InicioOpiniónKast y Milei: el miedo al futuro eligió autoritarismo

Kast y Milei: el miedo al futuro eligió autoritarismo

La llegada de José Antonio Kast a La Moneda en sus primeros días de gobierno no es un rayo en cielo despejado, sino la consolidación chilena de un patrón que recorre el mundo. Su sintonía con Javier Milei en Argentina —dos líderes que se reclaman admiradores mutuos y comparten diagnósticos de «batalla cultural»— configura un eje ultraderechista en el Cono Sur que replica la victoria de Reform UK de Nigel Farage en Reino Unido, el regreso de Trump en Estados Unidos y el dominio de los partidos ultras en las encuestas de Alemania, Francia e Italia. La fragmentación ha llegado para quedarse en el antaño predecible paisaje político chileno, donde la vieja alternancia entre centroizquierda y centroderecha se desmorona ante propuestas que prometen «mano dura» y «orden».

La realidad chilena y argentina encaja en un patrón significativo: si bien los calendarios electorales pueden ofrecer resultados que alejan momentáneamente de propuestas populistas —como ocurrió con el rechazo del texto constitucional más radical en Chile, o con el triunfo de Lula sobre Bolsonaro en Brasil, o con Tusk tras los mandatos del PiS en Polonia—, la realidad es que estos movimientos pendulares responden a la ineptitud y errores de aquellas propuestas, pero no consiguen deshacer el nudo de fondo. Gabriel Boric prometió transformación y dejó frustración; en Argentina, el peronismo colapsó por su propia incapacidad de gestión; en Estados Unidos, después de Biden regresó Trump con más fuerza. Kast y Milei no son accidentes: son síntomas de una enfermedad más profunda.

El nudo sigue. ¿Qué es? Es una realidad muy compleja. Solemos utilizar los vocablos malestar, descontento, insatisfacción. En Chile los asociamos al estallido social y a la promesa incumplida de una nueva Constitución; en Argentina, a la inflación galopante y la pobreza crónica. Los solemos vincular a los perniciosos efectos colaterales de la globalización y de un neoliberalismo abusivo que han golpeado a las clases populares; al incremento del coste de la vida y al desafío cultural que plantea el cambio de las sociedades por los considerables flujos migratorios —un tema central en el discurso de Kast, que habla de «defender las fronteras» y de «ordenar la casa», en explícita sintonía con el «que se vayan todos» de Milei—; a la indignación por la brecha entre quienes afrontan dificultades y el enriquecimiento sin límites de las élites. Todo eso es correcto, es sin duda parte esencial de la explicación.

Pero hay otro elemento tal vez menos observado y sin embargo importante: la incertidumbre y el miedo al futuro. Anna Louie Sussman lo señalaba en un interesante artículo publicado en The New York Times esta semana como elemento fundamental para entender el declive demográfico incluso en entornos con situaciones económicas aceptables, servicios sociales, avances en la igualdad. Para muchos, el freno a la hora de decidir ser padres no es tanto la dificultad del presente sino el miedo al futuro. Esta inhibición no es un mero cálculo racional, sino que puede entenderse como un síntoma psicosocial profundo. Desde la psicotraumatología y la teoría del apego, el deseo de tener un hijo es la expresión de una identidad sana y un sistema nervioso capaz de un estado de «seguridad neuroceptiva». Cuando este deseo se apaga masivamente en una sociedad, como ocurre en Chile con una tasa de 1,03 hijos por mujer —una de las más bajas del mundo—, podemos sospechar la interferencia de lo que el psicotraumatólogo Franz Ruppert denomina la «tríada fatal» del trauma: la experiencia de no ser deseado, no ser amado y no ser protegido. Un organismo que ha operado en «programa de emergencia» desde la infancia internaliza que el mundo es un lugar inseguro, y traer un niño a ese mundo puede activar inconscientemente el recuerdo traumático de la propia desprotección, alienando a los individuos de su deseo genuino de maternar/paternar. No es casualidad que en su primer discurso como presidente, Kast haya apelado a la «defensa de la familia» y la «protección de la vida», buscando conectar con ese deseo profundo de seguridad, mientras Milei, en su caótico estilo, ofrece una versión más brutal y descarnada de la misma promesa de refugio frente al caos.

Creo que esa reflexión puede proyectarse en un ámbito que sobresale el de la demografía. Mirar al futuro en estos tiempos turbulentos —marcados por convulsiones de todo tipo, cambio climático galopante (que Kast minimiza y Milei niega), tecnologías con potencial devastador, belicismos desatados— produce no solo una inhibición reproductiva sino un desasosiego con consecuencias políticas. No solo el impacto real del pasado y el presente importa; también la expectativa de futuro. El trauma sistémico, como la falta de corresponsabilidad social y de políticas que protejan el vínculo temprano, replica una inseguridad fundamental. La maternidad se convierte entonces en una «estrategia de supervivencia», una carga que evoca la herida original de desamparo, en lugar de una expresión de deseo y plenitud. La reactividad, el reaccionar desde el trauma pasado, sustituye a la respuesta serena ante la vida. Las medidas iniciales del gobierno de Kast —mano dura contra la delincuencia, declaraciones de estado de emergencia en la Araucanía, promesas de «orden» que resuenan con los recortes drásticos de Milei en Argentina— buscan precisamente capitalizar esa reactividad, ofreciendo un falso bálsamo de protección que no aborda las heridas psíquicas subyacentes.

