué entendemos por justicia, libertad, igualdad o democracia.
La Sociología no sirve solamente para producir papers. Sirve para comprender por qué una sociedad es como es.
La Ciencia Política sirve para entender cómo se distribuye el poder.
La Literatura puede mostrarnos aquello que las estadísticas no alcanzan a explicar: cómo viven, sienten y piensan las personas.
Eso también es conocimiento.
Y quizás sea precisamente el conocimiento que más incomoda cuando una sociedad quiere que sus ciudadanos solamente sean eficientes.
Chile ya conoció, de la peor manera, el miedo que puede producir el pensamiento.
Después del golpe de Estado de 1973, durante los primeros días de la dictadura de Augusto Pinochet, comenzaron la censura, los allanamientos y la persecución de publicaciones consideradas inconvenientes o subversivas. Hubo destrucción de libros y publicaciones, y las imágenes de libros quemados quedaron como uno de los símbolos más brutales de la dictadura.
¿Por qué quemar libros?
Porque un libro no es solamente papel.
Un libro contiene ideas.
Y una idea puede hacer algo tremendamente peligroso para cualquier poder: puede hacer que una persona comience a hacerse preguntas.
Puede mostrarle otra versión de la historia.
Puede decirle que aquello que parecía natural fue construido.
Puede enseñarle que el poder puede ser cuestionado.
Puede hacerle imaginar que las cosas podrían ser diferentes.
Por supuesto, sería absurdo comparar la política actual de becas con la quema de libros de una dictadura. Son fenómenos completamente distintos.
Pero la historia nos deja una enseñanza que sigue siendo válida: una sociedad democrática necesita proteger y ampliar los espacios donde las personas puedan pensar, cuestionar y discutir.
Por eso el problema no es que el Estado priorice determinadas áreas de investigación.
El problema sería que termináramos construyendo una jerarquía donde aquello que produce tecnología o crecimiento económico sea considerado conocimiento de primera categoría y aquello que nos ayuda a comprender al ser humano y a la sociedad quede relegado a segundo plano.
Porque incluso la Inteligencia Artificial necesita Filosofía.
Incluso la seguridad pública necesita Sociología.
Incluso el cambio climático necesita Ciencias Sociales.
Incluso la economía necesita Historia.
No hay desarrollo sin sociedad.
Y no hay sociedad que pueda comprenderse solamente con números.
Por eso quizás el prejuicio sobre la derecha no sea inevitable. Quizás pueda ser desmentido.
Pero para eso se necesitan decisiones que demuestren que las humanidades no son un lujo, que la investigación social no es un adorno y que la Filosofía no es una asignatura prescindible.
Porque un bonito libro empastado quizás no dé mayor trabajo por sí solo.
Pero un país que deja de leer, de investigar, de estudiar su historia y de preguntarse por la justicia, la libertad, puede terminar formando trabajadores muy eficientes y ciudadanos muy vulnerables.
Y esa es la paradoja que deberíamos evitar.
No necesitamos elegir entre formar técnicos o formar personas que piensan. Los necesitamos a ambos.
Porque la técnica nos enseña a hacer.
La ciencia nos enseña a descubrir.
Pero las humanidades nos enseñan algo que ningún algoritmo puede reemplazar: nos enseñan a preguntarnos para qué.
Y quizás esa sea la pregunta que más necesitamos hacernos hoy.


