Desde Madrid
Cuando se politiza la justicia, la Democracia está en peligro. Es curiosa tal afirmación, porque política y justicia son dos pilares de una auténtica y veraz democracia. La política, a través de los Partidos, es la encargada de estar permanentemente al tanto de los intereses de las mayorías populares. Y, al alero de los parlamentos, el estado de ánimo de la gente se refleja en las leyes que los parlamentarios van aprobando. La justicia, por su parte, es la fiscalizadora de que todo se haga dentro de los márgenes legales que la propia ciudadanía se ha dado, para una convivencia sana y en paz.
Ambos poderes, el legislativo y el judicial, siendo tan fundamentales, deben ser autónomos e independientes. Y en esa independencia está radicada, precisamente, la credibilidad de los ciudadanos. Cuando la política se judicializa o la judicatura se politiza, el ciudadano pierde confianza y credibilidad en el propio proceso democrático de las relaciones humanas.
Lo he afirmado desde hace mucho tiempo: “La Democracia es el mejor sistema de convivencia social en paz y en progreso”. Fue inventada por los griegos hace varios siglos, y se mantiene incólume prácticamente en la totalidad de los países del mundo. O sea, si se practica con honorabilidad y decencia, las naciones crecen sin problemas. Cuando se trata de torcer el poder de la justicia, en beneficio de intereses menores, la propia Democracia se resiente y se tambalea, porque los ciudadanos dejan de creer, se alejan del sistema y de la participación popular.
Estas afirmaciones vienen a cuento porque en varios países se nota, con demasiada evidencia, que hay sectores políticos que actúan en forma descarada y sin ética para torcerle la mano a la democracia, y conseguir réditos políticos excluyentes, al servicio de minorías ambiciosas. Y el método que se está utilizando, es la intervención de tales intereses en la judicatura.
Muchas veces, en la dirección de desacreditar al rival, se utiliza a los tribunales para que, a través de la elaboración de pruebas y evidencias falsas o maliciosas, se instale la duda de la moralidad del rival. Primero se proyecta minuciosamente una acción mentirosa. Luego se utilizan las incontroladas redes sociales para difundirla, provocando con ello un principio de alarma o de duda. Los medios de comunicación tradicionales se hacen eco de lo que dicen las redes y entrevistan a personajes reconocidos, especialmente políticos, que transforman el rumor o bulo en una falsa verdad. Y de ahí, recurren a los elementos relacionados con los estamentos judiciales, quienes acogen las denuncias fundadas en la falsa verdad y actúan en consecuencia. Esa cadena, lo digo basado en casos concretos y muy reconocidos, van conformando relatos acusadores como temas de “caso judicial”.
Es una red perfectamente reconocible y preparada para destruir las razones que esgrime la defensa de quienes se van convirtiendo en “malévolos corruptos”. En verdad son víctimas de maniobras inmorales.
Hay casos muy significativos, como es el de Donald Trump, quien ganó las elecciones con el apoyo masivo de los latinos residentes en Estados Unidos. Tras las elecciones, persiguió a los extranjeros, en especial a los latinos. Y ahora realiza una política de los misiles, sustituyendo a la diplomacia. No respeta las leyes y acuerdos internacionales. O Javier Milei, que tiene al pueblo sometido a una pobreza inusitada. O José Antonio Kast, que ganó las elecciones con un discurso populista, basado en realidades ficticias, y ahora emprende una carrera destinada a cambiar absolutamente lo que ofreció en campaña.
Lo de España es más lacerante. Una oposición que no acepta los resultados de la elección presidencial, desde hace años, aunque fueran refrendados por el Rey, quien se basó en la Constitución que habla de “mayorías parlamentarias”. Están culminando una campaña de asedio y derribo, con fallos judiciales muy criticados y procesos sorprendentes a familiares del Presidente del Gobierno. Claro que se incrustó un par de corruptos en el Gobierno. Nadie lo discute ni justifica. Pero eso no es razonamiento para golpear de esa manera a la democracia, utilizando una perversa máquina política.