El conjunto es explosivo. No solo los partidos convencionales han defraudado en el pasado y no acaban de convencer como protectores ante un futuro incierto: es la democracia misma la que tiene gravísimas dificultades para dar respuestas a ese conjunto. En Chile, el voto se alejó de la Concertación y de la derecha tradicional; buscó nuevas opciones más convencionales —como la breve ilusión del Frente Amplio de Boric— o más populistas, y cuando estas defraudaron, giró hacia la ultraderecha de Kast. En Argentina, el hartazgo con el kirchnerismo y el macrismo abrió la puerta al fenómeno Milei. Ambos líderes, con estilos distintos pero diagnósticos convergentes, representan la misma sacudida al sistema. Kast felicitó efusivamente a Milei por su triunfo, celebrando «el despertar de una nueva derecha regional», y ya en sus primeros días de gobierno ha comenzado a coordinar agendas de «libertad económica» y «lucha contra el socialismo», ignorando que el verdadero adversario no es un espectro ideológico, sino un malestar psíquico y social que sus recetas probablemente agravarán.

Un estudio de abril de The Economist registraba en los últimos dos años la mayor «promiscuidad» de voto de siempre en el Reino Unido, con votantes cada vez más propensos a cambiar de partido. Decidirse por otra opción no tiene nada de malo, pero cuando ninguna acaba de convencer hay un problema. En Chile, venimos de votar por Piñera (dos veces), por Boric, por Kast, en una búsqueda errática de algo que nunca llega. En Argentina, el péndulo entre kirchnerismo, macrismo y ahora Milei refleja la misma insatisfacción crónica.

Gran parte del problema emana de los tecnobros, que se han encargado de dinamitar meticulosamente los nudos cruciales para un proceso efectivo de deliberación y compromiso que hacen funcionar la democracia. Además, han espoleado en la dimensión individual problemas mentales o, sencillamente, mucha infelicidad; se disponen a generar un shock en el mercado laboral; y dan alas a temores aún mayores. A estas alturas ser un tecno-entusiasta es algo bastante sospechoso. A esta dinámica se suma la forma en que la tecnología y las redes sociales pueden exacerbar la disociación y las estrategias de supervivencia hiperracionales, desconectándonos aún más de nuestro cuerpo y nuestras sensaciones de seguridad, un terreno donde el deseo de crear vínculos seguros simplemente no puede florecer. Tanto Kast como Milei han demostrado un dominio formidable de las redes sociales y una comprensión intuitiva de cómo alimentar el miedo y la reactividad a través de ellas, construyendo narrativas simplistas que eluden la complejidad y apelan directamente al sistema nervioso hiperactivado de una ciudadanía traumatizada.

Si a ello se suman otras pesadillas de nuestro tiempo, sean pandemias o brutalidades climáticas, mirar al futuro produce un profundo desasosiego. Este sentimiento se suma a otros fomentando quizás una búsqueda de soluciones sobre una base emocional e impulsiva que a menudo no coincide con el diagnóstico racional. La promesa de Milei de dolarizar y «destruir el Estado desde dentro» y la de Kast de «restaurar el orden» y «frenar la inmigración ilegal» no son programas razonados para un futuro próspero; son bálsamos emocionales para un presente de angustia.

Por supuesto problemas siempre hubo, pero en América Latina durante décadas hubo al menos la esperanza, aunque frágil y a menudo traicionada, de que la democracia traería progreso y movilidad social. Esa convicción, que en Europa occidental estuvo muy asentada y ahora se desvanece, en nuestra región se ha esfumado con aún mayor rapidez y crudeza.

El riesgo es que, por el camino, ese desasosiego no solo produzca volatilidad del voto, sino tolerancia o apoyo a nuevos episodios de derivas autoritarias como los que han sufrido en el pasado reciente Polonia y Hungría o, actualmente, EE UU. La sintonía entre Kast y Milei no es solo una alianza táctica; es la semilla de un bloque regional que, en nombre de la seguridad y la libertad económica, puede cercenar derechos fundamentales y debilitar los contrapesos democráticos. El último informe anual de V-Dem apunta a un prolongado deterioro de la salud de la democracia en el mundo. América Latina conoce bien ese abismo autoritario, y no está exenta de volver a caer en él. Kast, en sus primeras semanas, ha mostrado gestos inequívocos: concentración de poder, retórica contra el poder judicial cuando le es adverso y una afinidad militante con el experimento destructivo de Milei en Argentina. Conviene no subestimar el desasosiego que nos devora. Este desasosiego político no es distinto de la «crisis natal»: ambas son el termómetro de una salud psíquica colectiva frágil, donde los individuos, operando desde un estado de amenaza crónica, se sienten incapaces de proyectar un futuro seguro, ya sea a través de un hijo o de un proyecto político estable. Chile y Argentina, en su danza especular con Kast y Milei, se miran en un espejo roto. La pregunta urgente es si sabremos leer ese reflejo antes de que los fragmentos nos corten del todo la posibilidad de un futuro compartido.

 

Humberto Del Pozo
Humberto Del Pozo
Psicoanalista relacional, cientista social y escritor. Facilitador y Director del Centro Bert Hellinger desde 1999.

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