La discusión volvió a instalarse en Chile con la denominada megarreforma económica. El debate se ha concentrado en cómo incentivar la inversión, reducir la carga tributaria a las grandes empresas y generar condiciones que permitan mayor crecimiento y empleo. Al mismo tiempo, han surgido discusiones sobre la flexibilidad laboral, la implementación de las 40 horas y otros derechos conquistados por los trabajadores, bajo el argumento de mejorar la competitividad.
No hay nada ilegítimo en discutir cómo hacer crecer la economía. El capital es indispensable. Sin inversión no hay nuevas empresas, no hay innovación y es muy difícil ampliar las oportunidades laborales. Negar el papel del capital sería desconocer una realidad económica evidente.
Pero también existe otra realidad que muchas veces queda relegada: sin trabajadores, el capital no produce.
Es precisamente ahí donde vale la pena hacerse una pregunta tan simple como incómoda: ¿qué fue primero, el capital o el trabajo?
La respuesta histórica parece clara: antes de existir grandes fortunas, bancos, mercados financieros o corporaciones, existía el trabajo humano. Antes del capital acumulado existió la capacidad de las personas para producir, crear y transformar la naturaleza en bienes útiles.
Incluso Adam Smith, considerado uno de los padres de la economía moderna y una referencia fundamental del liberalismo económico, reconocía la importancia del trabajo en la creación de riqueza. En su obra La riqueza de las naciones, publicada en 1776, planteó que el trabajo era una fuente fundamental del valor económico. Para Smith, la división del trabajo permitía aumentar enormemente la productividad, pero esa productividad seguía dependiendo de la acción humana.
Por eso, la frase «sin capital no hay trabajo» contiene una parte de verdad, pero está incompleta. La verdad completa es que tampoco existe capital productivo sin trabajadores.
¿Qué ocurre si una persona dispone de mil millones de dólares para construir una fábrica, pero no encuentra un solo trabajador? Tendrá terrenos, edificios, maquinaria y dinero invertido, pero no habrá producción, ni ventas, ni riqueza generada. El capital necesita del trabajo para convertirse en realidad.
La historia también demuestra que muchas de las grandes fortunas occidentales no surgieron únicamente del ahorro, la innovación o el emprendimiento. Se construyeron sobre distintas formas de explotación del trabajo humano. El Imperio español extrajo enormes cantidades de oro y plata de América gracias al trabajo forzado de los pueblos indígenas. Portugal levantó buena parte de su poder económico con la explotación colonial en Brasil y el comercio transatlántico de personas esclavizadas. El Imperio británico obtuvo inmensas riquezas de sus colonias, especialmente de la India y de las plantaciones esclavistas del Caribe. Francia hizo lo propio en gran parte de África y Asia. Bajo el reinado de Leopoldo II de Bélgica, el Congo fue sometido a un brutal régimen de trabajo forzado que costó millones de vidas. En Estados Unidos, buena parte de la riqueza agrícola e industrial de los siglos XVIII y XIX descansó sobre el trabajo de personas esclavizadas.
Detrás de todas esas experiencias existe un denominador común: la acumulación de riqueza fue posible gracias al trabajo de millones de personas, muchas veces privadas de libertad, de derechos o de una remuneración justa. Esta realidad histórica no busca negar la importancia del capital, sino recordar algo fundamental: incluso las mayores acumulaciones de riqueza necesitaron siempre del trabajo humano para existir.
No se trata de enfrentar al capital con el trabajo. Quien invierte arriesga recursos, organiza la producción, incorpora tecnología y asume riesgos. Pero quien trabaja transforma esa inversión en bienes, servicios y riqueza concreta.
Uno aporta los recursos; el otro les da vida.
La pregunta, entonces, no es si el trabajo necesita al capital o si el capital necesita al trabajo. La respuesta es evidente: ambos se necesitan. Pero hay algo que no debemos olvidar: el capital no existe sin una historia previa de trabajo, y tampoco puede generar nueva riqueza sin personas que lo pongan en movimiento.
Durante demasiado tiempo hemos aceptado un relato donde el dinero parece tener una capacidad casi mágica para producir riqueza por sí solo. Como si las máquinas funcionaran solas, como si las empresas crecieran sin esfuerzo humano, como si detrás de cada producto, cada servicio y cada avance tecnológico no hubiera miles de personas aportando su conocimiento, su tiempo y su esfuerzo.
El capital puede comprar herramientas, infraestructura y tecnología. Puede financiar proyectos y abrir oportunidades. Pero no puede reemplazar aquello que está en el origen de toda economía: la capacidad humana de crear, transformar y producir.
Por eso, cuando hablamos de crecimiento, desarrollo y competitividad, no podemos reducir al trabajador a un costo que debe ser disminuido. Antes que un costo, el trabajo es la fuente que permite que la inversión tenga sentido.
Porque una empresa no se levanta solo con dinero. Se levanta con ideas, con esfuerzo, con conocimiento y con personas que cada día hacen posible que esa riqueza exista.
El capital puede acumularse. El trabajo es el que crea.
Y una sociedad que olvida esa verdad corre el riesgo de olvidar también a quienes, con sus manos y su inteligencia, han construido toda la riqueza que conocemos.


